domingo, 24 de junio de 2012

El disturbio era él



“¿Por qué no podemos todos llevarnos bien?”. Rodney King pronunció esta sencilla pregunta en plenos disturbios en Los Ángeles, los que se produjeron después de que un jurado absolviese a los policías que le propinaron la paliza más televisada de la historia. La pregunta llegó a los corazones de muchos estadounidenses. Lo irónico es que él, Rodney King, era la misma respuesta a esa cuestión. Ha muerto a los 47 años.
El pasado 17 de junio Cynthia Kelly encontró a su novio flotando en la piscina. Tras una llamada, la ambulancia acudió con prontitud, pero era ya demasiado tarde. Rodney King había dado fin a su vida. No se conocen, aún, las circunstancias de su muerte. Pero sí se sabe que no fue con violencia. Una violencia que ha marcado toda su vida.
En los Estados Unidos, y en medio mundo, muchos recuerdan su nombre. Tenemos que remontarnos al 2 de marzo de 1991. King y dos amigos suyos, Bryant Allen y Freddie Helms, cruzaban las calles de Los Ángeles a gran velocidad. Rodney iba al volante con el doble de alcohol en sus venas del legalmente permitido, y pisaba el acelerador hasta llevar el coche a más de 80 millas por hora, una velocidad que hoy está prohibida en España en las autopistas. Ha pasado ya la media noche. Una patrulla de la Policía, alertada, comenzó a seguirle. King no le dio respiro al motor. Sabía que si le detenían conduciendo, violaría la condicional y volvería a la cárcel, a la que había ido a parar por un enésimo cargo de robo. Pero su aventura se detuvo cerca de George Holliday, un transeúnte que llevaba una cámara de vídeo encima.
Los policías obligaron a los tres a salir del coche. Allen y Helms lo hicieron pacíficamente. King, un hombre alto y muy corpulento, se negaba a salir. Finalmente lo hizo, reproduciendo todo tipo de insultos hacia los policías. Se negaba a echarse al suelo, y los agentes Lawrence Powell, Timothy Wind, Theodore Briseno y Rolando Solano le redujeron. Él se resistió, pero 56 golpes más tarde dejó de hacerlo. La cámara de Holliday, vacilante, oportuna, lo registraba todo. Y se lo mostró al mundo.
No culpables
En realidad era un episodio más, como los que se producían en las calles de muchas ciudades de los Estados Unidos. Solo que ese quedó grabado e inundó los salones de todos los hogares estadounidenses. Era la ilustración perfecta de la brutalidad policial, de la violencia de los blancos sobre los negros, tres décadas después de las políticas de derechos civiles. La izquierda, los grupos activistas negros, los medios de comunicación, muchos ciudadanos de a pie, volvieron a hablar de racismo en la Policía, racismo en las instituciones, racismo como un mal endémico de los Estados Unidos, y como una lacra que pertenece a los blancos y que se proyecta sobre el resto de minorías.
Con los ánimos caldeados, se celebró el juicio en Simi Valley, un área de mayoría blanca, y no donde en principio le correspondía, donde los blancos eran una minoría más. El jurado, todos blancos menos un hispano, exoneró de culpa a los agentes. Pero todos los habíamos visto en acción. Todos fuimos testigos de la agresión. La propia justicia, se dijo, era racista. Aquello era demasiado.
Azuzados por la crisis económica, por los resentimientos incubados durante décadas, por los medios de comunicación, por los líderes políticos, millares de personas salieron a la calle. Unos para protestar. Otros para dar lugar a uno de los disturbios más graves de la historia del país. Se lanzaron contra tres mil tiendas y negocios y los destrozaron. Dos mil de ellos pertenecían a la comunidad coreana, que llevaba apenas medio siglo asentada en la zona, pero que había triunfado económica y socialmente allí donde otros vivían una realidad de dependencia, crimen y oportunidades despreciadas. Hubo más de dos millares de heridos. Murieron 55 personas. En nombre de King.
Cuando se cumplieron dos décadas de aquellos disturbios, King había publicado una autobiografía. Sus palabras volvieron a ser oportunas. Perdonaba a los policías que se habían excedido con él. “Ahora que he crecido, he aprendido a perdonar”. Sí, con unas palabras como esas, todos podemos llevarnos bien. El problema era él. A los 25 años comenzó una carrera en el crimen que no terminó, ni mucho menos, con el escándalo generado por su detención y el juicio posterior. En 2003 fue arrestado por conducir... borracho y a gran velocidad. Seguía practicando robos y acumulaba denuncias de su novia por maltrato. Él perdonó. Pero dejó una ristra de perdones pendientes por parte de sus víctimas.
APOYO: Una indemnización millonaria
El juicio de Rodney King llegó lejos. No solo en los medios de comunicación, en los funerales, en los escaparates rotos. También ante un juez federal que condenó a dos agentes y obligó a la ciudad de Los Ángeles a pagar 3,8 millones a King como indemnización. Su última vuelta al crimen se explica porque ese dinero se le escapó de las manos como arena de la playa. King ilustra a la perfección que la riqueza no depende del dinero, sino del comportamiento.

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