martes, 12 de marzo de 2013

Beber un té en el desierto





Ayunando uno tiene hambre, tiene sed... ayunando, ¿espera uno el té?

El ayuno nos hace más transparentes, nuestra sombra desaperece, se llena nuestro corazón.

Viajé de Arabia a Irak en el Ramadán, ayunando... con el desértico paisaje espeluznante, el silencio, la eternidad del ardiente clima. El horizonte como una manta áspera da la impresión de rocas quemadas, como si fueran residuos de lava volcánica.

Pensaba en la hiyra, ese viaje infinito del mensajero, aquél que nos guía sin que paguemos precio alguno. A nosotros nos parece tán difícil el viaje, a pesar de tener las comodidades de hoy y pensaba en cómo él manifestaba su miedo y su súplica.

Cuando llegamos a la frontera, faltaba poco para la hora del iftar (rompe-ayuno), quizás una media hora. Nuestra intención era pasar la frontera tan pronto como fuera posible y llegar a un asentamiento en Irak. En caso contrario, nos enfrentaríamos a la difícil situación de romper el ayuno en medio del desierto.

Los funcionarios saudíes, a pesar de todas las protestas, cerraron la aduana internacional y se fueron diciendo que era el "tiempo del iftar", dejándonos con las miradas desconcertadas.

No olvidaron decir que venían “después del iftar”, pero de todos modos no teníamos otro sitio donde ir.

A lo lejos se veía una pequeña ciudad. Afuera de la cuidad había obras.
¿A qué prestar atención? ¿A que nos habíamos quedado en el desierto?, ¿a la indiferencia de los funcionarios saudíes? ¿o a que aunque se tratara de una aduana internacional, el ritmo de vida y el entendimiento de trabajo se establece según diferentes criterios, por ejempo la hora del iftar?

Me tumbé en la caída de la duna, en consonancia con el desierto. El azul del cielo está apunto de mezclarse con el rojizo de la tarde. Pronto será el tiempo del iftar. No tengo otro pensamiento que el de disfrutar del silencio, de permanecer tumbado de la forma más natural sobre esa colina de arena donde el cielo y el desierto se reunen. Mi compañero Sadik está agitado, preocupado de cómo romperemos el ayuno.

Finalmente, cuando llegó la hora, me recobré del mundo en que me perdí. Volví en mí, ¡volví al iftar!, a las charlas, las emociones y al entusiasmo del rompe ayuno. Parece como si nuestros cuerpos temblaran en el aire del desierto, como corazones ligeros, como plumas.

Una mesa puesta en el aire en medio del desierto, con un poco de comida, modesta y sencilla dentro de sus posibilidades. Después del iftar, el encuentro de la frente con la arena, en el salat. Como si se elevaran las frentes a la profundidad de los cielos mientras tocan los granos de arena.

En el desierto, tranquilo, en medio de sentimientos aislados, ¿qué puede parar los deseos de mis placeres? No voy en busca de agua, deseo beber una taza de té... parece como si la metáfora del desierto sediento de agua estuviera equivocada. El desierto y el té...

¡En el desierto hay que beber té!

En la distancia, las luces brillan...
Las sombras de los trabajadores de la construcción alrededor del fuego del iftar crecen en el desierto, extendiéndose y llegando hasta mis pies.

Sí, tenía que ir allí, seguro que sus corazones son de los que comparten.

Llegué andando hasta los trabajadores. Por su imagen estoy seguro que eran de India o Pakistán. Vi la tetera encima del fuego, les saludé y sin más palabras me apresuré a pedirles un vaso de té, solo quería un vaso de té. La respuesta que recibí fue tan modesta y acorde con el desierto, tan infinito... “Te lo traemos.”

En breve un trabajador moreno con una frente brillante de turabi vino con una tetera y los vasos.

Me quedo tumbado sobre la arena mirando las estrellas, inhalando el maravilloso placer de ese encuentro, en un clima completamente diferente, con el té hecho por la mano de la humildad y la hermandad.

Tomarse un té en el desierto solo podía ser una cosa así...

Autor: Akif Emre

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