miércoles, 24 de abril de 2013

Y va de peluquería....

¿Cual es el colmo de un peluquero?
- Perder el tren ... ¡por los pelos!.

El inocente Jaimito

- Jaimito ... ¿Qué te gustaría ser de mayor?
- Carnicero
- ¿Por queeee?
- Porque en el colegio me han enseñado ... a hacer las mejores chuletas.


Una memoria muy desmemorizada ¡¡¡¡




Un hombre nota que esta perdiendo la memoria. Su mujer le dice:
-No te preocupes, preguntale al vecino del primero. Le ocurría lo mismo, y fue a un médico muy bueno
que le resolvió el problema.
El hombre va a verlo y le pregunta; el vecino le contesta que es cierto. El desmemoriado dice:
-¿Y Como se llama ese medico?
-El médico... si... lo tengo en la punta de la lengua... el médico... Eh... ¿Cómo se llama esa virgen que esta en Francia que hace milagros?
-¿Lourdes?
-¡Eso! -ahora gritando:- ¡Lourdeeeeees! ¡Cariño!, ¿como se llama el médico ese de la memoria?

martes, 23 de abril de 2013

El Ka de los enanos acondroplásicos en el Antiguo Egipto y su representación

"No te rías de un ciego, no te mofes de un enano.
No dañes a un idiota y no te burles de un hombre
que está en la mano de Dios y no te irrites con él
cuando caiga." (Amenemope)
 
 
En un mundo tan exigente y tremendamente cruel como el nuestro, en una sociedad en la que sólo cabe y tiene un papel de protagonista de primera estrella, el más inteligente, el más competitivo, el más bello y mejor construido físicamente. En definitiva, la esencia de los valores de la juventud eterna, siempre bella, ¿qué papel le resta al lisiado, al contrahecho, al que la naturaleza le ha marcado con el estigma de ir a contracorriente de los designios caprichosos del canon de la perfección?. Cuantas veces dirigimos la mirada furtiva y compasiva procurando esconder un rictus de alivio por haber escapado desde la cuna del arbitrio de una genética inflexible, de la lotería negativa, que hubiera marcado nuestro designio al igual que ese hombrecillo deforme que vemos cruzar la calle como si escondiera su vergonzosa deformidad, cuando tal vez nuestro deseo es que con su huida pretendemos olvidar cuanto antes su imagen que pudo ser la nuestra. Hasta qué punto la humanidad es capaz de vencer estas referencias sin ver la incapacidad del semejante como algo extraño, como un "alter ego" diferente hasta jocoso o infravalorado. Hasta qué punto somos capaces de ayudar a los incapacitados físicos o mentales, de infundirles coraje, ánimo y sin la mano cínica y blanda en actitud condescendiente y paternalista; de imbricarlos sin vehemencia pero decididamente en una sociedad donde nuestros deseos y voluntades se asemejen a los de todos, al de la totalidad de la familia humana.
Cuando recordamos la trama de cuentos infantiles normalmente cargados de fábulas sentimentales que tocan el corazón del niño o del adulto que vuelve a serlo durante ciertos instantes hasta que la coraza fría de metal retorna a recubrirlo. Cuando vemos o leemos esas fábulas cuyos agraciados protagonistas se mofan del incapacitado y del horrendo, y surgen en nosotros espontáneos sentimientos de condena por la actitud de aquellos, sentimientos que se cubren con la capa de frialdad que nos envuelve diariamente y que hipócritamente, temporalmente también, retiramos en los días de Navidad, ¿no estamos reproduciendo automáticamente? : "qué bien hemos salido librados de no parecernos al transeúnte "aquél" al que probablemente no volveremos a ver en la vida".
Es cierto que hemos avanzado enormemente y que la visión y consideración por el discapacitado ya no es el resultado de la vergüenza, del pecado bíblico, nefando, inconfesable, en la creencia de ser cometido por unos progenitores llenos de ignorancia y prejuicios; ya no es necesario(tan poco lo era antes) someterlo a la cadena perpetua en la oscuridad de un desván o en la reclusión de un recóndito cuarto alejado de cualquier estímulo externo. O para realiza labores impropias del "normal" casi siempre otorgadas bajo la mirada del que se sabe superior y nunca con el convencimiento de hacerlo ser necesario, sin marginalidad. La Historia y la historia tienen mucho que decir al respecto.
El límite entre la enfermedad y la salud es tan indefinible en el espacio como lo es en la cronología. Nunca sabremos precisar en que momento pasamos de un estado al siguiente y viceversa, porque las aduanas nunca tuvieron importancia en estas circunstancias. El viaje a un lado y a otro de la frontera se traspasa sin que el sujeto adquiera la sensación del tránsito. Igualmente ocurre en el segundo aspecto citado; el momento temporal es más impredecible aún si cabe; un buen día despertamos con un cólico nefrítico cuando el día anterior habíamos gozado de una salud envidiable, pero de hecho el cálculo ya se había afincado en el interior de nuestras vías urinarias desde meses o años atrás sin haberlo presentido. Igualmente, la incapacidad puede surgir con nosotros en el amanecer de nuestro primer día de vida, o incluso antes, o de súbito amarrarse en nuestro cuerpo o en nuestra mente cuando el boleto de la lotería negativa nos toca sin comprender la absurda razón de tamaña crueldad. Y después de ser hermosos ciudadanos admirados y "normales" pasamos a la consideración sin billete de vuelta a ser objetos de las miradas curiosas y conmiserativas de aquellos, que cómo nosotros antes, vimos cruzar por la calle y entonces recordaremos cuándo decíamos: "qué bien hemos salido librados de..."
Creemos que la humanidad ha ido evolucionando ganado en sentimientos de amor hacia el diferente pero hace apenas seis decenios se promulgaron leyes genocidas eufemísticamente llamadas eutanásicas que buscaban el exterminio; la "buena muerte" de aquél que era una imitación burda, imperfecta, de la corporeidad y de la inteligencia humana. Recordemos simplemente los crímenes de una ideología aberrante en el pasado reciente y sus antecedentes cronológicos en países tenidos por democráticos y socialmente avanzados contra los ciudadanos no rentables. Extraña crueldad, extraña paradoja: la inteligencia encargada de enjuiciar lo que pretendidamente es útil de conservar o de desechar.
¿Dónde estaba, dónde está el límite, la frontera, entre lo normal y lo anormal, dónde entre la enfermedad y la salud, entre lo reversible y la muerte? ¿De qué manera hubiera cambiado la historia de los Estados Unidos, si a Franklin D. Roosevelt se le hubieran aplicado unas leyes tan extremas por el hecho de haber adquirido una poliomielitis, enfermedad bien discapacitante cómo la que más? O del propio A Lincoln de quién se dijo que pudo tener el Síndrome de Marfan. O de Stephen Hawking, físico, celebérrimo por su libro(Breve Historia del Tiempo) como por verse atado irremisiblemente a su sofisticada silla.
Dando un salto más que acrobático hacia el pasado merecería el dios Ptah ser arrojado del panteón de los dioses del Antiguo Egipto al adquirir la condición de enano y lisiado. Y qué podemos decir del mismísimo Ajenatón. ¿Acaso fue objeto de la execración de sus compatriotas por la extraña ambigüedad sexual de su físico representado por doquier, o por su predicado marfanismo?.
Con todos estos antecedentes es bien cierto que no estamos ética ni moralmente capacitados para dar lecciones de moralidad a las gentes del pasado. No obstante, convendría citar ¿si los españoles de ahora somos tan diferentes en el trato a los enanos que el dispensado por nuestros abuelos en la España del siglo XVII?. Nuestros gustos por lo que nos suscita empatía o repulsa cambia con el devenir de los tiempos, y lo que nos parece de buen gusto en una época determinada se troca en algo soez e impertinente cuando no inconveniente. Con la salvedad lógica a que nos obliga la distancia histórica y demás diferencias, no nos debe asombrar que en aquellas épocas era de buen gusto tener una colección de enanos, tarados o no, y subnormales, en las residencias de las casas de alcurnia para entretenimiento y solaz del señor. Al fin y a la postre una curiosidad exótica y divertida. Pero no sólo sucedía en España.
El gran pintor español, Velázquez, por encargo de la Casa Real, retrató, y no olvidemos que entonces la pintura ejercía una función de reflejar fielmente el testimonio de la sociedad, de una época, de rarezas en realidad; función nada extraña a la moderna fotografía. Todo quedaría en una curiosa apreciación artística de la anormalidad sino fuera porque el artista expresa también la mirada dolorosa del ser que quizás se supiera distinto y destino cruel de la chanza y de la ironía. Un realismo de compasión.
El Ka de los enanos acondroplásicos en el Antiguo Egipto y su representación
La sonrisa alelada del bufón oel enano falsamente erudito con sus libros que nunca podrá comprender o el militar sin gloria y sin batallas cuya indumentaria de general jamás saldrá de las amplias estancias palaciegas, es una "Galería palaciega de los monstruos" que hoy no nos hace ninguna gracia. O los retratos de Felipe IV y su enano de inteligencia tal vez normal a quien el monarca acaricia y manosea. Tal vez un alcahuete y correveidile en el ambiente de una Corte mezquina, decadente e intrigante y corrupta. A estas pequeñas gentes se les otorgaba la concesión de divertir y bromear pero también como trueque de una relación tan próxima como sus dueños les concedían. Como confidentes, se les permitían licencias extraordinarias de trato en un sentido de igualdad jamás toleradas al ciudadano normal. Porque el enano era como un reflejo deformado del patrón que los alimentaba. Tanto fue así que la reina Isabel I de Inglaterra tenía uno llamado "Monarca".
Y es que los enanos eran unos individuos muy preciados desde épocas muy antiguas y que siempre han suscitado la curiosidad de todas las culturas y épocas. En la Roma y en la Grecia Antigua gozaron de gran popularidad y fascinación y fueron fuente de inspiración de innúmeras leyendas que debieron tener su origen en cunas más míticas aún y que se trasladaron por el tiempo al medievo y al renacimiento, que les entroncaba de lleno con las manifestaciones y ceremonias de las divinidades. En los salones aristocráticos de las damas romanas corrían desnudos y fueron muy apreciados en las fiestas y comidas. En la época del emperador Domiciano se les vestía con ropas de gladiadores enzarzándose en duelos.
Son muy cuantiosas en el mundo clásico las representaciones artísticas de vasos griegos de la época clásica o arcaica: Corintio, la Tebas griega, y el sur de Italia; y terracotas inspiradas en los dioses enanos egipcios, que denotan el hecho de que ser enano se interpretaba como una realidad consentida y no carente de cualidades humanas. En la literatura clásica, sin embargo, y con ella hacemos alusión al mismo Aristóteles en -Partes de animales- define aunque con cierta inexactitud y simpleza al enano como una persona semejante a un niño que tiene un cuerpo desmesuradamente grande y las piernas cortas "donde el cuerpo se sustenta y donde la locomoción se efectúa". Y añade que la minusvalía intelectual supone un añadido más a la dificultad física: "El peso de su cuerpo incapacita el funcionamiento de la memoria(...)"; aunque, acto seguido, añade como si se arrepintiera de su dura descripción: "que estas deficiencias intelectuales se contrarrestan por otras cualidades". Sin embargo no describe los rasgos faciales más característicos y diferenciales que entre otras cosas los distinguen de otros individuos de corta estatura.
Todo hubiera quedado en una curiosidad más o menos afortunada sino fuera lo que a continuación el mismo autor describe en su otro tratado Historia de los animales. Debemos hacernos eco de esta descripción: "como las mulas tienen los genitales grandes". Únicamente en su otra obra Problemata, se ciñe a consideraciones más en consonancia con una visión más moderna y realista. Define que hay dos tipos de personas de corta estatura: "aquellas que tienen las piernas de un niño" y las que: "todo es pequeño". Importante clasificación que nos permite dividir a los enanos en dos tipos: proporcionados y desproporcionados. Aunque no sea muy académica esta separación, desde luego es de utilidad a la hora de enmarcar a los primeros como no acondroplásicos del resto que si lo son con las aceptadas variantes incluidas en el grupo.
La demanda de personas de corta estatura en la época griega debió ser tan acuciante y tan infrecuente su número que no se daba abasto para suplir a las casas poderosas que se podían permitir el lujo de adquirirlos como distintivo elitista, pues cómo tal eran considerados. De modo y manera que, algunos padres viendo en ello una fuente de ingresos no desdeñables. Recurrían al cruel recurso de fabricarlos colocando a un hijo varón en el interior de cajas llamadas gloottokoma en un intento de estorbar el crecimiento del muchacho, que de conseguirlo, sería destinado al raro privilegio de servir en un domicilio aristocrático. Supongo que de las consideraciones vertidas hasta aquí estamos en disposición de advertir que no estamos capacitados para ejercer un juicio moral sobre la interpretación y el trato que nuestros antecesores culturales dieron a este grupo de personas.
Es pues la acondroplasia un fenómeno reconocido desde hace muchos siglos como hemos citado antes. En nuestra época algunos tratados y autores se han interesado por su estudio introduciéndose en el atractivo mundo del arte y de la literatura. En el tratado "Congenital Malformations"(1971), Warkany cita la presencia de enanos de proporciones y rasgos acondroplásicos en la estatuaria egipcia. En 1986 Kunze y Nippert en su libro "Genetics and Malformations in Art" hacen otro tanto incluyendo estatuas del dios Bes, al fabulista griego Esopo tenido por la tradición antigua y pictórica como un ser con deformidades; observemos sino el cuadro al óleo(1206) del magistral Velázquez en el Museo del Prado de Madrid.
El Ka de los enanos acondroplásicos en el Antiguo Egipto y su representación
Antes de entrar de lleno sobre la visión que la cultura egipcia tenía del enano en general y en concreto a una de sus variedades la acondroplásica, deberemos introducir al lector en una serie de conceptos que le servirán para sentirse cómodo, huyendo eso sí, en lo que me sea posible, de nomenclaturas incomprensibles y al mismo tiempo adquiriendo otras necesarias para acercarnos a la entidad.
Es la acondroplasia un trastorno hereditario de enanismo casi siempre reconocido en el momento del nacimiento cuando no en época fetal. Es el más frecuente de los enanismos(1/15.000-1/40.000 nacidos vivos); casi siempre provocado por una mutación(de ahí su connotación esporádica) en el receptor 3 del Factor de crecimiento de los fibroblastos(FGR3). Se ha imputado a unos padres mayores y lo padecen igualmente hombres y mujeres. Se traduce por una alteración localizada en los cartílagos de crecimiento de los huesos más próximos al tronco(húmero y fémur) y de los huesos de la cara. Esto confiere unos rasgos difícilmente de olvidar y muy definitorios muy bien distinguibles del resto de los enanismos.
La apariencia de los miembros cortos, musculosos y arqueados articulados en un cuerpo normal que se nos antoja desmesurado; manos especiales; la cabeza característicamente destacada por unas eminencias frontales que avanzan sobre el resto de la fisonomía facial. La nariz descrita por su similitud con una "silla de montar" y una exagerada lordosis(curvatura) lumbar bien acusada que remata en unas nalgas macizas y un vientre prominente preludiando una tendencia a la obesidad cuando superan la infancia. La longitud de la columna es prácticamente normal. El rostro, además de la curiosa nariz que muestra, es sumamente peculiar, baste decir que es como si la frente y la cara pertenecieran a dos sujetos diferentes en mi modesta opinión. La cara está excesivamente disminuida y de perfil rebajado, y abajo la mandíbula parece un breve resumen de los huesos faciales. En definitiva, la brevedad de la estatura se manifiesta en una talla media de ciento treinta y un centímetros para el varón y ciento veintitrés para la mujer. Finalmente, los que sobreviven tienen un desarrollo mental y sexual absolutamente normal una circunstancia en desacuerdo con las afirmaciones del mundo clásico. La esperanza de vida es equivalente al resto de las personas.
Existen otras variantes(se han descrito más de cien tipos) del trastorno que han sido y siguen siendo elementos de discusión entre los estudiosos más por lo que corresponde a la identificación correcta de cada de una de ellas en el arte egipcio y clásico, que por su importancia clínica dada la escasa frecuencia en la estadística médica. Debemos ceñirnos, y así lo haremos, al terreno estrictamente de la acondroplasia y sus correspondencias en la esfera mundana y divina.
Al igual que en épocas posteriores los enanos debieron despertar una extraordinaria curiosidad. Sería interesante comprobar si la cuestión del ser enano promovió aspectos y actitudes similares de comprensión o rechazo, o aun más, el sabor agridulce del paternalismo o el objeto de la caricatura más abyecta. De lo que sí estamos seguros es que la curiosidad debió ser extraordinaria de lo que se trasluce de las numerosas fuentes que han arribado hasta nuestros días.
Del Antiguo Egipto no disponemos de testimonios literarios médicos que nos comenten sobre el enanismo como enfermedad y ya no digamos del aspecto concreto que fundamenta este trabajo. Poco se puede decir de la literatura nacida de la Historia o del relato si exceptuamos el archiconocido episodio de la expedición de Herjuf, príncipe de Elefantina, que dirigió una expedición al país del Yam durante el reinado del entonces faraón-niño de la VI dinastía Pepi II quien ilusionado por el extraordinario encuentro y captura de un enano, ávido por tenerlo ante su presencia, le escribe una misiva a su subordinado:
(...)Dices en esta tu carta que has traído todo tipo de productos grandes y buenos, que Hathor, señora de Imau, ha dado para el Ka de Neferkaré que vive para siempre. Has dicho que(también) en esta tu carta que has traído un pigmeo para las danzas del dios del país de los Habitantes del Horizonte, igual al pigmeo que el canciller del dios Baurdjed trajo (del país) del Punt en tiempos del (rey) Isesi...
Es evidente que no estamos hablando de un trastorno patológico sino más bien de un rasgo intrínsecamente étnico. El texto parece aclarar a la perfección esta situación pues se alude a un miembro de una región, a unos individuos, habitantes de una zona geográfica que aunque raramente se acercaban a merodear por los lindes de lacivilización egipcia, de vez en cuando, eran capturados o intercambiados como un presente exótico altamente apreciado por el egipcio y por los pueblos aledaños súbditos de los gobernantes egipcios como cualquier mercancía de lujo. La autora Véronique Dasen en su tesis sobre enanos y malformaciones en la Antigüedad publicada en 1988, matiza y distingue claramente el hecho étnico y diferencial, como elementos constitutivos de un grupo o pueblo de gentes pequeñas como el pueblo pigmeo que los egipcios reflejaban con la acepción "dng", del resto que refleja un trastorno morboso identificado por el término "nmu". No obstante, esta claridad terminológica se vuelve en principio penumbra cuando observamos la representación del acondroplásico en el plano artístico.
El Ka de los enanos acondroplásicos en el Antiguo Egipto y su representación
Las reglas de representación de la figura humana en el arte egipcio son hartamente conocidas por su rigidez convencional fiel mandato del carácter simbólico de la figura mostrada. Dentro de un formato idealizado, aquélla se muestra siempre joven, elegantemente vestida, esbelta y saludable y presta para la eternidad. Así era por lo menos cuando el representado era miembro de la realeza o del entorno del faraón.
Para el individuo que no pertenecía al alto rango, el campesino, el criado, el pescador, el artesano, quedaba la disminución armónica del tamaño y la forma, a veces la irregularidad del defecto físico indicaba la ausencia de una importancia sociopolítica o religiosa del personaje, además de su servilismo y su sempiterna y frecuente desnudez. Pero sin embargo, siempre desde el punto de vista artístico, ganaba en frescura de movimientos y de poder descriptivo en la función o actividad laboral que realizaba. No nos detendremos por muy conocida en la técnica de proporcionalidad del dibujo artístico egipcio basada en la regla de la cuadrícula.
Conviene aclarar que en personas de talla normal la distancia convenida por el canon entre la rodilla y la planta de los pies era de diez de ellas sobre un total de dieciocho que determina una longitud ligeramente superior a la anatómica. A lo que se le añade simultáneamente el detalle significativo de proveer a la figura normal de unos glúteos más reducidos tal como expresó en su día Robins(Natural and canonical proportions in Ancient Egyptians, 1983).

Amigos de la Egiptología

La importancia socio-política de la mujer en el Antiguo Egipto




A través de las huellas del pasado, se refleja  la historia de ciertas mujeres que formaron parte de la Historia de Egipto. Sus vidas quedaron plasmadas en sus monumentos y esculturas. Algunas serán poco importantes para nosotros, pero ellas en su tiempo sí lo fueron, en el sentido que contribuyeron también a forjar aquella milenaria civilización. Les presentaré algunas de sus vidas, que no por ser de un ama de casa, por ejemplo, fueron menos importantes que las de las reinas. No vamos a hablar de sus representaciones en pinturas, en sarcófagos ni de sus momias. Será, como dije, a través de sus representaciones en estatuas y monumentos que han ido saliendo a la luz, durante las innumerables excavaciones arqueológicas realizadas durante los últimos siglos.
Las mujeres de la realeza dejaron muchos recuerdos de su paso por este mundo, como grandes templos, tumbas, y estatuas. Pero también las féminas corrientes nos dejaron su impronta como, capillas funerarias, estatuaria, estelas votivas y funerarias, mesas de ofrendas, etc. todas ellas llevando los nombres y títulos de sus propietarias o de las oferentes.
Este corpus ha sido poco estudiado, no sabemos por que causa, pero la realidad es que está ahí y ha llegado hasta nosotros en gran cantidad debido, en gran parte, a que fueron grabados en piedra. Sabemos que mujeres comunes, así como de la clase alta y de la realeza, fueron recordadas ya en su tiempo en esculturas y monumentos artísticos y arquitectónicos, como medio de ilustrar la independencia, posiciones responsables y el respeto del que disfrutaron las mujeres de todas las clases sociales en el Egipto Faraónico.
En las tumbas halladas en todo el Valle del Nilo, han sido encontradas grandes extensiones de decoraciones murales, tanto del Imperio Antiguo, como del Medio y el Nuevo. Vemos en ellas, no sólo escenas religiosas y ritos funerarios, sinó también otras de caza, deportes, trabajos domésticos y agrícolas, juegos, mercadeo, y las propias de la maternidad.
Las representaciones de esbeltas mujeres, atractivamente acicaladas y primorasamente grabadas en la piedra, destacan agradablemente en casi todos los casos. Aunque sean mujeres de clase social baja, han sido inmortalizadas con gracia y dignidad.
Las esculturas de las esposas de propietarios de tumbas, figuran de forma prominente como compañeras y soporte de sus maridos. Es corriente que sean ellas las que abrazan y protegen a sus maridos, incluso a veces, en plan muy maternal ... y ellos se dejaban proteger.
En el Imperio Antiguo (2647-2124 a.J.C.), en las escenas que aparecen niños y criados, están siempre representados a menor tamaño, pero no así las esposas (esto se ha discutido mucho); a veces puede parecer que algunas cónyuges son como algo más pequeñas, pero ello sólo es debido a que, como sabemos, los artistas egipcios no dominaban la perspectiva; al hacerlas algo más pequeñas, nos están indicando que, aunque estén en el mismo plano, se debe entender que están algo más hacia atrás. También existen excepciones.
A juzgar por la estatuaria y escenas funerarias, la relación hombre-mujer en el Antiguo Egipto, era en régimen de igualdad. Lo que no es cierto, y esto lo interpretaron así algunos autores, es que la sociedad egipcia fuese de tipo matriarcal. Las representaciones artísticas expresan claramente, mejor aún que los textos, la igualdad de derechos de ambos sexos. En la estatuaria y en la decoración de las tumbas (casas para la eternidad), se representan con gran vivacidad, la realidad de la vida de la mujer que, actúa consciente e independientemente, de la voluntad del hombre; aunque siempre, dentro del matrimonio y de la familia.
La información sobre la, llamémosle, tendencia matriarcal de la sociedad egipcia, nos ha llegado más por fuentes griegas y romanas, que por la propia egipcia. Bajo el prisma de estas otras sociedades de la antigüedad que hemos mencionado, donde las atribuciones y derechos de la mujer eran más limitadas, esta igualdad hombre-mujer de la sociedad egipcia, resultaba a sus ojos tan sorprendente, que se llegó a creer que la mujer egipcia ocupaba una posición de pleno dominio sobre el hombre, lo cual se aparta de la realidad por completo.
Por otra parte, la organización social egipcia era eminentemente monógama. La ley no permitía a un egipcio, burgués o villano, casarse con su hermana, por ejemplo; en cambio, la ley facultaba al faraón a actuar como quisiese. La poligamia se dio principalmente en la realeza, pero siempre, la primera esposa titulada Gran Esposa Real (algo similar a nuestro concepto de reina), ocupaba un lugar preponderante en palacio. El faraón podía tomar cuantas esposas desease, incluso desposarse con sus hijas y hermanas, como se ha visto a través de la historia, y además podía tener concubinas, pero este privilegio real no podía ejercerlo un súbdito.
Es obvio, por infinidad de escenas que nos lo confirman que, las mujeres egipcias de la antigüedad, eran muy respetadas y estaban totalmente inmersas en la sociedad de su época en plano de igualdad. Tenían funciones como cultos en el templo y títulos como, Señora de la Casa (este era un título muy importante) o en la esfera económica.
El término hmt, se puede interpretar como esposa. Para designar Señora de la Casa, utilizaban nbt pr, que al mismo tiempo también significaba, Administradora de los Bienes Familiares.
Mujeres campesinas las vemos en la faenas agrícolas, cazando aves, moliendo grano o fabricando cerveza. Mujeres de clases más elevadas, las vemos como danzarinas, tocando instrumentos de música, plañideras profesionales y miembros activos de los templos como cantoras y, en las escenas de fiestas y banquetes, como un miembro más de la sociedad. Raras, aunque existen algunas, son las escenas en que una mujer gobierna un bote, como por ejemplo en la tumba de Neferhotep (TT49).
Vemos también como, en la importantísima industria textil del lino[2], por muchos siglos, el hombre no interviene.
En el Imperio Antiguo, los títulos que denotaban posiciones de autoridad y responsabilidad pertenecientes a mujeres, eran reservados a las féminas de las clases sociales más altas, las cuales muchas veces, estaban ligadas a la familia real por vínculos de sangre o por matrimonio con la nobleza. Una mujer, por ejemplo, fue Inspectora de Médicos para Mujeres (ginecólogas) [Ghalioungui,1975]; otra tenía los importantes títulos de Juez y Visir, aunque eran títulos honoríficos [Fischer,1976 y 1.989]. También encontramos en la historia egipcia, abundantes títulos con poder y autoridad en mujeres, como Directora del Refectorio, Inspectora de Sacerdotes Funerarios o Inspectora de los Talleres de Tejedoras[3] [Fischer,1976 y 1989]. Es interesante hacer notar que, los títulos religiosos no estaban limitados solamente a mujeres de la nobleza; también mujeres comunes ocuparon cargos como, sacerdotisas de las principales deidades femeninas. Cargos administrativos y sacerdotales femeninos los hemos encontrado en monumentos del Imperio Antiguo y muy pocos en el Imperio Medio (1040-1648), tal vez por ser un período de inestabilidad económica y social, pero sí otros menores como, cervecera, peluquera, jardinera, hortelana o molinera [Ward,1986 y 1989].
Durante el próspero período del Imperio Nuevo (1540-1069 a.J.C.), la presencia de la mujer en todos los órdenes, se hace más patente. Además de las escenas grabadas en los muros, las tumbas y los templos contienen estatuaria privada, tanto femenina como masculina. Las parejas de esposos sentados se hacen muy populares. Menos corrientes son las estatuas de mujeres solas sentadas, como la de la sacerdotisa Mitret, del Imperio Antiguo, descubierta en Gizeh por un equipo de la Universidad de Berkeley (California) a principios de este siglo, o el retrato de Lady Sennwy, esposa del nomarca Hapdjefi de Assiut (Imperio Medio), que es un ejemplo supremo del retrato a tamaño natural realizado en granito; hoy se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Boston. La gracia de la figura radica en que, el desconocido escultor, utilizó el tocado tripartito para poder así eliminar el socorrido pilar posterior que frecuentemente sujetaba y reforzaba la cabeza para evitar la rotura por el cuello.
Egipto durante el Imperio Nuevo, continua expandiéndose y el resultado es una sofisticación más cosmopolita. Durante este período, los retratos de las damas egipcias se realizaban esencialmente a dos diferentes tamaños, a saber: las mujeres de una escala social alta o de conocida riqueza, eran perpetuadas a tamaño natural, mientras que, las de condición más humilde, tenían que contentarse con estatuillas que podían medir entre 30 y 60 cms. de altura. También han aparecido esculturas de dos mujeres sentadas o de pié; generalmente es la protagonista con su hija o con su madre. Muy raro es que sea con su padre o con su hermano. Cuando una mujer aparece con un hombre, en principio hay que pensar que sea su marido.
En el Nuevo Imperio y especialmente en las XVIII y XIX dinastías, aparecerán tallas individuales más voluptuosas, en las que los artistas han plasmado con gran delicadeza y primor, tanto los rizos de las pelucas como las texturas de los vestidos y las formas de la mujer. Las curvas de sus cuerpos jóvenes y esbeltos, nos lo muestran a través de sus vestidos de lino transparente y podemos decir que, en vez de vestirlas, lo que hacían era desnudarlas, haciéndolas más atractivas y apetitosas. Como la famosa escultura de un cuerpo acéfalo, atribuida a la reina Nefertiti, que se encuentra en el Museo del Louvre.
Las estelas privadas son más comunes que las estatuas, tal vez por ser más fáciles de realizar y también, hay que pensar en ello, que su costo sería menor. Su fin era el perpetuar la memoria de sus propietarios, igual que hacemos ahora en nuestros días. Las estelas reflejaban siempre a los fallecidos, generalmente sentados ante una mesa de ofrendas con comida y bebida abundantes; algunas veces incluían también a miembros de su familia. Las estelas llevan inscritos el nombre y los títulos del propietario, junto con una invocación para pertuar las ofrendas, como por ejemplo: Mil panes, cerveza, carne y aves para ... (el nombre del difunto). La mayoría de estas estelas son de esposas o viudas, aunque también las hay de mujeres solas o con sus maridos.
En los fondos del Museo Metropolitano de Arte de New York, existe una estela del Imperio Medio, dedicada a dos mujeres (llamadas Inyotefankh y Meswet-Netrettekh) que les fue ofrecida por las cuatro mujeres de condición modesta que aparecen el la misma. El título más común, independiente de la clase social a la que perteneciera una mujer era, insisto, el de Señora de la Casa.
La mujer que poseyera un título clerical sería grabado, sin excepción, en su estatua, tumba o estela. Estos títulos religiosos se otorgaban con más profusión en el Imperio Medio, que en épocas posteriores. Hasta la XII Dinastía, las estelas eran hechas exclusivamente con fines funerarios pero, posteriormente, también las encontramos como ofrendas votivas a los dioses, por personas vivas. Un grupo de 14 estelas dedicadas por mujeres de condición humilde, con títulos como camareras y lavanderas, fueron encontradas en Lischt por Ward en 1989.
Eran estelas votivas en las cuales sólo la mujer que la dedica está representada en actitud de adoración a sus dioses favoritos. Han sido encontradas también en numerosos lugares y cementerios de Deir el-Medineh y en Abydos.



Amigos de la Egiptología

El testamento de la reina Isabel La Católica: Grande de España

En noviembre de 1504 Cristóbal Colón acababa de regresar a España y Ovando estaba poniendo orden en La Española. Y en eso se murió la reina Isabel

  • Isabel la Católica, reina de Castilla y, por su matrimonio con Fernando, reina consorte de Aragón, falleció el 26 de noviembre de 1504 tras varios meses de sufrimiento; se la llevó un cáncer de útero. Tenía 53 años. Con ella desaparecía el motor principal del descubrimiento de América. Pero Isabel dejaba un testamento que iba a cambiar la Historia del mundo.Isabel había reinado en Castilla por espacio de tres decenios. Cuando ella llegó al trono, Castilla era un reino precario, con la corona en manos de las ambiciones nobiliarias, enviscado en permanentes querellas de facción, con sus campos esquilmados por la guerra y el desorden. Ahora se había convertido en la primera potencia de Europa.
    La unión con Aragón había creado un núcleo político de extraordinaria solidez. La voluntad política de los reyes imperaba sin discusión sobre los poderes feudales, sustituidos por una nueva clase rectora elegida ya no por sangre, sino por sus propios méritos. El reino funcionaba ya como un Estado prácticamente moderno –el más avanzado de Europa–, con instituciones sometidas a la Corona e independientes de los grandes magnates. La arbitrariedad había desaparecido casi por completo en beneficio de la justicia. Las riquezas del país fluían. La Iglesia había emprendido su propia reforma. Se había conquistado el Reino moro de Granada poniendo fin a la presencia musulmana en España. Se empezaba a saltar al otro lado del estrecho para establecer bases en el norte de África. Se había derrotado a Francia en Nápoles. Los barcos castellanos habían descubierto un mundo nuevo en las Indias. Unos logros, en fin, impresionantes.
    Los últimos años de Isabel, gloriosos en lo político, habían sido tristísimos en lo personal. El heredero Juan había muerto en 1497; dejaba una hija póstuma que murió al nacer. Su hija Isabel, casada con el rey de Portugal, moría igualmente al año siguiente en el parto de Miguel, llamado a unificar los reinos de Portugal y España, que también murió en el alumbramiento. Quedaba como heredera la princesa Juana, que enseguida empezó a dar muestras de la inestabilidad mental, que le valdría el sobrenombre de la Loca. Otra infanta, Catalina, casada con el heredero de la corona inglesa Arturo, veía morir a su marido poco después de la boda, en 1502; Catalina terminaría casándose con el hermano del difunto, el príncipe Enrique, que sería Enrique VIII. Esta sucesión de desastres golpeó severamente el alma de la reina católica. Isabel empezó a vestir de luto. Sólo su recia fe la libró de la depresión. “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea su santo nombre”, dicen que dijo al conocer la noticia de la muerte de Juan, su heredero.
    La enfermedad fue la culminación inevitable de tanto sufrimiento. Isabel enseguida tuvo conciencia de que su vida se acababa. Se encerró en su castillo de Medina del Campo y dispuso misas diarias por su alma. Sólo le restaba dictar testamento y dejar en la tierra una buena siembra que le permitiera acudir con la frente limpia al encuentro con Dios. Escribe a su confesor, el anciano fray Hernando de Talavera: “Siendo la vida humana tránsito temporal hacia la eternidad, los reyes deben recordar que han de morir y que el juicio que Dios va a pronunciar sobre ellos es más severo que sobre el común de los mortales”. Isabel ordena que su entierro sea austero, que los gastos previstos se empleen más bien en limosnas y beneficencia y no ser embalsamada, sino vestida con un simple hábito franciscano. Sus joyas y objetos personales los deja a su marido para que haga con ellos lo que quiera; el resto de sus bienes los lega a obras de caridad.
    El codiciloIsabel sentía que su testamento debía ser no sólo la última voluntad de un moribundo, sino también y sobre todo un testamento político, como correspondía a un tiempo en el que la persona del monarca era inseparable de la existencia del Reino. Dispone que su hija Juana, heredera de la corona de Castilla y su esposo, Felipe de Habsburgo, queden obligados a reinar conforme a los fueros castellanos, y les veta entregar dignidades a nobles extranjeros. Isabel prevé también la incapacidad de su hija y manda que si Juana y Felipe no quisieran o no pudieran hacerse cargo del gobierno, la regencia sea desempeñada por su marido, Fernando de Aragón, hasta que el hijo de Juana, el príncipe Carlos, cumpla 20 años. Isabel sabía lo que tenía entre manos. Como sabía también cuáles tenían que ser los objetivos fundamentales de la política castellana: mantener la lucha contra el moro, ahora en suelo africano, y no entregar nunca la plaza de Gibraltar, baluarte contra futuras invasiones islámicas.
    Pero hubo algo más. Algo que iba a tener unas consecuencias decisivas. El 23 de noviembre, pocas horas antes de expirar, la reina ordenaba añadir a su testamento un codicilo con dos asuntos que le causaban gran inquietud de conciencia. Uno, de orden interno, era la fiscalidad, y concretamente el impuesto denominado alcabala, una tasa que tenía que pagar el comprador de cualquier bien y, en los contratos de compraventa, ambas partes; ese impuesto, que desde el siglo anterior era privilegio de la Corona, había dado lugar a numerosos abusos y la preocupación de la reina era que lo fijaran y recaudaran directamente las cortes. El otro asunto era de naturaleza puramente moral, y este es el fundamental para nuestro relato: que los indios de las tierras descubiertas no fueran esclavos, sino que se les considerara inmediatamente como súbditos de la Corona. Era la primera vez en la Historia que un monarca tomaba semejante decisión. Así lo escribió la Reina: “Cuando nos fueron concedidas por la santa sede apostólica las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue inducir y traer a los pueblos de ellas y convertirlos a nuestra santa fe católica, y enviar a las dichas Islas y Tierra Firme prelados y religiosos y clérigos y otras personas doctas y temerosas de Dios, para instruir a los vecinos y moradores de ellas en la fe católica, y enseñarles y adoctrinarles en buenas costumbres, y poner en ello la diligencia debida. Por ende, suplico al rey mi señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la princesa, mi hija, y al príncipe, su marido, que así lo hagan y cumplan, y que éste sea su principal fin, y que en ello pongan mucha diligencia y no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, sino que manden que sea bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien…”.
    Este codicilo de Isabel presentaba implicaciones de gran alcance. Si el propósito era convertir a los indios a la fe de la cruz, eso significaba que no podrían ser esclavos, pues no se podía esclavizar a un cristiano. Si a los nativos se los consideraba “vecinos y moradores”, eso significaba que se reconocía de antemano su derecho a mantener sus comunidades propias. Si se ordenaba respetar la inmunidad de “sus personas y bienes”, eso significaba garantizar su libertad y su propiedad, que eran las cualidades básicas de la dignidad individual según el Derecho Natural y la Teología de la época. La reina Isabel venía a dar una dimensión moral y religiosa a la conquista de América.
    No guerra, sino cruzadaDesde ese momento el testamento de la reina iba a actuar como una guía para la conquista. No iba a ser una guerra: iba a ser una cruzada. La Evangelización no será algo que ocurra por accidente o por azar, sino que es desde el principio “nuestra principal intención”, según la reina, que ordena a sus sucesores que ese siga siendo su “principal fin”. Bastantes decenios de historiografía materialista han logrado cerrarnos los ojos ante la evidencia, pero ya es hora de quitarnos las legañas: si los españoles del siglo XVI cruzaron el océano para ir a un mundo que no era el que buscaban, si durante decenios gastaron en la empresa más dinero del que recuperaron y más hombres de los que podía permitirse un país poco poblado como España; si hicieron todas esas cosas, aparentemente absurdas, fue porque España se tomó aquello como una misión en el sentido religioso del término. Los españoles cruzaron la mar porque iban a poner la Cruz al otro lado; y sin eso, muy probablemente, no se habría acometido la mayor aventura de todos los tiempos.
    Pronto aparecerá, por supuesto, lo demás, todos esos rasgos tan “humanos, demasiado humanos”: la ambición, la rapiña, la demencia del oro, la violencia sobre la población conquistada… Es decir, aparecen todas y cada una de las cosas que vemos en todas las conquistas que en la Historia han sido. Pero la de América tiene una particularidad: cada vez que a alguien se le vaya la mano, ahí estará la Iglesia para denunciarlo, el poder civil para sancionarlo y los propios jefes de la conquista para poner orden. Esa norma correctora no la vamos a encontrar en ningún otro ejemplo histórico de gran conquista: ni en las de la Roma imperial ni en la de los ingleses y los franceses en América y África.
    El signo distintivo de la conquista española es que posee, desde el primer momento, una motivación religiosa y, por tanto, un freno moral. Y eso fue así precisamente por el protagonismo vigilante de la Iglesia y porque los conquistadores, además de ser aventureros, quizá locos, sin duda ambiciosos, eran hombres de fe. Por eso existieron casos como los de Montesinos o Las Casas, que tanto empeño pusieron en denunciar los abusos de las encomiendas. ¿Voces aisladas? En absoluto. Sabemos que en América muchos abusos se corrigieron, y que en Filipinas, donde la conquista es posterior, ni siquiera se llegaron a producir; los españoles ya sabían qué hacer. Y todo eso fue así porque la reina Isabel lo mandó en su testamento.
    Isabel de Castilla, sí, expiró el 26 de noviembre de 1504 en su palacio de Medina del Campo. Según sus deseos, fue enterrada en una sencilla tumba en el monasterio de San Francisco en la Alhambra de Granada, la ciudad por la que tanto luchó. Cuando murió su esposo, ambos fueron trasladados a la Capilla Real de la catedral granadina. E igualmente según sus deseos, la Corona española desarrollará a partir de ese día una intensa labor legisladora para proteger a los indios de América: las leyes de Indias. Ningún imperio había hecho nunca nada igual.n
  • lunes, 22 de abril de 2013

    La relación entre el peinado y la maternidad en el Antiguo Egipto.

    Estilos de peinado en pelo natural
     
    Tenían un estilo de peinado para cada etapa de la vida. El curioso peinado con el que representan a las mujeres que están de parto nos confirma este hecho. Al parecer mientras duraba el trabajo del parto la mujer llevaba un moño despeinado e informal en lo alto de la cabeza, y sólo cuando el niño estaba dispuesto a ver la luz, ella soltaba sus cabellos, como vemos en las representaciones y en el jeroglífico
    Estilos de peinado en pelo natural
    Al parecer, recogiendo su pelo conjuraba a los espíritus malignos, y una vez estaban ya conjurados, ella soltaba el pelo como dando permiso al niño para nacer sin peligro. Pero este peinado igualmente era el utilizado para amamantar al bebé. Quizás cumpliera las mismas funciones mágico-religiosas de protección a la madre y al bebé. Pero en mi opinión podría tratarse de una idealización de la tendencia natural que tendría una mujer de recogérse el pelo en lo alto de la cabeza con horquillas, con el fin de paliar el calor y de evitar que cayeran cabellos al bebé que amamanta. Poniéndolo en lenguaje actual, parece lógico que una mujer de pelo largo que va a dar el pecho a un bebé, se lo recoja con una pinza en lo alto de la cabeza para mayor comodidad de ambos. Lo cierto es que siempre que aparece una escena de lactancia, la madre está representada con una especie de moño nada simétrico y bastante informal. Además de estar siempre sentada bajo una pérgola de clemátides, planta que al parecer tenía mucho que ver con la sexualidad y sus consecuencias, en este caso la maternidad. En la iconografia de imágenes de lactancia, casi siempre aparece igualmente un espejo y una sirvienta nubia, con los típicos mechones en su cráneo rasurado.

    Amigos de la Egiptología.

    El cuidado personal no tiene épocas: Tocados y peinados en el Antiguo Egipto.

    Egipto es un país africano, por lo tanto debemos pensar que sus habitantes tendrían en su mayoría cabello oscuro y rizado como correspondería étnicamente a las razas mediterráneas. No queremos decir los rizos pequeños y apretados de los individuos de raza negra, sino ondulado, o al menos no liso como encontraríamos en las culturas americanas o en las personas pertenecientes a la razas orientales. El pelo de los egipcios se iría haciendo más rizado cuanto más al sur, en la zona de Nubia, donde ya sería el tipo de cabello fuertemente rizado de la raza negra.
    Por lo tanto cabe suponer que los habitantes de Egipto tendrían, en su mayoría, cabellos negros, o al menos bastante oscuros. Y también que la calidad de su pelo era buena, ya que el cabello en las razas mediterráneas suele ser abundante y fuerte.
    No obstante, una vez más, la climatología de Egipto, con su calor sofocante, condiciona casi todos los aspectos de esta civilización. Y el estilo de peinado no podía ser menos. Los egipcios normalmente llevaban el cabello corto, o incluso rasurado. Si acaso las mujeres podían llevar una melena corta y cuadrada, pero los hombres solían cortar sus cabellos muy cortos, casi al estilo actual. Esto tiene toda la lógica del mundo en lo referente a las clases trabajadoras. El pelo corto o rasurado era una buena manera de hacer frente al calor y a los parásitos. Por este mismo motivo también se depilaban todo el vello corporal.
    El cabello y el cuero cabelludo era motivo de constantes atenciones. Unas veces se trataba de combatir las canas, otras veces la calvicie, otras tratar de hacer que el pelo creciera de nuevo, e incluso les preocupaba que las cejas se les volvieran grises. En el Papiro Ebers encontramos recetas para “transformar a un viejo en joven” (esto sería un tinte) así como otra destinada a mujeres y que sirve para “hacer que a una rival se le caiga el pelo”. Esta receta se compondría de hojas de loto quemadas y sumergidas en aceite que habría que aplicar en la cabeza de la mujer odiada.
    La receta propuesta por los egipcios para hacer crecer el pelo de alguien calvo sería: grasa de leon, grasa de hipopótamo, grasa de cocodrilo, grasa de gato, grasa de serpiente y grasa de ibis, todas ellas mezcladas y puestas en la cabeza. No sabemos si esto era efectivo, aunque el hecho de que la alopecia siga atormentando a la humanidad, nos hace dudar de su eficacia..
    Las referencias al cabello también tienen su importancia en la mitología. La diosa Isis, al enterarse del asesinato de su marido, lo primero que hace es cortarse un mechón de su cabello antes de emprender su búsqueda del cuerpo. Igualmente cuando llega a Biblos, enseña a las damas de aquella corte a trenzar sus cabellos.
    En los ritos funerarios también parece que el cabello tenía su papel. Hombres y mujeres aparecían con el pelo en desorden, y las mujeres plañideras se tiraban del pelo entre lamentos, y se tiraban ceniza sobre ellos. Por otra parte, en muchos enterramientos han aparecido pequeñas trenzas o bucles de pelo humano cuidadosamente guardados en cajitas. No sabemos muy bien si esto eran postizos o extensiones y formaban parte del ajuar funerario, como el caso de las pelucas completas, o era simplemente una cuestión piadosa basada en el cariño de alguien por el fallecido o viceversa.
    La realeza contaba con peluqueros y barberos que cuidaban tanto de su pelo natural como de las pelucas. Tanto mujeres como hombres se ponían a diario en manos de los peluqueros, barberos, manicuristas, etc., al menos esto es lo que nos quieren indicar las representaciones oficiales. Solo en el caso de la familia amárnica tenemos la seguridad absoluta de que llevaban el cráneo rasurado. Hay gran cantidad de representaciones en las que aparecen tanto la pareja real, como sus princesitas luciendo sus alargadas cabezas afeitadas.
    Tumba de Userhat Din XVIII – TT56 (Gurnah)
    Tumba de Userhat Din XVIII – TT56 (Gurnah).

    Pero en la vida real, las clases trabajadoras se conformaban con ir al barbero/peluquero de vez en cuando para que les rasurase el cráneo. Para ello, hacían cola al aire libre y esperaban su turno echando un sueñecito a la sombra. Así lo vemos en la tumba de Userhat, la nº 56 de Gurnah.
    Ahora bien, casi podemos decir que se sabía la posición social de un personaje por la longitud de sus cabellos. Cuanto más adinerado era el personaje, más largo el cabello. Un hombre o mujer de cabellos largos no podría estar trabajando en el campo a pleno sol, y si lo hacía, el aspecto de sus cabellos sería de suciedad y desaliño. Así, solo quienes tenían sirvientes para cuidarles y trenzarles el pelo, podían permitirse dejarlo crecer. Aunque, a partir de las representaciones, es muy dificil determinar si el pelo era natural, o se trataba de peluca. Por supuesto en los elaboradisimos peinados que vemos en los banquetes, o en las decoraciones de las tumbas, no nos cabe ninguna duda de que son pelucas. La duda aparece cuando el peinado es “posible”, es decir, no es tan sofisticado, y sería por lo tanto factible que fuera de pelo natural.

    Amigos de la Egiptología

    Cultivo Una Rosa Blanca


                                                                                                        José Martí

    Cultivo una rosa blanca,
    en julio como en enero,
    para el amigo sincero
    que me da su mano franca.

    Y para el cruel que me arranca
    el corazón con que vivo,
    cardo ni ortiga cultivo:
    cultivo una rosa blanca.

    Caminante no hay camino


                                                                                                    Antonio Machado

    Todo pasa y todo queda,
    pero lo nuestro es pasar,
    pasar haciendo caminos,
    caminos sobre el mar.

    Nunca perseguí la gloria,
    ni dejar en la memoria
    de los hombres mi canción;
    yo amo los mundos sutiles,
    ingrávidos y gentiles,
    como pompas de jabón.

    Me gusta verlos pintarse
    de sol y grana, volar
    bajo el cielo azul, temblar
    súbitamente y quebrarse...

    Nunca perseguí la gloria.

    Caminante, son tus huellas
    el camino y nada más;
    caminante, no hay camino,
    se hace camino al andar.

    Al andar se hace camino
    y al volver la vista atrás
    se ve la senda que nunca
    se ha de volver a pisar.

    Caminante no hay camino
    sino estelas en la mar...

    Hace algún tiempo en ese lugar
    donde hoy los bosques se visten de espinos
    se oyó la voz de un poeta gritar
    "Caminante no hay camino,
    se hace camino al andar..."

    Golpe a golpe, verso a verso...

    Murió el poeta lejos del hogar.
    Le cubre el polvo de un país vecino.
    Al alejarse le vieron llorar.
    "Caminante no hay camino,
    se hace camino al andar..."

    Golpe a golpe, verso a verso...

    Cuando el jilguero no puede cantar.
    Cuando el poeta es un peregrino,
    cuando de nada nos sirve rezar.
    "Caminante no hay camino,
    se hace camino al andar..."

    Golpe a golpe, verso a verso.

    El agua y el destino

    “Nada es más suave y al mismo tiempo tan fuerte como el agua, que fluye firme y lentamente, con la sabiduría de tener el mismo destino del hombre: seguir adelante”

    Anónimo