sábado, 30 de junio de 2012

Una dificil decisión que la dignifica



Hoy he leido la historia de Chiara Corbella ,UNA MADRE CORAJE,en la que se puede resumir la capacidad de entrega y de amor a la vida.
Esta mujer me impactó porque no es nada fácil, muy difícil diría yo, tomar una elección que es toda una muestra de AMOR .
¿ Sería yo capaz de hacerlo ?, ¡¡¡  Qué difícil,qué difícil !!!! Miedo,dudas,pánico.....el sentir,el pensar en la muerte es capaz de paralizar cualquier mente humana .Y entregar tu vida por tu hija, es el mejor regalo que una madre hace por un hijo.
Yo podría decir que esta sí que fue una madre coraje .
Dios la bendiga desde el cielo.
Mcm
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Estaba embarazada y le diagnosticaron un cáncer. Debía iniciar un agresivo tratamiento que podría curarla, pero que mataría al bebé que estaba en su vientre. Rechazó someterse a quimioterapia y entregó su vida por la salvación de su hijo. Una madre coraje de 28 años que murió feliz y que no se dejó arrugar por el lobby abortista.
La historia de la italiana Chiara Corbella impacta a cualquiera. El pasado sábado 16 de junio más de un millar de personas abarrotaron la parroquia de Santa Francisca Romana para darle su último adiós. Guitarras, bongos, violines y un coro enorme quisieron poner un toque de alegría -aunque resulte paradójico- al funeral de esta chica de 28 años que antepuso la vida de su hijo a la suya. Una ceremonia en la que no hubo vestidos negros ni gafas de sol de esas que tapan lágrimas de plañidera. Una despedida que duró dos horas y media y que se convirtió en una auténtica fiesta.
Chiara Corbella siempre estuvo vinculada a esta parroquia. Aquí, en una peregrinación a Medjugorje, conoció a Enrico, con quien se casó pocos años después. Juntos compartieron la fe y su pasión por la música en el coro parroquial. Pronto supieron que esperaban una hija, María.
El embarazo se complicó y el médico les dijo que su pequeña vendría al mundo con problemas de salud. Pese a ello, el aborto no pasó en ningún momento por la mente de este joven matrimonio. “El momento en el que la he visto ha sido un momento que no olvidaré jamás. En ese momento he entendido que estábamos unidas en la vida aunque no pensaba en el hecho de que ella estaría poco con nosotros. Ella estaba unida a mí por la vida, porque era mi hija”, dijo la madre tras dar a luz a María, quien fue bautizada y murió solamente treinta minutos después del parto.
Y es que Chiara y Enrico estaban convencidos de que la vida y la muerte no dependen de una persona, sino de Dios. “Aquella media hora no me pareció poco. Fue una media hora inolvidable. Si hubiese abortado, pienso que no podría recordar el día del aborto como una fiesta, un momento en el cual me hubiera liberado de alguna cosa. Pienso que habría sido algo que se quiere olvidar, un gran sufrimiento. El día del nacimiento de María, en cambio, podré recordarlo siempre como uno de los momentos mas bellos de mi vida”, explicó Chiara en una conferencia cuyo vídeo ya han visto más de cien mil personas en internet.
Ironizar sobre la muerte
Tras la pérdida de María, sus padres querían tener otro hijo. Chiara se quedó embarazada y, a los pocos meses, los médicos le dijeron que su hijo David nacería con gravísimas malformaciones. No se plantearon abortar y el pequeño vino al mundo. Fue bautizado antes de que se apagase su pequeño corazón a los pocos minutos de nacer. Enrico y Chiara eran un matrimonio totalmente abierto a la vida y en 2010 ella se quedó embarazada por tercera vez. En esta ocasión de Francisco. Las ecografías mostraban que, a diferencia de sus dos hermanos, el bebé venía con una salud de hierro.
Estando embarazada de cinco meses, a Chiara le diagnosticaron un cáncer de lengua. Sin embargo, la serenidad del matrimonio sorprendió a todos. Sabían que era vital para la madre someterse a las sesiones de quimioterapia y radioterapia para salvar su vida. Pero ¿qué sucedería con el pequeño Francisco? Su madre lo tuvo claro. Retrasó su tratamiento hasta que naciese su hijo para que las radiaciones no afectasen al embarazo. “No quiero morir por Francisco, quiero dar mi vida a Francisco”, dijo Chiara.
El pequeño vino al mundo el 30 de mayo de 2011. Doce meses después, su madre le escribió una carta por su primer cumpleaños. En ella le decía: “Voy al Cielo para ocuparme de María y David, tú quédate aquí con papá. Yo desde allí rezaré por vosotros. Eres especial y tienes una gran misión. El Señor te ha elegido y yo te mostraré el camino a seguir si abres tu corazón. Confía en mí, vale la pena. Mamá”. Además dejó escritas unas letras a su marido donde le pedía que no estuviese triste, ya que “ahora voy allí y puedo cuidar de María y David. Tú quédate aquí y cuida bien de Francisco”.
Un niño totalmente sano gracias a la entrega de su madre, quien inició sus sesiones contra el cáncer con cuatro meses de retraso. Eso la debilitó mucho e hizo que perdiese la vista de su ojo derecho. Pero siempre tuvo presente que lo había hecho por amor y eso le daba felicidad en medio del dolor físico. Una felicidad que siempre mostraba con una sonrisa de oreja a oreja y con un brillo especial en su mirada. A veces, incluso, se sentía con fuerzas para bromear e ironizar sobre su muerte.
Pese a su debilidad, Chiara nunca perdió la fe. Quiso viajar con su marido y su hijo a Medjugorje (Bosnia-Herzegovina). Les acompañaron parejas jóvenes y muchos niños. Fue un gran esfuerzo para ella, pero lo quiso hacer para ayudar a otros a aceptar el dolor y para ofrecer su sufrimiento a los pies de la Virgen.
¿Es suave esta cruz?
Chiara murió rodeada de amigos y familiares el pasado miércoles 13 de junio de 2012. Su último mensaje de móvil se lo envió al sacerdote de su parroquia. En él decía una escueta pero profunda frase: “Estamos con las linternas encendidas, esperamos al Esposo”.
Durante la enfermedad de su mujer, Enrico reflexionó mucho sobre el pasaje del Evangelio de san Mateo en el que Jesús dice: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados […] porque mi yugo es suave y mi carga, ligera”. Horas antes de morir, Enrico preguntó a su mujer: “Chiara, mi amor, pero ¿esta cruz es realmente suave como dice el Señor? Ella me miró, me sonrió y con un pequeño hilo de voz me dijo: ‘Sí, Enrico, es muy suave’. Por lo tanto, no hemos visto morir serena a Chiara, la hemos visto morir feliz”, declaró Enrico en una entrevista en Radio Vaticana.
Tras la muerte de Chiara, su marido dijo que “el hecho de haberla visto morir feliz para mí ha sido una victoria sobre la muerte. A mí me daba mucho miedo pensar -después de las experiencias de mis hijos, de David y María- en ver morir también a mi hijo Francisco. Hoy sé que hay algo hermosísimo más allá, que nos espera”.
Una veintena de sacerdotes acompañaron al cardenal vicario de Roma, Agostino Vallini, quien presidió el funeral de Chiara. La calificó como “la segunda Gianna Beretta Molla”, una santa italiana que a mediados del pasado siglo también ofreció su vida por la salvación de su bebé.
La homilía la pronunció fray Vito, un joven franciscano de Asís que asistió espiritualmente a esta joven madre coraje y a su familia en los últimos momentos. En ella, el fraile dijo que “la muerte de Chiara ha sido el cumplimiento de una plegaria. Tras la diagnosis médica del 4 de abril que la declaraba ‘enferma terminal’, pidió un milagro. No la curación, sino hacer vivir en paz estos momentos de enfermedad y sufrimiento a ella y a las personas más cercanas”. Y concluyó sus palabras con el pensamiento de Chiara de estar pendientes de las cosas simples y de los pequeños detalles. “Nosotros no podemos transformar el agua en vino, pero sí empezar a llenar las tinajas. Chiara creía en esto y esto la ayudó a vivir una buena vida y por tanto una buena muerte, paso a paso”, dijo fray Vito.
A petición de esta madre que entregó la vida por su hijo, todos los que asistieron a su funeral recibieron un regalo: una flor y el testimonio de esta joven a la que muchos en la Ciudad Eterna ya llaman “beata Chiara Corbella”.
La historia de la italiana Chiara Corbella impacta a cualquiera. El pasado sábado 16 de junio más de un millar de personas abarrotaron la parroquia de Santa Francisca Romana para darle su último adiós. Guitarras, bongos, violines y un coro enorme quisieron poner un toque de alegría -aunque resulte paradójico- al funeral de esta chica de 28 años que antepuso la vida de su hijo a la suya. Una ceremonia en la que no hubo vestidos negros ni gafas de sol de esas que tapan lágrimas de plañidera. Una despedida que duró dos horas y media y que se convirtió en una auténtica fiesta.
Chiara Corbella siempre estuvo vinculada a esta parroquia. Aquí, en una peregrinación a Medjugorje, conoció a Enrico, con quien se casó pocos años después. Juntos compartieron la fe y su pasión por la música en el coro parroquial. Pronto supieron que esperaban una hija, María.
El embarazo se complicó y el médico les dijo que su pequeña vendría al mundo con problemas de salud. Pese a ello, el aborto no pasó en ningún momento por la mente de este joven matrimonio. “El momento en el que la he visto ha sido un momento que no olvidaré jamás. En ese momento he entendido que estábamos unidas en la vida aunque no pensaba en el hecho de que ella estaría poco con nosotros. Ella estaba unida a mí por la vida, porque era mi hija”, dijo la madre tras dar a luz a María, quien fue bautizada y murió solamente treinta minutos después del parto.
Y es que Chiara y Enrico estaban convencidos de que la vida y la muerte no dependen de una persona, sino de Dios. “Aquella media hora no me pareció poco. Fue una media hora inolvidable. Si hubiese abortado, pienso que no podría recordar el día del aborto como una fiesta, un momento en el cual me hubiera liberado de alguna cosa. Pienso que habría sido algo que se quiere olvidar, un gran sufrimiento. El día del nacimiento de María, en cambio, podré recordarlo siempre como uno de los momentos mas bellos de mi vida”, explicó Chiara en una conferencia cuyo vídeo ya han visto más de cien mil personas en internet.
Ironizar sobre la muerte
Tras la pérdida de María, sus padres querían tener otro hijo. Chiara se quedó embarazada y, a los pocos meses, los médicos le dijeron que su hijo David nacería con gravísimas malformaciones. No se plantearon abortar y el pequeño vino al mundo. Fue bautizado antes de que se apagase su pequeño corazón a los pocos minutos de nacer. Enrico y Chiara eran un matrimonio totalmente abierto a la vida y en 2010 ella se quedó embarazada por tercera vez. En esta ocasión de Francisco. Las ecografías mostraban que, a diferencia de sus dos hermanos, el bebé venía con una salud de hierro.
Estando embarazada de cinco meses, a Chiara le diagnosticaron un cáncer de lengua. Sin embargo, la serenidad del matrimonio sorprendió a todos. Sabían que era vital para la madre someterse a las sesiones de quimioterapia y radioterapia para salvar su vida. Pero ¿qué sucedería con el pequeño Francisco? Su madre lo tuvo claro. Retrasó su tratamiento hasta que naciese su hijo para que las radiaciones no afectasen al embarazo. “No quiero morir por Francisco, quiero dar mi vida a Francisco”, dijo Chiara.
El pequeño vino al mundo el 30 de mayo de 2011. Doce meses después, su madre le escribió una carta por su primer cumpleaños. En ella le decía: “Voy al Cielo para ocuparme de María y David, tú quédate aquí con papá. Yo desde allí rezaré por vosotros. Eres especial y tienes una gran misión. El Señor te ha elegido y yo te mostraré el camino a seguir si abres tu corazón. Confía en mí, vale la pena. Mamá”. Además dejó escritas unas letras a su marido donde le pedía que no estuviese triste, ya que “ahora voy allí y puedo cuidar de María y David. Tú quédate aquí y cuida bien de Francisco”.
Un niño totalmente sano gracias a la entrega de su madre, quien inició sus sesiones contra el cáncer con cuatro meses de retraso. Eso la debilitó mucho e hizo que perdiese la vista de su ojo derecho. Pero siempre tuvo presente que lo había hecho por amor y eso le daba felicidad en medio del dolor físico. Una felicidad que siempre mostraba con una sonrisa de oreja a oreja y con un brillo especial en su mirada. A veces, incluso, se sentía con fuerzas para bromear e ironizar sobre su muerte.
Pese a su debilidad, Chiara nunca perdió la fe. Quiso viajar con su marido y su hijo a Medjugorje (Bosnia-Herzegovina). Les acompañaron parejas jóvenes y muchos niños. Fue un gran esfuerzo para ella, pero lo quiso hacer para ayudar a otros a aceptar el dolor y para ofrecer su sufrimiento a los pies de la Virgen.
¿Es suave esta cruz?
Chiara murió rodeada de amigos y familiares el pasado miércoles 13 de junio de 2012. Su último mensaje de móvil se lo envió al sacerdote de su parroquia. En él decía una escueta pero profunda frase: “Estamos con las linternas encendidas, esperamos al Esposo”.
Durante la enfermedad de su mujer, Enrico reflexionó mucho sobre el pasaje del Evangelio de san Mateo en el que Jesús dice: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados […] porque mi yugo es suave y mi carga, ligera”. Horas antes de morir, Enrico preguntó a su mujer: “Chiara, mi amor, pero ¿esta cruz es realmente suave como dice el Señor? Ella me miró, me sonrió y con un pequeño hilo de voz me dijo: ‘Sí, Enrico, es muy suave’. Por lo tanto, no hemos visto morir serena a Chiara, la hemos visto morir feliz”, declaró Enrico en una entrevista en Radio Vaticana.
Tras la muerte de Chiara, su marido dijo que “el hecho de haberla visto morir feliz para mí ha sido una victoria sobre la muerte. A mí me daba mucho miedo pensar -después de las experiencias de mis hijos, de David y María- en ver morir también a mi hijo Francisco. Hoy sé que hay algo hermosísimo más allá, que nos espera”.
Una veintena de sacerdotes acompañaron al cardenal vicario de Roma, Agostino Vallini, quien presidió el funeral de Chiara. La calificó como “la segunda Gianna Beretta Molla”, una santa italiana que a mediados del pasado siglo también ofreció su vida por la salvación de su bebé.
La homilía la pronunció fray Vito, un joven franciscano de Asís que asistió espiritualmente a esta joven madre coraje y a su familia en los últimos momentos. En ella, el fraile dijo que “la muerte de Chiara ha sido el cumplimiento de una plegaria. Tras la diagnosis médica del 4 de abril que la declaraba ‘enferma terminal’, pidió un milagro. No la curación, sino hacer vivir en paz estos momentos de enfermedad y sufrimiento a ella y a las personas más cercanas”. Y concluyó sus palabras con el pensamiento de Chiara de estar pendientes de las cosas simples y de los pequeños detalles. “Nosotros no podemos transformar el agua en vino, pero sí empezar a llenar las tinajas. Chiara creía en esto y esto la ayudó a vivir una buena vida y por tanto una buena muerte, paso a paso”, dijo fray Vito.
A petición de esta madre que entregó la vida por su hijo, todos los que asistieron a su funeral recibieron un regalo: una flor y el testimonio de esta joven a la que muchos en la Ciudad Eterna ya llaman “beata Chiara Corbella”.

domingo, 24 de junio de 2012

En defensa propia





21 de septiembre de 2004. Jokin, un guipuzcoano de 14 años, se lanzó al vacío desde un puente después de un año de acoso, burlas y palizas por parte de sus compañeros de clase, que le habían convertido en el blanco perfecto de las mofas desde que, debido a una gastroenteritis y por estar los cuartos de baño cerrados, se hiciera sus necesidades encima. Se quitó la vida. Un final trágico que podía haberse repetido en la historia de Casey Heynes, un niño australiano acosado desde primaria que pensó en el suicidio, sí, pero acabó cogiendo el toro por los cuernos -o al acosador por las piernas- y plantó cara a quien le amedrentaba. Se defendió
Es gordito y desde primer curso ha sufrido las burlas -“adelgaza”, “bola”, “pelota”...- y las malas pasadas -“un día me pusieron cinta adhesiva en los ojos, me tiraron al suelo y después me ataron con cinta adhesiva a un poste”- de sus compañeros de colegio.
En secundaria, cuando parecía que las cosas podían cambiar y había conseguido hacer ocho amigos, otro chico comenzó a meterse con él y volvió el infierno de siempre. “Mis amigos me abandonaron. Me quedé solo. No tenía a nadie. No había nadie que me apoyara”.
El australiano Casey Heynes -estudiante de 15 años en el Chifley College- estaba acostumbrado a las burlas y sabía que era un blanco fácil porque, a pesar de su corpulencia, no devolvía los golpes. Lo dejaba pasar; cada vez más y con cada vez mayor sensación de humillación y vergüenza.
“Un buen día en el colegio es aquel en el que no me insultan ni me pegan, pero no ocurre muy a menudo”.
La situación le quedó tan grande que pensó en el suicidio. “Me deprimí, las cosas eran cada vez peores y todo se me hizo muy duro”. Pero allí estaba su hermana mayor, Tiana, que se preocupaba de que llegara bien al colegio y, al final del día, le preguntaba cómo habían ido las cosas. En casa Casey tenía un hogar feliz. Un lugar donde descansar.
Aquel lunes buscaba una mesa para comer cuando un grupo de acosadores se acercó a él cámara en mano (dispuestos a grabar las humillaciones que iban a infligir a Casey). Y entonces ocurrió. Son poco más de cuarenta segundos de grabación durante los cuales el espectador siente primero angustia, luego pena y, al final, cierto alivio mezclado con el horror que causa ver la violencia infantil.
Angustia porque el vídeo muestra a un niño obeso, cabizbajo y acobardado que, acorralado contra la pared, recibe un fuerte puñetazo de otro niño, más pequeño y menos corpulento que Casey, pero mucho más decidido y envalentonado. Después de ese primer puñetazo en plena cara llega otro, que Casey frena, y otros dos más directos a su cara y su estómago. Y aquí llega la pena. El espectador asiste a un espectáculo humillante, degradante, violento y desolador.
“Por fin se acabó”
Pero entonces, en cuestión de segundos, las cosas cambian y Casey, el niño que no se defendía, el niño que había pensado quitarse la vida abrumado por las burlas, el niño que se ha pasado 12 años yendo al colegio con angustia y que camina solo por los pasillos de clase... Casey se defiende. Haciendo uso de su corpulencia arremete contra su agresor, lo levanta por los aires y lo lanza contra el suelo. Después se aleja -cuerpo y mente todavía alerta- y, cuando ve que nadie tiene intención de seguir peleando con él, se marcha. El agresor, un joven de 12 años llamado Ritchard Gale, se levanta cojeando, con una rodilla malherida y se aleja del gordito al que había ido a molestar.
El vídeo se colgó en la página web Youtube y se convirtió en un fenómeno australiano (un año y dos meses después el suceso ya es fenómeno mundial y ha llegado hasta España) de la lucha contra el acoso escolar o bullying. Casey pasó de ser un niño anónimo y humillado a un personaje perseguido por la televisión -su historia salió en el programa ACA del canal australiano-, querido por los jóvenes -se creó en la red social Facebook una página con su nombre que va por los 230.000 seguidores, y sumando- y apoyado por todos aquellos que vivieron unos años de colegio marcados por la angustia, el miedo y la vergüenza. Es el héroe de los niños que fueron acosados.
Durante la primera de las muchas entrevistas que desde entonces ha concedido Casey explicó que después de recibir aquellos puñetazos no aguantó más. “Lo tiré contra el suelo en defensa propia. Fue un impulso... Realmente no estaba pensándolo. Solamente dije: por fin, se acabó”.
Sabe que lo que hizo no está bien -el golpe que el joven Gale se dio contra el suelo podía haberle ocasionado daños muy graves-, pero dice que no se arrepiente, porque consiguió poner fin a un martirio que duraba demasiado. “Fue en defensa propia”, recuerda. Y cuenta que, desde entonces, nadie más ha vuelto a molestarle.
Su padre, que no sabía hasta qué punto su hijo sufría en el colegio, se confiesa un hombre de paz -“no apruebo la violencia en ningún caso”-, pero explica que, al ver aquel vídeo y ver lo que su hijo había estado soportando durante años y años, una lágrima corrió por su rostro y pensó que Casey había hecho lo correcto porque se había defendido de quienes le atacaban.

Su hermana, más explícita, reconoce que, cuando vio la reacción de Casey, solo pudo decirle: “¡Choca esos cinco!”.
Apodado ‘Zanguief’ por el luchador ruso del videojuego Street Fighter, Casey ha visto cómo el vídeo de su actuación ha dado la vuelta al mundo y cómo con su cara se han hecho fotomontajes -hasta lo han comparado con superhéroes como el increíble Hulk o Batman-.
-¿Eres un superhéroe?, le preguntó el presentador de ACA.
-No, no lo soy, dijo un risueño Casey, convencido de que el masivo apoyo que ha recibido a través de las redes sociales se debe a que hay mucha gente que, a lo largo de su vida, se ha sentido acosada o molestada.
Uno de ellos, por ejemplo, fue el cantante e ídolo de jovencitas Justin Bieber. Tras ver el vídeo de Casey, se puso en contacto con él y lo invitó a uno de sus conciertos.
-También se reían de mí en el colegio -explicó a Casey-, a mí me gustaba cantar y se reían de mí. Solo tenía dos amigos.
-¿Dos? Yo solo tengo uno.
Después de una breve charla en el backstage, Bieber sacó al escenario a Casey y juntos proclamaron un mensaje para acabar con la violencia en las aulas, para no intimidar al débil y para que los acosados, tantos niños y tan callados, supieran que no están solos.
A su alrededor, además de los mensajes de apoyo y las versiones casi humorísticas del vídeo de su pelea, ha habido una legión de expertos opinando sobre la violencia en las aulas. ¿Por qué los profesores no hacen lo posible por evitarla?, ¿es Casey otro abusador al emplear la violencia para defenderse?, ¿es lógico que un vídeo que, al fin y al cabo, muestra una violenta pelea se convierta en icono de la libertad?... Muchas preguntas que el colegio de Casey ha tratado de responder asegurando que las más de sesenta denuncias que el niño puso ante los profesores por el acoso al que estaba siendo sometido se habían tenido en cuenta y que el chico recibía el apoyo de tutores personales y vigilancia extra en el colegio. ¿Cómo, entonces, era posible que las agresiones siguieran?
Ritchard, ‘the rat’.

Más preguntas: ¿por qué los niños no denuncian estas situaciones en sus casas? El padre de Casey, por ejemplo, no era consciente del tormento que vivía su hijo y ahora se pregunta cómo puede alguien soportar años y años de vejaciones e insultos. Pero la realidad es que los pequeños prefieren no decir nada en su casa -a veces por vergüenza y otras porque convertirse en un chivato es algo así como encender una antorcha para los acosadores- y deciden hacer frente a la situación ellos solos.
Aunque tanto Casey como Ritchard fueron expedientados por el colegio y expulsados temporalmente, la vuelta del primero a las aulas fue un camino de rosas. La gente ya no se mete con él y el pequeño Casey ha conseguido alcanzar algo de confianza en sí mismo.
Todo lo contrario que Ritchard, cuyos padres han aparecido también en televisión pidiendo clemencia para su hijo, al que, dicen, se ha demonizado. “Es un niño, y lo que hizo estuvo mal. Obtuvo su merecido, pero los insultos que está recibiendo en internet, hasta amenazas de muerte, le están sobrepasando”.
Y es que Ritchard, al fin y al cabo un niño de 12 años, asegura estar siendo víctima de una persecución insoportable -en internet ya es conocido como Ritchard, ‘the rat’ (la rata)- y traslada, además, una versión de los hechos muy diferente a la de Casey.
Ritchard explica que él mismo es un niño acosado, y que se metió con Casey porque él le había molestado antes -“pero eso no sale en el vídeo”-.
¿Verdad? El análisis del vídeo por un experto en defensa personal lo pone en duda. Asegura que el hecho de que alguien tan pequeño como Ritchard se atreva a enfrentarse a un chico que le dobla en tamaño indica que tiene el convencimiento de que no va a responder -“sabe que es una persona débil”- lo que hace presumir que Casey no había molestado antes a Ritchard.
Y más. La actitud de Casey tras lanzar a su agresor contra el suelo no es violenta, no sigue buscando pelea, sino que se mantiene alerta unos segundos para ver si le seguirán agrediendo y, cuando deduce que no, se da la vuelta y se va. “No busca pelea”.
Sea como sea, el resultado final de ese encontronazo no fue demasiado grave para Ritchard -solo usó muletas durante un tiempo- y fue trascendental en la vida de Casey. El “castigador de acosadores”, como lo llaman en internet, puso punto y final a un martirio que había hecho que un chico de 15 años pensara en acabar con su vida por algo tan común, inofensivo y poco importante como lucir unos kilos de más.
APOYO: “Me odian, y yo también me odio”
Casey Heynes no está solo. Como tampoco lo estaban Jokin, ni Erika -dos años soportando burlas sobre su aspecto-, ni Sandra -anorexia nerviosa por las burlas de sus amigas-, ni Marcos -un niño inmigrante que recibe palizas de sus compañeros desde hace un año-, ni Lucas -un chico con sobrepeso al que dejaron desnudo en el lavabo del colegio-... La lista la elaboró Nora Rodríguez, autora del libro Guerra en las aulas, para ilustrar lo habitual del maltrato entre escolares. El mismo que denunció un joven americano, Jonah Mowry, en un vídeo de Youtube que, como el de Casey, se convirtió en un fenómeno mundial. Con más de nueve millones de visitas y cientos de miles de mensajes de apoyo, el vídeo de Mowry describe la realidad de un niño que, desde segundo grado, se ha autolesionado por la situación que vivía en el colegio. “Mañana empiezo octavo grado y no estoy preparado. He sufrido acoso desde primero. La gente me odia y yo me odio también. Me llaman gay, maricón, homo... y la lista continúa”. Para muchos jóvenes internet es un refugio, pero el colegio sigue siendo un infierno.

El disturbio era él



“¿Por qué no podemos todos llevarnos bien?”. Rodney King pronunció esta sencilla pregunta en plenos disturbios en Los Ángeles, los que se produjeron después de que un jurado absolviese a los policías que le propinaron la paliza más televisada de la historia. La pregunta llegó a los corazones de muchos estadounidenses. Lo irónico es que él, Rodney King, era la misma respuesta a esa cuestión. Ha muerto a los 47 años.
El pasado 17 de junio Cynthia Kelly encontró a su novio flotando en la piscina. Tras una llamada, la ambulancia acudió con prontitud, pero era ya demasiado tarde. Rodney King había dado fin a su vida. No se conocen, aún, las circunstancias de su muerte. Pero sí se sabe que no fue con violencia. Una violencia que ha marcado toda su vida.
En los Estados Unidos, y en medio mundo, muchos recuerdan su nombre. Tenemos que remontarnos al 2 de marzo de 1991. King y dos amigos suyos, Bryant Allen y Freddie Helms, cruzaban las calles de Los Ángeles a gran velocidad. Rodney iba al volante con el doble de alcohol en sus venas del legalmente permitido, y pisaba el acelerador hasta llevar el coche a más de 80 millas por hora, una velocidad que hoy está prohibida en España en las autopistas. Ha pasado ya la media noche. Una patrulla de la Policía, alertada, comenzó a seguirle. King no le dio respiro al motor. Sabía que si le detenían conduciendo, violaría la condicional y volvería a la cárcel, a la que había ido a parar por un enésimo cargo de robo. Pero su aventura se detuvo cerca de George Holliday, un transeúnte que llevaba una cámara de vídeo encima.
Los policías obligaron a los tres a salir del coche. Allen y Helms lo hicieron pacíficamente. King, un hombre alto y muy corpulento, se negaba a salir. Finalmente lo hizo, reproduciendo todo tipo de insultos hacia los policías. Se negaba a echarse al suelo, y los agentes Lawrence Powell, Timothy Wind, Theodore Briseno y Rolando Solano le redujeron. Él se resistió, pero 56 golpes más tarde dejó de hacerlo. La cámara de Holliday, vacilante, oportuna, lo registraba todo. Y se lo mostró al mundo.
No culpables
En realidad era un episodio más, como los que se producían en las calles de muchas ciudades de los Estados Unidos. Solo que ese quedó grabado e inundó los salones de todos los hogares estadounidenses. Era la ilustración perfecta de la brutalidad policial, de la violencia de los blancos sobre los negros, tres décadas después de las políticas de derechos civiles. La izquierda, los grupos activistas negros, los medios de comunicación, muchos ciudadanos de a pie, volvieron a hablar de racismo en la Policía, racismo en las instituciones, racismo como un mal endémico de los Estados Unidos, y como una lacra que pertenece a los blancos y que se proyecta sobre el resto de minorías.
Con los ánimos caldeados, se celebró el juicio en Simi Valley, un área de mayoría blanca, y no donde en principio le correspondía, donde los blancos eran una minoría más. El jurado, todos blancos menos un hispano, exoneró de culpa a los agentes. Pero todos los habíamos visto en acción. Todos fuimos testigos de la agresión. La propia justicia, se dijo, era racista. Aquello era demasiado.
Azuzados por la crisis económica, por los resentimientos incubados durante décadas, por los medios de comunicación, por los líderes políticos, millares de personas salieron a la calle. Unos para protestar. Otros para dar lugar a uno de los disturbios más graves de la historia del país. Se lanzaron contra tres mil tiendas y negocios y los destrozaron. Dos mil de ellos pertenecían a la comunidad coreana, que llevaba apenas medio siglo asentada en la zona, pero que había triunfado económica y socialmente allí donde otros vivían una realidad de dependencia, crimen y oportunidades despreciadas. Hubo más de dos millares de heridos. Murieron 55 personas. En nombre de King.
Cuando se cumplieron dos décadas de aquellos disturbios, King había publicado una autobiografía. Sus palabras volvieron a ser oportunas. Perdonaba a los policías que se habían excedido con él. “Ahora que he crecido, he aprendido a perdonar”. Sí, con unas palabras como esas, todos podemos llevarnos bien. El problema era él. A los 25 años comenzó una carrera en el crimen que no terminó, ni mucho menos, con el escándalo generado por su detención y el juicio posterior. En 2003 fue arrestado por conducir... borracho y a gran velocidad. Seguía practicando robos y acumulaba denuncias de su novia por maltrato. Él perdonó. Pero dejó una ristra de perdones pendientes por parte de sus víctimas.
APOYO: Una indemnización millonaria
El juicio de Rodney King llegó lejos. No solo en los medios de comunicación, en los funerales, en los escaparates rotos. También ante un juez federal que condenó a dos agentes y obligó a la ciudad de Los Ángeles a pagar 3,8 millones a King como indemnización. Su última vuelta al crimen se explica porque ese dinero se le escapó de las manos como arena de la playa. King ilustra a la perfección que la riqueza no depende del dinero, sino del comportamiento.

Toma, lee y conviértete



Partiendo de la Biblia, único y suficiente volumen literario para alcanzar y conocer la fe cristiana, presentamos otros nueve libros para convertirse al catolicismo o para convertir a nuestros seres queridos.
  • En Cartas del diablo a su sobrino, obra cumbre del converso C. S. Lewis, encontramos un punto de partida perfecto para quien no tiene la menor intención de convertirse, pero siente la curiosidad de conocerse. ¿Por qué obramos mal? ¿Por qué huimos de las cosas que el Espíritu Santo pone en nuestro corazón? ¿Por qué aprendemos a correr en la dirección contraria a la verdad, apoyándonos no tanto en grandes razonamientos filosóficos, sino en lo más estúpido que nos rodea?
    Esa es la clase de respuestas que ofrece Lewis en esta novela, compuesta de cerca de una treintena de cartas escritas por un diablo viejo y malvado llamado Escrutopo, a su sobrino Orugario, un demonio inexperto y, a veces, inocente. Agrada especialmente el tono satírico de toda la obra, con el que Lewis logra tratar las grandes cuestiones de la apologética cristiana de forma amena y divertida.
    Concluye el anciano diabloBuen ejemplo de la tónica de esta obra se muestra en su primer capítulo, en el que el diablo anciano enseña al joven a tentar a su “paciente” -su víctima- de forma más sutil y eficaz, alejándole de los grandes razonamientos anticristianos y llevándole al terreno de lo más inmediato y tangible. “El mero hecho de razonar despeja la mente del paciente”, escribe Escrutopo en la primera carta, “y, una vez despierta su razón, ¿quién puede prever el resultado?”. “No intentes utilizar la ciencia como defensa contra el cristianismo”, añade, “porque, con toda seguridad, le incitarán a pensar en realidades que no puede tocar ni ver”. “Acuérdate de que estás ahí para embarullarle”, concluye el diablo anciano, “por cómo habláis algunos demonios jóvenes, cualquiera creería que nuestro trabajo consiste en enseñar”.
    Al sacerdote y escritor José Pedro Manglano se le conoce especialmente por la colección de pequeños libros prácticos de espiritualidad -los manglanitos- que acompañan al lector que desea hacer oración mental en diferentes momentos del año. También ha editado con éxito La misa antes, durante y después, con el que cientos de jóvenes han aprendido a ver “la misa en tres dimensiones” de una forma práctica y cercana.
    Precisamente en ese estilo que llega con facilidad al corazón del lector, Manglano escribió Vivir con sentido, un libro que plantea con asombrosa naturalidad la gran cuestión del sentido de la vida. Es una obra de largo recorrido, especialmente recomendada para adolescentes, porque comprende las dudas del corazón del lector en sus primeras páginas, y posteriormente lo lleva en volandas en busca del sentido de la existencia humana. Por suerte, no es uno de tantos manuales que adoctrinan al lector sobre lo que debe pensar, sino que acompaña al lector en su propio diálogo interior, que casi sin quererlo, hacia el ocaso del libro, se convertirá en un diálogo con Dios.
    La salvaje lejanía de DiosSi hemos de buscar conversiones que hayan cambiado el curso de la Iglesia -en una mirada hacia los clásicos de la literatura católica-, y que hayan llevado a miles de almas hacia Dios, resulta obligado detenerse en san Agustín. Probablemente ningún santo haya logrado relatar con tanta precisión y fuerza el proceso de conversión de su propia alma, como san Agustín en las Confesiones.
    El gran doctor de la Iglesia escribió entre los años 397 y 398 los trece libros autobiográficos que completan esta obra, que transita desde su niñez y juventud, alejada de Dios, hasta su conversión y sus primeras experiencias en la fe. Una autobiografía atípica, escrita a los 45 años, aunque el santo vivió hasta los 76, que encierra en cambio el valor de la sinceridad, de la transparencia y el descaro de la juventud de un alma que vuelve a Dios -tras los años de oración de su madre, santa Mónica- después de haber conocido la más salvaje y pecadora lejanía de Dios.
    Para un católico de nuestro tiempo, resulta imprescindible la lectura de gran parte de las obras de G. K. Chesterton. Más aún, para quien quiera enfrentarse a las grandes cuestiones de la existencia, o conocer a fondo las razones del catolicismo, de una forma sencilla, plagada de humor inteligente, Chesterton es una fuente inagotable de satisfacciones, y de razones para viajar hacia Dios.
    De toda su bibliografía destacamos el gran compendio de artículos que explican su viaje hacia el catolicismo, el libro Por qué soy católico. “La dificultad de explicar por qué soy católico”, escribiría el autor inglés, “radica en el hecho de que existen diez mil razones para ello, aunque todas acaban resumiéndose en una sola: que la religión católica es verdadera”. En sus páginas relata su conversión, sus dudas y experiencias, y su llegada a la Iglesia Católica el 30 de julio de 1922. “Hace ya mucho que la Iglesia Católica probó no ser ella una invención de su tiempo”, escribe Chesterton, “es la obra de su Creador, y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día”.
    En la Pascua de 1986, el teólogo y ministro de la Iglesia Presbiteriana Scott Hahn se convirtió al catolicismo, tras un largo proceso personal, pero también intelectual, doctrinal y teológico. No es la de Hahn una conversión al uso, un encuentro frente a frente con Dios, sino un camino excepcional que se inicia cuando tanto él como su esposa Kimberly concluyen que los métodos contraceptivos que utilizaban desde hace años son contrarios a la ley de Dios, como señala el catolicismo.
    Todo el proceso -también la conversión de su esposa, que se produce años después- queda reflejado en su libro Roma, dulce hogar, que muestra a un matrimonio inteligente, tozudamente comprometido con la búsqueda de la verdad, y abierto -cada vez más, en la medida en que alcanzan el catolicismo- al bien de la sociedad.
    Una de las armas que juegan a favor de la conversión de Scott y Kimberly Hahn es su profundo conocimiento y amor a la Sagrada Escritura. Al fin, marido y mujer relatan en Roma, dulce hogar su travesía hacia Dios de una forma salvajemente sincera, muy americana, y plagada de golpes de buen humor.
    Del clero anglicano a la fe católica pasó Ronald Knox, bajo la directa influencia de Chesterton. Después dedicó varios años de su vida a explicar la fe católica, como capellán católico en la Universidad de Oxford. De esta experiencia surge una de sus obras más importantes, El torrente oculto, en la que responde a los grandes interrogantes de la fe y la religión, con un estilo ameno salpicado de exquisito humor británico.
    Dejarse seducirEn el terreno filosófico son muchos los autores que podríamos incluir, empezando por el más grande de todos los contemporáneos, el propio Benedicto XVI. Sin embargo, en este decálogo de oportunidades espirituales, hemos optado por detenernos en la obra filosófica del escritor José Ramón Ayllón. De él bastaría con recomendar su primer libro, En torno al hombre, un célebre ensayo que predispone al lector a pensar, a enfrentarse a la verdad. Puede que no enseñe a nadie el camino que ha de recorrer hacia Dios, pero le plantea las dudas a las que debe agarrarse para avanzar en ese conocimiento.
    Sería En torno al hombre el libro elegido de Ayllón para la ocasión si no hubiera escrito recientemente uno mucho más breve y sencillo, y también más apropiado para esta selección: Diez ateos cambian de autobús. “Cuando en Madrid y Barcelona aparecieron autobuses anunciando que probablemente Dios no existe”, recuerda el autor, “se me ocurrió mostrar la trayectoria contraria de diez famosos, que pasaron del ateísmo al cristianismo”. Y así, reunió en relatos muy breves las conversiones de Dostoyevski, C. S. Lewis, André Frossard, Edith Stein, Vittorio Messori y Francis Collins, entre otros.
    En lo que a espiritualidad y cercanía de Dios se refiere, el monje cisterciense, historiador y escritor Agustín Altisent resulta un asidero esencial para quienes caminan buscando a Dios en medio del ruido de la vida moderna. Fallecido en 2004, firmó durante años artículos de pensamiento y espiritualidad en el diario La Vanguardia. Una mirada del mundo a través de los ojos de Dios, que ha quedado reflejada en la obra Reflexiones de un monje, que se presenta como “ciento treinta y tres reflexiones que suponen una invitación a dejarse seducir cada día por el milagro de la existencia”.
    En la conclusión de este decálogo -que podría extenderse-, resulta imprescindible mencionar los libros escritor André Frossard, hijo de quien fue secretario general del Partido Comunista francés. Y en particular Dios existe, yo me lo encontré, que recoge el momento de su conversión inesperada y fortuita. “Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo”, escribe Frossard, “salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra”. “Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda”, añade, “y aún más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar, volví a salir, algunos minutos más tarde, católico, apostólico, romano, llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable”.
  • Un viaje de ida y vuelta

    Colton Burpo tiene hoy 13 años, pero con apenas cuatro cuando vivió una singular experiencia: ascendió al Cielo. Su caso no es único; son muchos quienes aseguran haber pasado por una experiencia extracorpórea tras cruzar el umbral de la muerte.
  • De pronto, se siente una sensación de ingravidez, al tiempo que el dolor cesa. Nos parece estar flotando. Podemos contemplar el propio cuerpo, normalmente desde una posición más elevada. Algunas personas se afanan en devolvernos a la vida con frenesí, mientras observamos sus esfuerzos con indiferencia.
    No sabemos muy bien cómo, pero nos persigue un ligero y continuado zumbido, a la vez que nos movemos en dirección desconocida. Carecemos de forma precisa y de sujeción material. Perdemos de vista lo que sucede en el plano de la existencia terrenal y es entonces cuando caemos en la cuenta de que estamos muertos.
    Ante nosotros, la entrada de un túnel oscuro que, sin embargo, no nos resulta amenazante. Nos aprestamos a cruzar ese túnel, para lo que a veces nos acompaña lo que identificamos como alguien que durante nuestra vida fue muy querido, con quien se establece una comunicación sin palabras. Junto a él, o separadamente, se nos presenta un ser de luz, quien nos acoge con un enorme amor. Pese a ello, le hacemos ver la conveniencia de regresar, por razones de índole altruista. Súbitamente, y como si nuestro razonamiento le hubiese convencido, somos devueltos a la situación de partida: una mesa de operaciones, el amasijo de los hierros de un automóvil, un campo de batalla. Volvemos a sentir dolor y nos damos cuenta de que todo sigue donde estaba.
    En resumen, esta podría ser un relato estándar de lo que conocemos como una ECM (experiencia cercana a la muerte, NDE, Near Death Experience, en inglés). Muchas de ellas terminan en un estadio anterior, sin llegar a cumplir todo el recorrido descrito, y unas pocas llegan incluso más allá.
    Oscuridad y frío
    Entre estas, la mayoría narra cómo, de la mano de ese ser de luz, repasamos nuestra vida y la evaluamos. Algunos cruzan el túnel y alcanzan un lugar de indescriptible belleza en el que reina la paz y que no se desea abandonar en absoluto. Allí todo resulta explicable.
    Para un pequeño porcentaje de quienes lo han vivido (entre un 3 y un 5%), la experiencia resulta desagradable, y tienen el recuerdo de haber visitado un lugar lúgubre del que querían escapar y que se les revelaba esencialmente hostil, donde reinaban la oscuridad y el frío. En algunos casos, como el de la colombiana Gloria Polo, ese lugar se identifica abiertamente con una antesala del infierno, de la que pudo escapar tras rezar fervorosamente las oraciones que había aprendido en su infancia y manifestar su fe católica.
    Las experiencias cercanas a la muerte (ECM) no son algo novedoso, aunque solo en las últimas décadas se han estudiado. Fue en 1975 cuando el doctor Raymond Moody publicó el célebre best seller Vida después de la vida, en el que se recogían las experiencias vividas por un significativo número de personas. El libro fue acogido con escepticismo en los medios profesionales, pero su impacto en las ventas terminó generando un notable debate entre los propios científicos.
    Uno de los aspectos más llamativos que incluía el libro de Moody es que las ECM no varían sustancialmente de acuerdo con la edad, el sexo o la cultura de la persona que la experimenta. Aunque en algunos casos la narración de los detalles sí lo hace, la naturaleza de los acontecimientos, no. Así, por ejemplo, ha habido ateos que han vivido estos sucesos, por lo que difícilmente puede interpretarse el fenómeno como producto de un condicionamiento cultural o como la proyección de un deseo o de una esperanza personal. Los estudios llevados a cabo con posterioridad han ratificado lo publicado en su día por Moody.
    Si bien muchos científicos han reconocido que ellos mismos habían sabido de pacientes que manifestaban haber vivido tales experiencias -e incluso un pequeño porcentaje de los propios médicos afirmaba haber pasado personalmente por ellas-, el pensamiento hegemónico había impuesto un prudente silencio al respecto.
    De hecho, tras la publicación del libro de Raymond Moody, no fueron pocos los científicos que se lanzaron a dar las más variopintas explicaciones a fin de negar la plausibilidad del fenómeno. Casi todos partían de la misma base: aun desconociendo la naturaleza de la experiencia, se afanaban en racionalizarla partiendo del incuestionable supuesto de que aquello que narraban tenía que ser necesariamente falso.
    Sedación terminalDenis Cobell, destacado miembro de la Sociedad Secular Británica -institución que promueve el ateísmo-, explica las ECM como el resultado de que “muchos de nosotros quisieran creer que la vida no se detiene y, si se ha perdido a un ser querido, quizás sea atrayente la idea de que le volveremos a ver”. Se trataría de casos de simple sugestión pero, aunque la explicación hoy resulta algo pobre, no deja de haber quien la suscribe: una especie de imaginería psicológica construiría el andamiaje sobre el que se reprime el trauma de la agónica despedida hacia la nada.
    Otro célebre ateo, Carl Sagan, se atrevió a asegurar que la figura del túnel -imagen que ha terminado haciéndose muy popular- era, en realidad, una especie de truco de la mente mediante el cual esta recordaba su llegada al mundo a través del canal del parto; tal y como habíamos llegado, así nos íbamos. Sagan nunca explicó la relación entre una cosa y la otra, y tampoco cómo podía la mente revivir algo que le resultaba imposible de recordar; eso, sin contar con que una buena parte de quienes afirmaban haber pasado por una ECM había venido al mundo a través de… una cesárea.
    Esa carga ideológica está presente en muchos de quienes han tratado este tema desde la objeción -lo que no significa que sus trabajos no puedan tener un carácter plausiblemente científico-. Así, la psicóloga Susan Blackmore insiste en considerar que todo se debe a una alucinación y que lo que sucede puede explicarse a partir de la segregación de sustancias por el cerebro o de la anoxia (falta de oxígeno en el cerebro), en lo que ha bautizado como la “hipótesis del cerebro agonizante”.
    Blackmore ha usado psicotrópicos con el objetivo de experimentar la sensación ‘fuera del cuerpo’; pero quienes han pasado por ambas situaciones (alucinaciones por drogas y ECM) aseguran que no hay semejanza entre ellas. Además, cuando cesa la ECM, no se tiene la convicción de que haya sido una ensoñación o el producto de un estado alterado de conciencia, sino que se recuerda como una realidad extraordinariamente vívida.
    Uno de los máximos estudiosos de estas experiencias, el doctor Melvin Morse, remarca cómo las actuaciones de la ciencia actual han dado como resultado que la prescripción de fármacos para aquellos pacientes a las puertas de la muerte ha producido un descenso en la frecuencia de las ECM, pues “alrededor del 90% de los pacientes que mueren en los hospitales son fuertemente sedados”, de modo que “cuando un paciente tiene visiones, los médicos generalmente las reprimimos con medicamentos”. Según Morse -de larga experiencia con ECM infantiles-, los medicamentos, lejos de estimular las visiones en el lecho de muerte, embotan el cerebro del paciente, impidiéndolas.
    Sin embargo, no son pocos los científicos que se han acercado al fenómeno con una mayor amplitud de miras. Así -desde un punto de vista adverso al carácter sobrenatural de estas experiencias, pero abierto a otras explicaciones-, el físico Roger Penrose. Partiendo del razonamiento de que no es posible actividad mental alguna sin cerebro, ha tratado el tema de las ECM en el estricto campo de la actividad cerebral, aunque sin negar la posibilidad de que pueda “estar equivocado en mis prejuicios”. Para Penrose, la bioquímica y la neurología serían suficientes para explicar estos fenómenos.
    Regreso a los valoresEn el otro extremo, estaría el doctor Van Lommel, quien afirma que la conciencia no desaparece con la actividad cerebral. Cardiólogo de profesión, hoy se dedica por entero a las ECM, llegando incluso a abandonar la práctica de su especialidad. En 1988 publicó su primer estudio al respecto, y unos años después -en 2001- la prestigiosa revista The Lancet publicó un artículo en el que Van Lommel justificaba a través de un inatacable protocolo -desde el punto de vista científico- la veracidad de las experiencias relatadas por aquellos que aseguran haber sufrido una ECM. De este modo, las ECM recibían una especie de bendición por parte de la ciencia oficial.
    Van Lommel afirma que nuestro cuerpo es, en esencia, el recipiente en el que se desarrolla una conciencia y que, una vez muerto aquel, esta sobrevive. Junto a la conciencia, se conserva la memoria. Las personas que habían estado muertas y recordaban haber pasado por una ECM, no habían perdido su conciencia, pese a que algunas de ellas habían permanecido en ese estado por mucho más tiempo de lo que la ciencia médica admite como posible antes de que el deterioro del cerebro se vuelva irreversible. Van Lommel explica que solo un 18 % de quienes llegaron a estar clínicamente muertos y regresaron pasaron por una situación de este tipo. De acuerdo con su tesis, esta estadística invalidaría la explicación material de las ECM, pues si estas no fuesen más que un mecanismo puramente fisiológico, deberían producirse en todos los casos. Lo que no sucede.
    Como quiera que se interpreten, lo cierto es que las personas que dicen haber pasado por una experiencia de ese tipo sufren una aguda transformación. Lógicamente, la persona pierde el miedo a la muerte de forma completa. Se relativiza la pérdida de los seres queridos, doliéndose por su ausencia, pero no por lo que les haya podido suceder. En general, se produce un regreso a los valores que les fueron enseñados en la infancia.
    Aseguran disfrutar de una paz y un equilibrio de los que antes carecían, y han aprendido a valorar lo importante en la vida -la familia y la amistad, las relaciones humanas-, por encima del éxito o del reconocimiento profesional o social.
    Fuera dudas¿Es posible encontrar alguna prueba irrefutable que certifique la realidad de las ECM más allá de toda duda? A esta pregunta no se puede contestar de modo rotundo, pero sí que tenemos ciertos indicios.
    En Sevilla, el doctor Vila, del hospital de la Macarena, ha recogido el testimonio de un invidente que lo era desde los 15 años y que durante una ECM fue no solo capaz de describir la situación que se vivió en la sala de operaciones mientras los médicos trataban de reanimarle, sino de hacer una detallada descripción de los colores que vestían los presentes (algo que, por obvias razones, a él le llamó particularmente la atención).
    No faltan casos en los que el sujeto tiene un encuentro con un pariente muerto cuyo fallecimiento desconocía, o bien con algún hermano o padre cuya existencia ignoraba. Así sucedió en el caso del doctor William Barret, el verdadero pionero de estos estudios, que publicó el primer trabajo de este tipo en 1926. También se ha informado de algunos casos en los que los pacientes han sido capaces de relatar lo que habían visto en otras habitaciones mientras se elevaban al salir del cuerpo. Pero incluso la experiencia más común, la capacidad de relatar sucesos acaecidos mientras el sujeto se encuentra en estado de muerte cerebral, es en sí misma sorprendente.
    Actualmente está en marcha el proyecto AWARE, dirigido por el doctor Sam Parnia, del hospital de Southampton, quien ya llevó a cabo una empresa semejante, aunque más modesta, en 2001. Lo que Parnia se propone ahora es, precisamente, demostrar de una vez por todas si las ECM son o no objetivables; para ello ha dispuesto una serie de mecanismos que deben despejar toda duda al respecto. El estudio, de notables dimensiones, está previsto que se publique durante este año 2012.


  • No Volvere Jose Manuel Ramos



    No Volvere
    
    Cuando lejos me encuentre de ti
    cuando quieras que yo este contigo
    no hayaras un recuerdo de mi
    ni tendras mas amores conmigo.
    
    Y te juro que no volvere
    aunque me haga pedazos la vida
    si una ves con locura te ame
    ya de mi alma estaras despedida.
    
    No... volvere
    te lo juro por Dios que me mira.
    Te lo digo llorando de rabia,
    no volvere.
    
    No... parare
    hasta ver que mi llanto a formado
    un arrollo de olvido anegado
    donde yo tu recuerdo ahogare.
    
    Fuimos nubes que el viento aparto,
    fuimos piedras que siempre chocamos,
    gotas de agua que el sol reseco,
    borracheras que no terminamos.
    
    En el tren de la auscencia me voy,
    mi boleto no tiene regreso
    lo que tengas de mi te lo doy
    pero yo te devuelvo tus besos.
    
    No... volvere
    te lo juro por Dios que me mira
    te lo digo llorando de rabia
    no volvere.
    
    No... parare
    hasta ver que mi llanto a formado
    un arrollo de olvido anegado
    donde yo tu recuerdo.... ahogare.