martes, 23 de abril de 2013

El testamento de la reina Isabel La Católica: Grande de España

En noviembre de 1504 Cristóbal Colón acababa de regresar a España y Ovando estaba poniendo orden en La Española. Y en eso se murió la reina Isabel

  • Isabel la Católica, reina de Castilla y, por su matrimonio con Fernando, reina consorte de Aragón, falleció el 26 de noviembre de 1504 tras varios meses de sufrimiento; se la llevó un cáncer de útero. Tenía 53 años. Con ella desaparecía el motor principal del descubrimiento de América. Pero Isabel dejaba un testamento que iba a cambiar la Historia del mundo.Isabel había reinado en Castilla por espacio de tres decenios. Cuando ella llegó al trono, Castilla era un reino precario, con la corona en manos de las ambiciones nobiliarias, enviscado en permanentes querellas de facción, con sus campos esquilmados por la guerra y el desorden. Ahora se había convertido en la primera potencia de Europa.
    La unión con Aragón había creado un núcleo político de extraordinaria solidez. La voluntad política de los reyes imperaba sin discusión sobre los poderes feudales, sustituidos por una nueva clase rectora elegida ya no por sangre, sino por sus propios méritos. El reino funcionaba ya como un Estado prácticamente moderno –el más avanzado de Europa–, con instituciones sometidas a la Corona e independientes de los grandes magnates. La arbitrariedad había desaparecido casi por completo en beneficio de la justicia. Las riquezas del país fluían. La Iglesia había emprendido su propia reforma. Se había conquistado el Reino moro de Granada poniendo fin a la presencia musulmana en España. Se empezaba a saltar al otro lado del estrecho para establecer bases en el norte de África. Se había derrotado a Francia en Nápoles. Los barcos castellanos habían descubierto un mundo nuevo en las Indias. Unos logros, en fin, impresionantes.
    Los últimos años de Isabel, gloriosos en lo político, habían sido tristísimos en lo personal. El heredero Juan había muerto en 1497; dejaba una hija póstuma que murió al nacer. Su hija Isabel, casada con el rey de Portugal, moría igualmente al año siguiente en el parto de Miguel, llamado a unificar los reinos de Portugal y España, que también murió en el alumbramiento. Quedaba como heredera la princesa Juana, que enseguida empezó a dar muestras de la inestabilidad mental, que le valdría el sobrenombre de la Loca. Otra infanta, Catalina, casada con el heredero de la corona inglesa Arturo, veía morir a su marido poco después de la boda, en 1502; Catalina terminaría casándose con el hermano del difunto, el príncipe Enrique, que sería Enrique VIII. Esta sucesión de desastres golpeó severamente el alma de la reina católica. Isabel empezó a vestir de luto. Sólo su recia fe la libró de la depresión. “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea su santo nombre”, dicen que dijo al conocer la noticia de la muerte de Juan, su heredero.
    La enfermedad fue la culminación inevitable de tanto sufrimiento. Isabel enseguida tuvo conciencia de que su vida se acababa. Se encerró en su castillo de Medina del Campo y dispuso misas diarias por su alma. Sólo le restaba dictar testamento y dejar en la tierra una buena siembra que le permitiera acudir con la frente limpia al encuentro con Dios. Escribe a su confesor, el anciano fray Hernando de Talavera: “Siendo la vida humana tránsito temporal hacia la eternidad, los reyes deben recordar que han de morir y que el juicio que Dios va a pronunciar sobre ellos es más severo que sobre el común de los mortales”. Isabel ordena que su entierro sea austero, que los gastos previstos se empleen más bien en limosnas y beneficencia y no ser embalsamada, sino vestida con un simple hábito franciscano. Sus joyas y objetos personales los deja a su marido para que haga con ellos lo que quiera; el resto de sus bienes los lega a obras de caridad.
    El codiciloIsabel sentía que su testamento debía ser no sólo la última voluntad de un moribundo, sino también y sobre todo un testamento político, como correspondía a un tiempo en el que la persona del monarca era inseparable de la existencia del Reino. Dispone que su hija Juana, heredera de la corona de Castilla y su esposo, Felipe de Habsburgo, queden obligados a reinar conforme a los fueros castellanos, y les veta entregar dignidades a nobles extranjeros. Isabel prevé también la incapacidad de su hija y manda que si Juana y Felipe no quisieran o no pudieran hacerse cargo del gobierno, la regencia sea desempeñada por su marido, Fernando de Aragón, hasta que el hijo de Juana, el príncipe Carlos, cumpla 20 años. Isabel sabía lo que tenía entre manos. Como sabía también cuáles tenían que ser los objetivos fundamentales de la política castellana: mantener la lucha contra el moro, ahora en suelo africano, y no entregar nunca la plaza de Gibraltar, baluarte contra futuras invasiones islámicas.
    Pero hubo algo más. Algo que iba a tener unas consecuencias decisivas. El 23 de noviembre, pocas horas antes de expirar, la reina ordenaba añadir a su testamento un codicilo con dos asuntos que le causaban gran inquietud de conciencia. Uno, de orden interno, era la fiscalidad, y concretamente el impuesto denominado alcabala, una tasa que tenía que pagar el comprador de cualquier bien y, en los contratos de compraventa, ambas partes; ese impuesto, que desde el siglo anterior era privilegio de la Corona, había dado lugar a numerosos abusos y la preocupación de la reina era que lo fijaran y recaudaran directamente las cortes. El otro asunto era de naturaleza puramente moral, y este es el fundamental para nuestro relato: que los indios de las tierras descubiertas no fueran esclavos, sino que se les considerara inmediatamente como súbditos de la Corona. Era la primera vez en la Historia que un monarca tomaba semejante decisión. Así lo escribió la Reina: “Cuando nos fueron concedidas por la santa sede apostólica las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue inducir y traer a los pueblos de ellas y convertirlos a nuestra santa fe católica, y enviar a las dichas Islas y Tierra Firme prelados y religiosos y clérigos y otras personas doctas y temerosas de Dios, para instruir a los vecinos y moradores de ellas en la fe católica, y enseñarles y adoctrinarles en buenas costumbres, y poner en ello la diligencia debida. Por ende, suplico al rey mi señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la princesa, mi hija, y al príncipe, su marido, que así lo hagan y cumplan, y que éste sea su principal fin, y que en ello pongan mucha diligencia y no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, sino que manden que sea bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien…”.
    Este codicilo de Isabel presentaba implicaciones de gran alcance. Si el propósito era convertir a los indios a la fe de la cruz, eso significaba que no podrían ser esclavos, pues no se podía esclavizar a un cristiano. Si a los nativos se los consideraba “vecinos y moradores”, eso significaba que se reconocía de antemano su derecho a mantener sus comunidades propias. Si se ordenaba respetar la inmunidad de “sus personas y bienes”, eso significaba garantizar su libertad y su propiedad, que eran las cualidades básicas de la dignidad individual según el Derecho Natural y la Teología de la época. La reina Isabel venía a dar una dimensión moral y religiosa a la conquista de América.
    No guerra, sino cruzadaDesde ese momento el testamento de la reina iba a actuar como una guía para la conquista. No iba a ser una guerra: iba a ser una cruzada. La Evangelización no será algo que ocurra por accidente o por azar, sino que es desde el principio “nuestra principal intención”, según la reina, que ordena a sus sucesores que ese siga siendo su “principal fin”. Bastantes decenios de historiografía materialista han logrado cerrarnos los ojos ante la evidencia, pero ya es hora de quitarnos las legañas: si los españoles del siglo XVI cruzaron el océano para ir a un mundo que no era el que buscaban, si durante decenios gastaron en la empresa más dinero del que recuperaron y más hombres de los que podía permitirse un país poco poblado como España; si hicieron todas esas cosas, aparentemente absurdas, fue porque España se tomó aquello como una misión en el sentido religioso del término. Los españoles cruzaron la mar porque iban a poner la Cruz al otro lado; y sin eso, muy probablemente, no se habría acometido la mayor aventura de todos los tiempos.
    Pronto aparecerá, por supuesto, lo demás, todos esos rasgos tan “humanos, demasiado humanos”: la ambición, la rapiña, la demencia del oro, la violencia sobre la población conquistada… Es decir, aparecen todas y cada una de las cosas que vemos en todas las conquistas que en la Historia han sido. Pero la de América tiene una particularidad: cada vez que a alguien se le vaya la mano, ahí estará la Iglesia para denunciarlo, el poder civil para sancionarlo y los propios jefes de la conquista para poner orden. Esa norma correctora no la vamos a encontrar en ningún otro ejemplo histórico de gran conquista: ni en las de la Roma imperial ni en la de los ingleses y los franceses en América y África.
    El signo distintivo de la conquista española es que posee, desde el primer momento, una motivación religiosa y, por tanto, un freno moral. Y eso fue así precisamente por el protagonismo vigilante de la Iglesia y porque los conquistadores, además de ser aventureros, quizá locos, sin duda ambiciosos, eran hombres de fe. Por eso existieron casos como los de Montesinos o Las Casas, que tanto empeño pusieron en denunciar los abusos de las encomiendas. ¿Voces aisladas? En absoluto. Sabemos que en América muchos abusos se corrigieron, y que en Filipinas, donde la conquista es posterior, ni siquiera se llegaron a producir; los españoles ya sabían qué hacer. Y todo eso fue así porque la reina Isabel lo mandó en su testamento.
    Isabel de Castilla, sí, expiró el 26 de noviembre de 1504 en su palacio de Medina del Campo. Según sus deseos, fue enterrada en una sencilla tumba en el monasterio de San Francisco en la Alhambra de Granada, la ciudad por la que tanto luchó. Cuando murió su esposo, ambos fueron trasladados a la Capilla Real de la catedral granadina. E igualmente según sus deseos, la Corona española desarrollará a partir de ese día una intensa labor legisladora para proteger a los indios de América: las leyes de Indias. Ningún imperio había hecho nunca nada igual.n
  • 1 comentario:

    1. Pues muy lindo de su parte, pero a quien dejó encargado de que se cumpliera? Además los pocos sacerdotes protectores de los indios no siempre pudieron controlar tanta barbarie y abuso de los encomenderos.

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