viernes, 18 de mayo de 2012

Arabic Flamenco-Moliendo Cafe-Omar Bashir

Reggaeton rumba arabe remix

Salsa samba arabe - Concierto Son - Habibi - Mas que nada - حبيبي

Salsa arabe - Hanine - Rahou - حنين

Salsa arabe - Hanine y Son Cubano - Cuando - Emta Ha Taaraf - حنين

Pavarotti & Barry White - My first, my last, my everything

Freddie Mercury and Monserrat Caballe - How Can I Go On Live

Queen + Luciano Pavarotti - Too Much Love Will Kill You

Mercedes Sosa-Todo Cambia



Cambia lo superficial
cambia también lo profundo
cambia el modo de pensar
cambia todo en este mundo

Cambia el clima con los años
cambia el pastor su rebaño
y así como todo cambia
que yo cambie no es extraño

Cambia el mas fino brillante
de mano en mano su brillo
cambia el nido el pajarillo
cambia el sentir un amante

Cambia el rumbo el caminante
aunque esto le cause daño
y así como todo cambia
que yo cambie no extraño

Cambia todo cambia
Cambia todo cambia
Cambia todo cambia
Cambia todo cambia

Cambia el sol en su carrera
cuando la noche subsiste
cambia la planta y se viste
de verde en la primavera

Cambia el pelaje la fiera
Cambia el cabello el anciano
y así como todo cambia
que yo cambie no es extraño

Pero no cambia mi amor
por mas lejos que me encuentre
ni el recuerdo ni el dolor
de mi pueblo y de mi gente

Lo que cambió ayer
tendrá que cambiar mañana
así como cambio yo
en esta tierra lejana

Cambia todo cambia
Cambia todo cambia
Cambia todo cambia
Cambia todo cambia

Pero no cambia mi amor...

Alfonsina y el mar. Mercedes Sosa

musica de guitarra relajante, relajacion, recuerdos de la alhambra, rela...

jueves, 17 de mayo de 2012

Islam - Imperio de fe - Cap. 2 El despertar - parte 1/6

Arte Islámico

Carminho-alma 2012 - As Pedras da Minha Rua




La Espera...
Nos pasamos la vida esperando que pase algo y lo único que pasa es la vida.!
Jamás entendemos el valor de los momentos,
hasta que se convirtieron en recuerdos.!!
Por eso haz lo que quieras hacer,
antes de que se convierta en lo que te "gustaría" haber hecho.!
No hagas de tu vida un borrador,
porque posiblemente no tengas tiempo de pasarlo en limpio...!!

martes, 15 de mayo de 2012

No Busques Fuera Lo Que Llevas Dentro de Ti Mismo

Mami de mis amores - Gaby, Fofó y Miliki

El Payaso que llevamos dentro



Existen actitudes y acciones que fomentan nuestro crecimiento interior.
La actitud y la acción adecuadas surgen de la conciencia, y no se sirven de pensamientos ni de creencias. Pero hasta que alcancemos esa conciencia en nuestro trabajo espiritual, podemos ir trabajando con actos buenos que nos puedan ayudar en nuestro crecimiento interior.
CONSEJOS PARA UNA BUENA VIDA:
1. Ten en cuenta que los grandes amores y logros entrañan un gran riesgo.
2. Si pierdes, no pierdas la lección.
3. Aplica las tres erres: + Respétate a ti mismo, + Respeta a los demás, y + Responsabilízate de tus acciones.
4. Recuerda que, a veces, no conseguir lo que quieres es un maravilloso golpe de suerte.
5. Aprende las reglas para que sepas incumplirlas cuando conviene.
6. No permitas que una pequeña discusión empañe una gran relación.
7. Cuando te des cuenta de que has cometido un error, toma inmediatamente las medidas necesarias para corregirlo.
8. Pasa algún tiempo solo todos los días.
9. Abre tus brazos al cambio, pero no abandones tus valores.
10. Recuerda que, a veces, el silencio es la mejor respuesta. * Vive una buena vida honrada. Después, cuando seas mayor y mires hacia atrás, serás capaz de disfrutarla de nuevo.
12. Un entorno de amor en tu hogar es la base de tu vida.
13. Cuando no estés de acuerdo con tus seres queridos, preocúpate únicamente por la situación actual. No hagas referencias a anteriores disputas.
14. Comparte tus conocimientos. Es la forma de lograr la inmortalidad.
15. Sé bueno con la Madre Tierra.
16. Una vez al año, acude a un lugar al que nunca hayas ido antes.
17. Recuerda que la mejor relación es aquella en la que el amor mutuo es mayor que la necesidad mutua.
* Juzga tu éxito en función de aquello a lo que has renunciado para conseguirlo.
19. Ama y cocina con absoluto derroche.

El Silencio Del Alma

LA MEDICINA EN EL ANTIGUO EGIPTO

Egipto......en busca de la Inmortalidad

LA VIDA COTIDIANA EN EL ANTIGUO EGIPTO.mp4

Egipto: Crucero por el Nilo

Museo Egipcio de El Cairo

lunes, 14 de mayo de 2012

La recompensa del desierto

El desierto de Sry Darya ha sido conocido con el nombre de Samavstrecha, que quiere decir: El desierto donde uno se encuentra a sí mismo.
El desierto de Sry Darya ha sido conocido con el nombre de Samavstrecha, que quiere decir: El desierto donde uno se encuentra a sí mismo.

Hace mucho tiempo había un joven comerciante llamado Kirzai, cuyos negocios lo obligaron a viajar un día al pueblo de Tchigan, situado a doscientos kilómetros de distancia. Por lo común, el habría tomado la ruta que seguía el borde de las montañas, lo que le habría permitido hacer la mayor parte del viaje protegido del sol.

Pero en esta ocasión, Kirzai sufría la presión del tiempo. Era urgente que llegara a Tchigan lo mas pronto posible, de modo que decidió tomar el camino directo a través del desierto de Sry Darya. El desierto de Sry Darya es conocido por la intensidad de su sol y muy pocos se atreven a correr el riesgo de cruzarlo. No obstante, Kirzai dio de beber a su camello, lleno sus alforjas y emprendió el viaje.

Varias horas después de partir empezó a levantarse el viento del desierto. Kirzai refunfuñó para sus adentros y apuró el paso del camello. De repente se detuvo, estupefacto. A unos cien metros delante de él se levantó un gigantesco remolino de viento. Kirzai nunca había visto nada semejante. El remolino arrojaba todo en derredor de una extraña luz purpúrea y hasta el color de la arena había cambiado. Kirzai titubeó. ¿Debía hacer un largo rodeo a fin de evitar esa extraña aparición o debía seguir siempre derecho? Kirzai tenía mucha prisa, sentía que no disponía de tiempo para tomar el camino más lento, de modo que agachó la cabeza, encorvó los hombros y avanzó.

Para su sorpresa, en el momento en que penetró en la tormenta todo se volvió mucho más calmo. El viento no azotaba ya con tanta fuerza contra su cara. Se sintió contento de haber tomado la decisión correcta. Pero de pronto se vio obligado a detenerse otra vez. Un poco más adelante, un hombre yacía estirado sobre el suelo junto a su camello acuclillado. Kirzai desmontó de inmediato para ver que pasaba. La cabeza del hombre estaba envuelta en una chalina, pero Kirzai vio que era viejo. El hombre abrió los ojos, miró con atención a Kirzai durante un instante y después habló con un susurro ronco.

-¿Eres .... tú? Kirzai rió y sacudió la cabeza. -¿Qué? ¡No me digas que sabes quién soy! ¿Mi fama se ha extendido hasta el desierto de Sry Darya? Pero tu anciano, ¿quién eres? El hombre no dijo nada. -De todos modos -continuó Kirzai- , Tú no estás bien. ¿Adónde vas? -A Givah -suspiró el viejo-, pero no tengo más agua.

Kirzai reflexionó. Sin duda podía compartir un poco de su agua con el anciano, pero si lo hacía se arriesgaba a quedarse sin agua él mismo. Sin embargo, no podía dejarlo así. No se puede dejar morir a un hombre sin echar una mirada atrás. "Al diablo con mis planes -pensó Kirzai- , sólo necesito encontrar mi camino hasta el sendero que corre a lo largo de las montañas, en caso de necesitar más agua. ¡Una vida humana vale mucho más que un compromiso de negocios!" Ayudó al viejo a tomar un poco de agua, llenó una de sus cantimploras y después lo ayudó a montar su camello.

-Sigue derecho por ese camino -le recomendó mientras apuntaba con el dedo- y en dos horas estarás en Givah. El anciano hizo una señal de agradecimiento con las manos y antes de irse miró un largo rato a Kirzai y pronunció estas extrañas palabras: -Algún día el desierto te recompensará. Entonces acicateó a su camello en la dirección que Kirzai le había indicado. Kirzai continuó su viaje. La oportunidad que lo esperaba en Tchigan sin duda estaba perdida, pero se sentía en paz consigo mismo.

Pasó el tiempo. Treinta años después, los negocios llevan a viajar a Kirzai de continuo de una parte a otra entre Givah y Tchigan. No se había hecho rico, pero lo que ganaba era suficiente para proporcionar una buena vida a su familia. Kirzai no pedía más que eso.

Un día, mientras vendía cueros en la plaza del mercado de Tchigan, se enteró de que su hijo estaba enfermo de gravedad. Era urgente que fuera a verlo de inmediato. Kirzai no vaciló. Recordó el atajo a través del desierto que había tomado treinta años atrás. Dio agua a su camello, llenó sus cantimploras y partió.

A lo largo del camino libró una batalla contra el tiempo, azuzando sin cesar a su camello. No se detuvo ni disminuyo la marcha mientras bebía agua, y por esas razón ocurrió el accidente. La cantimplora se le cayó de pronto de las manos y antes que pudiera bajarse para recuperarla, el agua desapareció en la arena. Kirzai profirió una maldición. Con una sola cantimplora llena era imposible cruzar el desierto. Pero al pensar en su hijo, el viejo se obligó a seguir adelante.

-¡Tengo que hacerlo! ¡Lo haré!

El sol del desierto de Sry Darya es despiadado. Le importa poco por qué o para qué fines un hombre trata de desafiar sus rayos, arde inexorablemente siempre con la misma fuerza e intensidad. Kirzai pronto comprendió que había cometido un gran error. Se le resecó la lengua y la piel le quemaba. La única cantimplora restante ya estaba vacía. Y ahora, para su desazón, vio que empezaba una tormenta de arena. Kirzai se envolvió la cabeza con su chalina, cerró los ojos y dejó que el camello lo llevara adelante a donde fuera. Ya no era consciente de nada. Un gigantesco remolino de viento se levantó frente a él. Despedía una suave luz purpúrea, pero Kirzai seguía inconsciente y no vio nada. Su camello entró en el remolino de viento, avanzó unos pocos pasos y entonces, en forma abrupta, se sentó. Kirzai cayo al suelo. "Estoy terminado -pensó- ¡Mi hijo nunca volverá a verme!"

De repente, sin embargo, dio un grito de alegría. Un hombre montado en un camello avanzaba hacia él. Pero cuanto más se acercaba el hombre, tanto más la alegría de Kirzai se convertía en estupefacción. Este hombre que ahora desmontaba de su camello .... ¡Kirzai lo conocía! Reconoció su propio rostro juvenil, sus ropas .... ¡y hasta el camello que montaba! Un camello que el mismo había comprado por dos valiosos jarrones muchos años antes.

Kirzai estaba seguro: ¡ el joven que venía a ayudarlo era él mismo ! ¡ Era el mismo Kirzai tal como era treinta años antes !

-¿Eres .... tú? -balbuceó Kirzai con un susurro ronco. El joven lo miró y rió. -¿Qué? ¡No me digas que sabes quién soy! ¿Mi fama se ha extendido hasta el desierto de Sry Darya? Pero tú, anciano, ¿quién eres? Kirzai no contestó. No sabía qué hacer. ¿Debía decirle al joven quién era, o no decir nada? Mientras tanto el joven continuó: -De todos modos, tú no estás bien. ¿Adónde vas?

-A Givah -respondió Kirzai-. Pero no tengo más agua.

Kirzai vio que el joven reflexionaba en silencio acerca de la situación y supo con exactitud lo que pasaba por su mente: ¿debía ayudar a Kirzai o continuar para atender sus propios asuntos? Pero Kirzai también supo cuál sería la decisión y sonrió al observar que el joven le ofrecía un trago de agua. Después, el joven le llenó la cantimplora vacía, lo ayudó a montar su camello y apuntó con un dedo.

-Sigue derecho por ese camino y en dos horas estarás en Givah.

El viejo Kirzai miró un largo rato al joven que alguna vez había sido él mismo y le hizo una señal de agradecimiento. Hubiera deseado hablar con él de muchas cosas, pero solo logró encontrar estas palabras: -Algún día el desierto te recompensará. Y entonces partió de prisa hacia Givah, donde lo esperaba su hijo. Kirzai llegó a ser un hombre sabio, respetado por todos. Y cuando contaba este extraño cuento, todos los que lo escuchaban le creían. Desde aquellos tiempos, el desierto de Sry Darya ha sido conocido con el nombre de Samavstrecha, que quiere decir: El desierto donde uno se encuentra a sí mismo.

El cuento de las arenas

Solamente nos llevaremos a nosotros mismos. Pero ¿cómo llegamos a conocer nuestra esencia, lo que realmente somos, que será lo que cruce las arenas
Solamente nos llevaremos a nosotros mismos. Pero ¿cómo llegamos a conocer nuestra esencia, lo que realmente somos, que será lo que cruce las arenas

“La mitad de lo que digo no sirve para nada,
pero lo digo para que la otra mitad pueda llegar a ti”

Cita sufí


La tradición sufí es una de las corrientes místicas que más se pueden aplicar a nuestra vida de hoy en día sin menoscabo de su autenticidad. Prueba de ello son esas pequeñas obras maestras de sabiduría que son los cuentos donde se transmite una enseñanza profunda y comprensible en muchos niveles.

En “El cuento de las arenas” que os presento hoy podemos encontrar uno de esos aspectos de nuestro crecimiento espiritual que muchas veces nos producen más temor, como es la pérdida de la identidad…

Es difícil aceptar que lo que llamamos nuestra personalidad no somos nosotros realmente: es sólo una máscara que nos ponemos cada día y que nos impide conocernos realmente, formada por múltiples capas creadas día a día y año tras año. Cuando partamos, no nos llevaremos nada de todo eso…

Solamente nos llevaremos a nosotros mismos. Pero ¿cómo llegamos a conocer nuestra esencia, lo que realmente somos, que será lo que cruce las arenas?

Para empezar, rompiendo los apegos, que son como anclas que nos atan a lo que creemos ser. Mediante la ruptura de viejos patrones, de viejas estructuras, podemos profundizar en lo que hay detrás y perder el miedo. Porque nuestra esencia pervivirá.

Os dejo con el precioso cuento sufí, y un deseo: ojalá en este nuevo año logremos “desaprender” algún concepto de esos que creemos que son parte de nosotros, como el emborracharnos cada vez que salimos de fiesta, o el leer siempre libros del mismo tipo, por ejemplo.

Entre hacer y no hacer, elijamos hacer siempre que podamos. Cuando algo en nuestro interior nos dice que debemos realizar alguna acción, no suele equivocarse, por cuanto aunque las consecuencias no sean las esperadas por nosotros, la enseñanza suele salir más tarde por los canales más insospechados.

EL CUENTO DE LAS ARENAS

Un río, desde sus orígenes en lejanas montañas, después de pasar a través de toda clase y trazado de campiñas, al fin alcanzó las arenas del desierto. Del mismo modo que había sorteado todos los otros obstáculos, el río trató de atravesar este último, pero se dio cuenta de que sus aguas desaparecían en las arenas tan pronto llegaba a éstas.

Estaba convencido, no obstante, de que su destino era cruzar este desierto y sin embargo, no había manera. Entonces una recóndita voz, que venía desde el desierto mismo le susurró:

“El Viento cruza el desierto y así puede hacerlo el río”

El río objetó que se estaba estrellando contra las arenas y solamente conseguía ser absorbido, que el viento podía volar y ésa era la razón por la cual podía cruzar el desierto.

“Arrojándote con violencia como lo vienes haciendo no lograrás cruzarlo. Desaparecerás o te convertirás en un pantano. Debes permitir que el viento te lleve hacia tu destino”

¿Pero cómo esto podrá suceder?

“Consintiendo en ser absorbido por el viento”.

Esta idea no era aceptable para el río. Después de todo él nunca había sido absorbido antes. No quería perder su individualidad. “¿Y, una vez perdida ésta, cómo puede uno saber si podrá recuperarla alguna vez?”

“El viento”, dijeron las arenas, “cumple esa función. Eleva el agua, la transporta sobre el desierto y luego la deja caer. Cayendo como lluvia, el agua nuevamente se vuelve río”

¿Cómo puedo saber que esto es verdad?

“Así es, y si tú no lo crees, no te volverás más que un pantano y aún eso tomaría muchos, pero muchos años; y un pantano, ciertamente no es la misma cosa que un río.”

¿Pero no puedo seguir siendo el mismo río que ahora soy?

“Tú no puedes en ningún caso permanecer así”, continuó la voz. “Tu parte esencial es transportada y forma un río nuevamente. Eres llamado así, aún hoy, porque no sabes qué parte tuya es la esencial.”

Cuando oyó esto, ciertos ecos comenzaron a resonar en los pensamientos del río. Vagamente, recordó un estado en el cual él, o una parte de él ¿cuál sería?, había sido transportado en los brazos del viento. También recordó –¿o le pareció?– que eso era lo que realmente debía hacer, aún cuando no fuera lo más obvio. Y el río elevó sus vapores en los acogedores brazos del viento, que gentil y fácilmente lo llevó hacia arriba y a lo lejos, dejándolo caer suavemente tan pronto hubieron alcanzado la cima de una montaña, muchas pero muchas millas más lejos. Y porque había tenido sus dudas, el río pudo recordar y registrar más firmemente en su mente, los detalles de la experiencia.

Reflexionó: “Sí, ahora conozco mi verdadera identidad“. El río estaba aprendiendo pero las arenas susurraron: “Nosotras conocemos, porque vemos suceder esto día tras día, y porque nosotras las arenas, nos extendemos por todo el camino que va desde las orillas del río hasta la montaña”

Y es por eso que se dice que el camino en el cual el Río de la Vida ha de continuar su travesía está escrito en las Arenas.

Autor: Awad Afifi el Tunecino

Cuanta tierra necesita un hombre

León Tolstoi
León Tolstoi

“Cuanta tierra necesita un hombre” es un cuento con más de ciento veinte años, pero de una actualidad absoluta. Es la metáfora de los convulsos tiempos que estamos viviendo. Es la parábola de la ambición desmedida de un sistema voraz, obsesionado con el crecimiento infinito, con el eterno grito de ¡más y mejor! En el cual, sus principales artífices, reyes de la codicia y desmesura económica: banqueros, políticos y megalómanos empresarios, han olvidado como Pahom, el protagonista del cuento, que también ellos acabarán con lo puesto y ocupando poco más de dos metros de tierra.

Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la pobreza. "Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra."

Ahora bien, cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca de ciento cincuenta hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría veinticinco hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad.

"Qué te parece -pensó Pahom- Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada."

Así que decidió hablar con su esposa.

-Otras personas están comprando, y nosotros también debemos comprar unas diez hectáreas. La vida se vuelve imposible sin poseer tierras propias.

Se pusieron a pensar y calcularon cuánto podrían comprar. Tenían ahorrados cien rublos. Vendieron un potrillo y la mitad de sus abejas; contrataron a uno de sus hijos como peón y pidieron anticipos sobre la paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así juntaron la mitad del dinero de la compra. Después de eso, Pahom escogió una parcela de veinte hectáreas, donde había bosques, fue a ver a la dama e hizo la compra.

Así que ahora Pahom tenía su propia tierra. Pidió semilla prestada, y la sembró, y obtuvo una buena cosecha. Al cabo de un año había logrado saldar sus deudas con la dama y su cuñado. Así se convirtió en terrateniente, y talaba sus propios árboles, y alimentaba su ganado en sus propios pastos. Cuando salía a arar los campos, o a mirar sus mieses o sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba que crecía allí y las flores que florecían allí le parecían diferentes de las de otras partes. Antes, cuando cruzaba esa tierra, le parecía igual a cualquier otra, pero ahora le parecía muy distinta.

Un día Pahom estaba sentado en su casa cuando un viajero se detuvo ante su casa. Pahom le preguntó de dónde venía, y el forastero respondió que venía de allende el Volga, donde había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para comprarlas. Las tierras eran tan fértiles, aseguró, que el centeno era alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una avilla. Comentó que un campesino había trabajado sólo con sus manos, y ahora tenía seis caballos y dos vacas.

El corazón de Pahom se colmó de anhelo.

"¿Por qué he de sufrir en este agujero -pensó- si se vive tan bien en otras partes? Venderé mi tierra y mi finca, y con el dinero comenzaré allá de nuevo y tendré todo nuevo".

Pahom vendió su tierra, su casa y su ganado, con buenas ganancias, y se mudó con su familia a su nueva propiedad. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en mucha mejor posición que antes. Compró muchas tierras arables y pasturas, y pudo tener las cabezas de ganado que deseaba.

Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la construcción, Pahom se sentía complacido, pero cuando se habituó comenzó a pensar que tampoco aquí estaba satisfecho. Quería sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó más tierras por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, así que Pahom ahorró dinero. Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar tierras ajenas todos los años, y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero.

"Si todas estas tierras fueran mías -pensó-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades."

Un día un vendedor de bienes raíces que pasaba le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra de los bashkirs, donde había comprado seiscientas hectáreas por sólo mil rublos.

-Sólo debes hacerte amigo de los jefes -dijo- Yo regalé como cien rublos en vestidos y alfombras, además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, y obtuve la tierra por una bicoca.

"Vaya -pensó Pahom-, allá puedo tener diez veces más tierras de las que poseo. Debo probar suerte."

Pahom encomendó a su familia el cuidado de la finca y emprendió el viaje, llevando consigo a su criado. Pararon en una ciudad y compraron una caja de té, vino y otros regalos, como el vendedor les había aconsejado. Continuaron viaje hasta recorrer más de quinientos kilómetros, y el séptimo día llegaron a un lugar donde los bashkirs habían instalado sus tiendas.

En cuanto vieron a Pahom, salieron de las tiendas y se reunieron en torno al visitante. Le dieron té y kurniss, y sacrificaron una oveja y le dieron de comer. Pahom sacó presentes de su carromato y los distribuyó, y les dijo que venía en busca de tierras. Los bashkirs parecieron muy satisfechos y le dijeron que debía hablar con el jefe. Lo mandaron a buscar y le explicaron a qué había ido Pahom.

El jefe escuchó un rato, pidió silencio con un gesto y le dijo a Pahom:

-De acuerdo. Escoge la tierra que te plazca. Tenemos tierras en abundancia.

-¿Y cuál será el precio? -preguntó Pahom.

-Nuestro precio es siempre el mismo: mil rublos por día.

Pahom no comprendió.

-¿Un día? ¿Qué medida es ésa? ¿Cuántas hectáreas son?

-No sabemos calcularlo -dijo el jefe-. La vendemos por día. Todo lo que puedas recorrer a pie en un día es tuyo, y el precio es mil rublos por día.

Pahom quedó sorprendido.

-Pero en un día se puede recorrer una vasta extensión de tierra -dijo.

El jefe se echó a reír.

-¡Será toda tuya! Pero con una condición. Si no regresas el mismo día al lugar donde comenzaste, pierdes el dinero.

-¿Pero cómo debo señalar el camino que he seguido?

-Iremos a cualquier lugar que gustes, y nos quedaremos allí. Puedes comenzar desde ese sitio y emprender tu viaje, llevando una azada contigo. Donde lo consideres necesario, deja una marca. En cada giro, cava un pozo y apila la tierra; luego iremos con un arado de pozo en pozo. Puedes hacer el recorrido que desees, pero antes que se ponga el sol debes regresar al sitio de donde partiste. Toda la tierra que cubras será tuya.

Pahom estaba alborozado. Decidió comenzar por la mañana. Charlaron, bebieron más kurniss, comieron más oveja y bebieron más té, y así llegó la noche. Le dieron a Pahom una cama de edredón, y los bashkirs se dispersaron, prometiendo reunirse a la mañana siguiente al romper el alba y viajar al punto convenido antes del amanecer.

Pahom se quedó acostado, pero no pudo dormirse. No dejaba de pensar en su tierra.

"¡Qué gran extensión marcaré! -pensó-. Puedo andar fácilmente cincuenta kilómetros por día. Los días ahora son largos, y un recorrido de cincuenta kilómetros representará gran cantidad de tierra. Venderé las tierras más áridas, o las dejaré a los campesinos, pero yo escogeré la mejor y la trabajaré. Compraré dos yuntas de bueyes y contrataré dos peones más. Unas noventa hectáreas destinaré a la siembra y en el resto criaré ganado."

Por la puerta abierta vio que estaba rompiendo el alba.

-Es hora de despertarlos -se dijo-. Debemos ponernos en marcha.

Se levantó, despertó al criado (que dormía en el carromato), le ordenó uncir los caballos y fue a despertar a los bashkirs.

-Es hora de ir a la estepa para medir las tierras -dijo.

Los bashkirs se levantaron y se reunieron, y también acudió el jefe. Se pusieron a beber más kurniss, y ofrecieron a Pahom un poco de té, pero él no quería esperar.

-Si hemos de ir, vayamos de una vez. Ya es hora.

Los bashkirs se prepararon y todos se pusieron en marcha, algunos a caballo, otros en carros. Pahom iba en su carromato con el criado, y llevaba una azada. Cuando llegaron a la estepa, el cielo de la mañana estaba rojo. Subieron una loma y, apeándose de carros y caballos, se reunieron en un sitio. El jefe se acercó a Pahom y extendió el brazo hacia la planicie.

-Todo esto, hasta donde llega la mirada, es nuestro. Puedes tomar lo que gustes.

A Pahom le relucieron los ojos, pues era toda tierra virgen, chata como la palma de la mano y negra como semilla de amapola, y en las hondonadas crecían altos pastizales.

El jefe se quitó la gorra de piel de zorro, la apoyó en el suelo y dijo:

-Ésta será la marca. Empieza aquí y regresa aquí. Toda la tierra que rodees será tuya.

Pahom sacó el dinero y lo puso en la gorra. Luego se quitó el abrigo, quedándose con su chaquetón sin mangas. Se aflojó el cinturón y lo sujetó con fuerza bajo el vientre, se puso un costal de pan en el pecho del jubón y, atando una botella de agua al cinturón, se subió la caña de las botas, empuñó la azada y se dispuso a partir. Tardó un instante en decidir el rumbo. Todas las direcciones eran tentadoras.

-No importa -dijo al fin-. Iré hacia el sol naciente.

Se volvió hacia el este, se desperezó y aguardó a que el sol asomara sobre el horizonte.

"No debo perder tiempo -pensó-, pues es más fácil caminar mientras todavía está fresco."

Los rayos del sol no acababan de chispear sobre el horizonte cuando Pahom, azada al hombro, se internó en la estepa.

Pahom caminaba a paso moderado. Tras avanzar mil metros se detuvo, cavó un pozo y apiló terrones de hierba para hacerlo más visible. Luego continuó, y ahora que había vencido el entumecimiento apuró el paso. Al cabo de un rato cavó otro pozo.

Miró hacia atrás. La loma se veía claramente a la luz del sol, con la gente encima, y las relucientes llantas de las ruedas del carromato. Pahom calculó que había caminado cinco kilómetros. Estaba más cálido; se quitó el chaquetón, se lo echó al hombro y continuó la marcha. Ahora hacía más calor; miró el sol; era hora de pensar en el desayuno.

-He recorrido el primer tramo, pero hay cuatro en un día, y todavía es demasiado pronto para virar. Pero me quitaré las botas -se dijo.

Se sentó, se quitó las botas, se las metió en el cinturón y reanudó la marcha. Ahora caminaba con soltura.

"Seguiré otros cinco kilómetros -pensó-, y luego giraré a la izquierda. Este lugar es tan promisorio que sería una pena perderlo. Cuanto más avanzo, mejor parece la tierra."

Siguió derecho por un tiempo, y cuando miró en torno, la loma era apenas visible y las personas parecían hormigas, y apenas se veía un destello bajo el sol.

"Ah -pensó Pahom-, he avanzado bastante en esta dirección, es hora de girar. Además estoy sudando, y muy sediento."

Se detuvo, cavó un gran pozo y apiló hierba. Bebió un sorbo de agua y giró a la izquierda. Continuó la marcha, y la hierba era alta, y hacía mucho calor.

Pahom comenzó a cansarse. Miró el sol y vio que era mediodía.

"Bien -pensó-, debo descansar."

Se sentó, comió pan y bebió agua, pero no se acostó, temiendo quedarse dormido. Después de estar un rato sentado, siguió andando. Al principio caminaba sin dificultad, y sentía sueño, pero continuó, pensando: "Una hora de sufrimiento, una vida para disfrutarlo".

Avanzó un largo trecho en esa dirección, y ya iba a girar de nuevo a la izquierda cuando vio un fecundo valle. "Sería una pena excluir ese terreno -pensó-. El lino crecería bien aquí.". Así que rodeó el valle y cavó un pozo del otro lado antes de girar. Pahom miró hacia la loma. El aire estaba brumoso y trémulo con el calor, y a través de la bruma apenas se veía a la gente de la loma.

"¡Ah! -pensó Pahom-. Los lados son demasiado largos. Este debe ser más corto." Y siguió a lo largo del tercer lado, apurando el paso. Miró el sol. Estaba a mitad de camino del horizonte, y Pahom aún no había recorrido tres kilómetros del tercer lado del cuadrado. Aún estaba a quince kilómetros de su meta.

"No -pensó-, aunque mis tierras queden irregulares, ahora debo volver en línea recta. Podría alejarme demasiado, y ya tengo gran cantidad de tierra.".

Pahom cavó un pozo de prisa.

Echó a andar hacia la loma, pero con dificultad. Estaba agotado por el calor, tenía cortes y magulladuras en los pies descalzos, le flaqueaban las piernas. Ansiaba descansar, pero era imposible si deseaba llegar antes del poniente. El sol no espera a nadie, y se hundía cada vez más.

"Cielos -pensó-, si no hubiera cometido el error de querer demasiado. ¿Qué pasará si llego tarde?"

Miró hacia la loma y hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el sol se aproximaba al horizonte.

Pahom siguió caminando, con mucha dificultad, pero cada vez más rápido. Apuró el paso, pero todavía estaba lejos del lugar. Echó a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la botella y la gorra, y conservó sólo la azada que usaba como bastón.

"Ay de mí. He deseado mucho, y lo eché todo a perder. Tengo que llegar antes de que se ponga el sol."

El temor le quitaba el aliento. Pahom siguió corriendo, y la camisa y los pantalones empapados se le pegaban a la piel, y tenía la boca reseca. Su pecho jadeaba como un fuelle, su corazón batía como un martillo, sus piernas cedían como si no le pertenecieran. Pahom estaba abrumado por el terror de morir de agotamiento.

Aunque temía la muerte, no podía detenerse. "Después que he corrido tanto, me considerarán un tonto si me detengo ahora", pensó. Y siguió corriendo, y al acercarse oyó que los bashkirs gritaban y aullaban, y esos gritos le inflamaron aún más el corazón. Juntó sus últimas fuerzas y siguió corriendo.

El hinchado y brumoso sol casi rozaba el horizonte, rojo como la sangre. Estaba muy bajo, pero Pahom estaba muy cerca de su meta. Podía ver a la gente de la loma, agitando los brazos para que se diera prisa. Veía la gorra de piel de zorro en el suelo, y el dinero, y al jefe sentado en el suelo, riendo a carcajadas.

"Hay tierras en abundancia -pensó-, ¿pero me dejará Dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida, he perdido la vida! ¡Nunca llegaré a ese lugar!"

Pahom miró el sol, que ya desaparecía, ya era devorado. Con el resto de sus fuerzas apuró el paso, encorvando el cuerpo de tal modo que sus piernas apenas podían sostenerlo. Cuando llegó a la loma, de pronto oscureció. Miró el cielo. ¡El sol se había puesto! Pahom dio un alarido.

"Todo mi esfuerzo ha sido en vano", pensó, y ya iba a detenerse, pero oyó que los bashkirs aún gritaban, y recordó que aunque para él, desde abajo, parecía que el sol se había puesto, desde la loma aún podían verlo. Aspiró una buena bocanada de aire y corrió cuesta arriba. Allí aún había luz. Llegó a la cima y vio la gorra. Delante de ella el jefe se reía a carcajadas. Pahom soltó un grito. Se le aflojaron las piernas, cayó de bruces y tomó la gorra con las manos.

-¡Vaya, qué sujeto tan admirable! -exclamó el jefe-. ¡Ha ganado muchas tierras!

El criado de Pahom se acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la boca. ¡Pahom estaba muerto!

Los pakshirs chasquearon la lengua para demostrar su piedad.

Su criado empuñó la azada y cavó una tumba para Pahom, y allí lo sepultó. Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba.

Libertad


Serenidad

Y el aspirante, que tantas veces había recibido con agrado las lecciones de su sheij y las atesoraba celosamente en lo íntimo de su corazón, le explicó a su pequeño hijo lo que con su curiosa juventud le preguntó...

-¿Qué es la libertad papá?

Su niño estaba creciendo; no solo su cuerpito había aumentado en tamaño, sino también las ansias, la inquietud y el deseo de conocimiento se desarrollaban en su espíritu con la fuerza de un levante mediterráneo...

-Retoño mío, alegría de tus padres... ¿Quieres que te explique el significado de la libertad? Pues solo puedo atestiguar las palabras de las gentes de ciencia y darte un simple ejemplo que puede ilustrar lo que tanto te esfuerzas por comprender.

Un hombre libre que camina en este mundo es quien lucha con todas sus fuerzas y da batalla a todas las adversidades para lograr construir una prisión indestructible y habitar en ella. Y es así como el hombre libre se desprende de todo lo que el mundo le ofrece con descarada seducción: aventura, riqueza, placeres, amistades, diversión y, por último, lo más encantador; la ilusión de la libertad.

Entonces el hombre se da cuenta que, únicamente, puede alcanzar esa verdadera libertad que tanto anhela cuando se entrega voluntariamente al Amor de su Señor.

El soñador


El soñador del desierto

Una vez vino del desierto a la gran ciudad de Sharia un hombre que era un soñador, y no tenía nada más que sus ropas y efectos personales. Mientras caminaba por las calles miraba con asombro los templos, torres y palacios, pues la ciudad de Sharia era de gran belleza. Habló mucho con los paseantes, preguntándoles sobre su ciudad, pero ellos no entendían su idioma, ni él el de ellos.

A mediodía paró delante de una gran posada. Estaba construida de mármol amarillo y la gente entraba y salía constantemente. "Debe de ser un lugar sagrado", se dijo a sí mismo, y entró. Pero cuál fue su sorpresa al encontrarse una sala de gran esplendor y una gran compañía de hombres y mujeres sentados en varias mesas. Estaban comiendo y bebiendo mientras escuchaban a los músicos.

"No", se dijo el soñador, "esto no es un lugar de adoración". Debe de ser una fiesta dada por el príncipe al pueblo en celebración de algún gran acontecimiento. En aquel momento, un hombre a quien tomó por el esclavo del príncipe se le aproximó y le dijo que se sentara. Fue servido con carne y vino, y con los mejores dulces. Cuando estuvo satisfecho, el soñador se levantó para partir.

Un hombre de grandes dimensiones le paró en la puerta. Estaba magníficamente vestido. "Seguramente debe de ser el mismo príncipe", dijo el soñador en su corazón, y se inclinó y le agradeció. Cuando el hombre le habló en el idioma de la ciudad: "Señor, no ha pagado su comida", el soñador no le entendió y volvió a agradecerle de corazón.

El hombre examinó más de cerca al soñador. Y vio que era un extranjero, vestido eso sí en pobres ropas, y que no tenía por lo tanto de donde pagar su comida. Entonces, el hombre dio una palmada y a su llamada vinieron cuatro vigilantes de la ciudad. Cuando cogieron al soñador, situándose dos a cada lado, el soñador les miró con placer. "Éstos", se dijo, "son hombres distinguidos".

Caminaron juntos hasta la Casa de Justicia y entraron. El soñador vio delante de sí, sentado en un trono, a un venerable hombre con gran barba y vestidos majestuosos. Y pensó que era el rey. Y se alegró mucho de haber sido traído ante él.

El vigilante relata al juez, que era aquel venerable hombre, el cargo contra el soñador, y el juez le asigna dos abogados, uno para presentar el cargo y el otro para defender al extranjero. Y los abogados se pusieron de pie, uno detrás del otro y presentaron cada uno sus argumentos. Mas el soñador pensó que estaba escuchando su bienvenida y su corazón se llenó de gratitud hacia el rey y el príncipe por todo lo que estaban haciendo por él.

Así, la sentencia le fue dada al soñador, a quien se le colgó en su cuello una tableta con su crimen escrito y se le hizo atravesar la ciudad sobre un caballo sin ensillar con un trompetista y un tamborilero precediéndole. Los habitantes de la ciudad corrieron hacia esta comitiva al oír el ruido y cuando vieron al soñador se rieron de él. Y los niños corrieron detrás de él en grupos de calle en calle. Y el corazón del soñador estaba extasiado y sus ojos brillaban al mirarlos, pues, para él, la tablilla era un signo de bendición del rey y la procesión era en su honor.

Durante dicho recorrido, vio entre la multitud a un hombre que era del desierto como él y su corazón se lleno de alegría y le gritó:

-"¡Amigo! ¿Dónde estamos? ¿Qué ciudad anhelada por el corazón es esta? ¿Cuál es la raza de estos huéspedes pródigos que celebran al huésped afortunado en sus palacios, cuyos príncipes son sus compañeros, y cuyos reyes ponen sobre su pecho un amuleto y le abren la hospitalidad de una ciudad que desciende del cielo?".

Y aquél, que era también del desierto no le respondió. Sólo sonrió y sacudió ligeramente su cabeza. Y la procesión siguió de largo. Y el rostro del soñador siguió transportado de alegría y sus ojos llenos de luz.

La danza de las mariposas


La danza de las mariposas

Érase una vez una mariposa llamada Leila que, como toda mariposa, antes fue una pequeña larva.

En un día caluroso Leila se dispuso a volar, quería conocer a todos los seres del gran bosque, desde el cielo pudo ver a una pequeña hormiguita parada, y volando se posó cerca de ella y le dijo:

-Pequeña hormiguita, ¿que te ocurre?

La pequeña hormiguita quedó sorprendida ante las grandes y bellas alas de la mariposa y le dijo:

-Seguía a mis compañeras de camino a nuestro hormiguero pero unos saltamontes nos cogieron y nos llevaron lejos, yo pude escapar pero no sé donde me encuentro.

Leila podía localizar su hormiguero desde el aire y le dijo:

-No te preocupes hormiguita yo te diré hacia donde debes ir.

Con la ayuda de Leila, la hormiguita pudo llegar a su hormiguero y le dijo:

-Muchas gracias bella mariposa, gracias a ti pude llegar a mi hormiguero.

Después de decirle esto le sonrió y entró a su hormiguero para contarle a sus compañeras lo sucedido.

La Mariposa Leila estaba realmente feliz y se dispuso a volver con sus compañeras, quería decirle a todas lo feliz que estaba su corazón, pero al llegar, sus compañeras le decían:

-¿Por qué llegas tan tarde Leila?

Leila intentó contestar, pero las compañeras le interrumpieron diciendo:

-No hagas ruido y vete a dormir.

Al día siguiente sus compañeras le increpaban:

-Mira tus alas Leila, han perdido brillo, ¿De qué flor te alimentastes ayer?

Leila respondió:

-Ayer no pude alimentarme de ninguna, porque estuve ayudando a una pequeña hormiguita.

Sus compañeras le decían:

-No pierdas el tiempo Leila, tienes que alimentarte para ser más bella, mira el brillo de nuestras alas, miestras que tus alas se han vuelto feas y sin brillo.

Leila se entristeció y se dispuso a buscar una flor para alimentarse.

Iba volando por el bosque buscando una flor cuando de repente escuchó el llanto de una pequeña oruga, de prisa, voló hacia la pequeña oruguita y le dijo:

-¿Qué te ocurre?

La pequeña oruguita, llorando, le dijo:

-Mi mamá se marchó y me dejó solita.

Leila le dijo:

-No te preocupes oruguita, yo te haré compañía hasta que regrese tu mamá.

Y la pequeña oruga dejó de llorar. Muy sorprendida, le hacía muchas preguntas a Leila.

-¿Cómo conseguistes esas grandes alas?

Leila le dijo:

-Dios me dió estas alas, y algún día a tí también te las dará y podrás volar, algún día pequeña oruguita, si Dios quiere, te convertirás en mariposa.

La pequeña oruga estaba muy feliz, soñaba con el momento en el que sería mariposa y podría volar.

Leila contestaba a todas sus preguntas y conversaron todo el día hasta que llegó la madre de la oruguita, la mamá no pudo llegar antes porque la comida se encontraba muy lejos y las orugas son muy lentas caminando.

Entonces Leila vió que se hizo de noche y se despidió de la pequeña oruga y su mamá.
La pequeña oruguita le dió las gracias y le dijo:

-¡Algún día volaré contigo Leila!, y le sonrió.

Leila se dispuso a volar muy contenta, pero recordó las palabras de sus compañeras y fue a buscar una flor, como era ya de noche y las flores estaban cerradas no encontró ninguna para alimentarse, entonces volvió junto a sus compañeras y al llegar, sus compañeras le vieron sin brillo y cansada, y le dijeron:

-¡Leila!, ¡¿otra vez vienes sin alimentarte?!, tus alas se han vuelto feas y sin brillo, no puedes estar con nosotras que somos bellas, te pedimos que te marches de nuestro bosque, no te queremos aqui.

Entonces Leila se marchó triste y cansada y voló por el bosque llorando. En ese momento Dios vió cuan triste se sentía Leila y le dijo:

-Leila, mañana te despertarás en un lugar nuevo, no te preocupes, duerme plácidamente en el árbol que tienes frente a ti.

Al día siguiente Leila despertó y vió un bosque nuevo, había muchas mariposas y muy bellas, entonces una de sus compañeras le dijo:

-Buenos días Leila, vienes del bosque antiguo, te mostraré el bosque de Dios en el cielo.

Entonces le mostró donde se alimentaban y donde jugaban, pero Leila vió una mariposa tocando un instrumento y le dijo:

-¿Las mariposas podemos tocar instrumentos para hacer música?

Y la compañera respondió:

-Así es, esa compañera se llama Mariel, toca el arpa, Dios le dijo que es la mejor tocando el arpa y siempre nos alegra el día con dulces melodías.

Leila estaba muy feliz en el nuevo bosque, le enseñaron muchas cosas sus nuevas compañeras, pudo verse en un espejo y vió sus alas, bellísimas alas, estaba muy contenta y fue a alimentarse de una hermosa flor, mientras se alimentaba escuchó un gran sonido, miró hacia el cielo y vió una multitud de seres con grandes alas, y le preguntó a una de sus compañeras:

-¿Qué son esos seres?

Y la compañera respondió:

-Son ángeles que van a rezar

De repente un ángel bajó muy rápido y se posó al lado de Leila, que se asustó al ver al gigantesco ángel, éste le dijo:

-¿Tu eres Leila?

Leila impresionada respondió:

-Si, soy yo

Entonces el ángel le dijo:

-Dios nos habló de ti, acompañame, no tengas miedo, sube a mi hombro y agarrate fuerte.

Leila se agarró con fuerza a uno de los dorados cabellos del ángel y le dijo:

-Estoy preparada

Entonces el ángel voló tan rápido que Leila veía muchos colores, las partículas de luz chocaban en su rostro, que maravillosa sensación, Leila quería contarselo a todas sus compañeras.

Pasados unos segundos el ángel se posó junto a otros ángeles y se dispuso a rezar, había muchísimos ángeles rezando, Leila quedó impresionada y rezó con ellos.

Cuando terminaron de rezar, Dios habló a Leila y le dijo:

-Eres la primera mariposa que ha rezado junto a los ángeles.

Leila sintió una alegría inmensa en su corazón y dió las gracias a Dios, pero tenía una pregunta guardada en su corazón y le dijo:

-Dios mio, no quiero que te enojes, quisiera hacerte una pregunta.

Dios le dijo:

-Pregunta Leila, responderé sin enojarme.

Entonces Leila preguntó:

-¿Por qué recuerdo a mis antiguas compañeras que tanto daño me hicieron?

Y Dios respondió:

-Antes, en el bosque antiguo, tu mente y tu corazón recordaban los malos momentos que te hicieron pasar tus antiguas compañeras y estabas muy triste, ahora tu corazón no recuerda los malos momentos y eres feliz, pero tu mente debe recordar para que no trates mal a tus nuevas compañeras.

Entonces Dios llevó a Leila junto con sus nuevas compañeras y estaba muy feliz, le dijo a una compañera:

-¿Sabes?, antes estuve rezando con los ángeles, soy la primera mariposa que ha rezado con los ángeles, y nosotras ¿cuando rezamos?

Entonces la compañera le dijo:

-Alégrate Leila, eres la primera mariposa que ha rezado con los ángeles, nosotras nunca hemos visto a los ángeles rezar, nosotras las mariposas no rezamos, agradecemos a Dios danzando en el aire.

Desde ese momento Leila agradecía a Dios danzando en el aire junto a sus maravillosas compañeras.

Un musulmán creyente y una manzana


Historia de un creyente y una manzana

He aquí la historia real de un Musulmán Creyente y una Manzana.

Un día un musulmán pasó cerca de una finca, encontró en el suelo una manzana, y sin darse cuenta se la comió porque estaba hambriento y es que hacía días que no comía.
Después de comerse la manzana se dio cuenta de lo que había hecho, y sin pensarlo fue en la búsqueda del dueño de la finca, para pedirle perdón por la manzana que había comido sin querer.

Sabía que la manzana no era suya, por ser de justicia era necesario pedir perdón al dueño de la misma.

Al llegar a la puerta de la finca, preguntó por el dueño de la misma, le dijeron que estaba de viaje, y que si quería encontrarlo debía recorrer una distancia de dos días.
Y así hizo, fue en la búsqueda del dueño de esa finca, arrepentido por lo que había hecho, fue en su búsqueda y es que necesitaba el perdón del dueño de la finca por lo que había hecho.

Tardó días en encontrarlo, y al encontrarlo le dijo…:

Musulmán: "Salam Aleikum".

Dueño de la Finca: "¿Qué te trae hasta aquí, hermano?"

Musulmán: "He venido desde tu pueblo, y es que sin querer estaba hambriento y encontré una manzana en tu finca y me la comí. Y he venido hasta aquí buscándote para que así me perdones por la manzana que injustamente comí. Si puedo hacer algo para que me perdones."

El Dueño de la Finca, al oír la historia, se quedó sorprendido, veía que era algo inusual, se dio cuenta de que era un Musulmán Creyente con mucha Fe (Imán) a lo que le respondió: “Si, para que yo te perdone debes hacer una cosa”

Musulmán: “Haré lo que pidas, para que así Allah me perdone por lo que hice”

Dueño de la Finca: “Para que te perdone has de Desposar a mi Hija”.

Musulmán, sorprendido “Por una manzana tengo que casarme con tu hija” Se acordó que había cometido un pecado y había que remendar lo hecho. Después de pensarlo mucho le dijo que sí aceptaba casarse con su hija.

Dueño de la Finca: “Has de saber que mi hija ni oye, ni ve ni anda”.

Musulmán: “¿Tu hija no ve ni anda ni oye?”

Musulmán: "¿Qué mujer es esa?

Dueño de la Finca: “Si, todo eso que oíste es verdad: si quieres que te perdone tienes que casarte con mi hija”.

Musulmán: (pensando primeramente en expiar su pecado, y de agradar a Allah, asintió aceptando desposar a la mujer) Le dijo, “Esta bien, acepto a tu hija para desposarla”

Después de casados, este musulmán entró en la habitación conyugal y le dijo a su mujer (hija del dueño de la finca): "Salam Aleikum"

Y la Mujer respondió: "Aleikum Salam"

El Musulmán, sorprendido, dijo: "Me has oído!!!, tu padre me dijo que no oías."

Mujer: "Solo oigo las buenas palabras, los hadices, y el Corán."

Musulmán: "También ves!!!. Tu padre me dijo que no veías."

Mujer: "Solo miro lo que Allah ha prescrito que vea, lo prohibido no."

Musulmán: "También andas. Tu padre me dijo que no andabas."

Mujer: "Solo me encamino a donde Allah le gusta y donde ha recomendado."

Este musulmán al ver el rostro de su mujer se quedó perplejo, no sabía que decir... porque nunca había visto a una mujer con tanta belleza.

Entonces se dio cuenta que Allah le puso de prueba la manzana, y al superar la Prueba de la Manzana , la prueba de su Imán referente a la petición del perdón al dueño de la finca, Allah le recompensó en este mundo con la mujer más hermosa, piadosa y creyente que en esta región existía.

De esta historia verídica que nos servirá de ejemplo, extraemos que a veces si cumplimos con nuestros mandamientos como musulmán, Allah nos puede recompensar como con gestos tan simples como pedir perdón por alguna falta, como es el caso de la manzana, con algo tan grande y maravilloso como fue en este caso la Mujer más piadosa que existía en esa región.

El secreto del Amor

Un día acudió un loco junto a la ribera del río donde se amaban Bashira y Nuh. Su nombre era Mahmoud, pero todos en el pueblo hacían un juego de palabras y le llamaban Majnum… Nuh sintió desde el primer momento derramarse la Rahma de Al-Lah sobre Mahmoud y se le acercó de buen grado por escucharle y agasajarle mejor.

- ¡Háblanos del camino hacia tu morada porque podamos acompañarte! -Dijo Nuh.

- Mahmoud -contestó aquel- era un loco y conoció el Amor… Estando junto al oasis de Aozud, tras de unas peñas en orillas de difícil acceso, conoció Mahmoud a Layla, la esposa de Ahmed Al Qahhar, la cual bañaba allí su cuerpo desnudo, lejano a las miradas inoportunas de los ojos extraños. Desde la primera mirada cayó Mahmoud prendado a los pies de belleza tan marcada y de tan sublime mirada, consiguiendo al fin consumar con ella su pasión. Pues Layla cayó seducida por el influjo de su voz y su palabra…

Mas, no bien satisfecho, Mahmoud pidió a Layla poder ser su amante. Objetivo que también consiguió… Layla se apartó del lecho de su esposo, y aunque éste era celoso y la guardaba tanto como al mejor de sus tesoros, Mahmoud conseguía burlar las guardias casi todas las noches y acceder al lugar de reposo de su amada… Pero el alejamiento continuado de Layla enfureció a su esposo y al solicitarle ella el divorcio, la encerró en una mazmorra de imposible acceso para nadie y donde sus carceleros le daban comida y agua a través de un agujero, pues se tapiaron todas las puertas y ventanas para que aquel fuera un sepulcro verdadero.

Mahmoud acudía todas las noches y permanecía hasta la madrugada junto a aquel agujero por el que hablaba con su amada sin poder verla ni tocarla… ¡Cuánto sufría y la echaba de menos Mahmoud a su amada! Pero él acudía todas las noches e intentaba consolarla… En su amor, Mahmoud se apartó de todo y de todos, dejando que poco a poco su hacienda se arruinara. Él sólo vivía para acudir a aquel agujero. Y era tan grande su amor y su desconsuelo, que decidió apartar de sí cualquier otro sentimiento, pensamiento, recuerdo ni voluntad que no fueran Layla y sus visitas al agujero…

Pero la voz de Layla se apagaba y él sentía que su propio dolor no le ayudaba a ella en nada. Así es que apartó su dolor y encontró la alegría del que ama para poder transmitírsela como regalo a su amada. Quería Mahmoud amarle más y amar mejor a la propietaria de su corazón… Descubrió después Mahmoud la necesidad de acercarse a las gentes por transmitirle noticias a su Layla, pero al no poder ya hacer otra cosa sino amar, sintió que servirles a todos ellos era como servir a su propia enamorada… Y seguía acudiendo cada noche para contarle las actividades y bondades que durante el día habían acaecido. Aunque la voz de Layla hacía tiempo que había desaparecido.

Un día alguien vino, pues decía que todos en el pueblo sabían a dónde acudía por las noches, y le dijo que Layla hacía meses que había fallecido… Mahmoud le miró sonriendo, porque descubrió que quien le hablaba era Layla disfrazada, y le dijo: “No digas eso, mi amada, pues veo que ya no estás encerrada”. Y se abalanzó raudo a abrazarle y a colmarle de besos llamándole esposa… Pero Mahmoud estaba confuso porque pareciera que el poblado se hubiera quedado vacío y lo habitara tan sólo Layla, que estaba por todas partes, y ella corría como si quisiera apartarse de su lado. A Mahmoud le daba risa de los juegos de su amante y corría tras de ella para atraparle, pasando el día en las calles para poder encontrarle…

Al cabo de muchos días, Mahmoud sentía demasiada sed y hambre, y su cuerpo desfallecía… Comía los restos que por allí había y bebía en los charcos, por no abandonar su puesto ya que a cada rato Layla salía a la calle de los lugares donde estaba escondida… Un día, al acercar sus labios a un charco, descubrió que Layla también allí se escondía, robándole un beso porque estaba desprevenida… Y al levantar la mirada no estaba más que Layla, que ya nunca corría ni se ausentaba en ninguna parte. Mirara donde mirara, era Layla cuanto había… Pero Layla era y no era Layla, porque Mahmoud aún estaba… ¡Pero no!… ¿Quién es ese Mahmoud del que habla Layla?... ¿Y quién es Layla?...

- ¡Oh, Bashira! -Dijo Nuh extasiado. Hoy hemos conocido el camino que conduce hasta Su Casa, y en la palabra de este cuerdo enamorado se vislumbra la Luz del Quds que sustenta Su última morada…

Yamil y Yafar


dhikr

Los dos lobos

Una noche Yamil, ya anciano, contaba a su nieto sobre una batalla que lleva la gente en su interior...

-Hijo mio, la batalla es entre dos lobos dentro de todos nosotros. Uno de esos lobos se llama el Mal, y se compone de la ira, la envidia, los celos enfermizos, la depresión, la codicia, la arrogancia, la autocompasión, la culpa, el resentimiento, el sentimiento de inferioridad, las mentiras, la falsedad, el orgullo, la soberbia y los bajos egos. El otro lobo, es bueno, y se compone de alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, simpatía, generosidad, verdad, compasión y fe.

El jóven pensó en la batalla, reflexionó por un instante y luego le preguntó a su abuelo: -¿Cual de los lobos gana?

A lo que simplemente contestó: -Aquel al que alimentas.

Darul Fauda o los hombres vulgares

Cuando Yamil se casó con Aisha, su primera esposa, dejó el valle de sus padres y se trasladó a una casa en la ciudad de Darul Fauda. Se sentó Yamil en una columna rota en la plaza y dijo:

-Al corrupto le parecerán estas palabras obvias; y esa es la medida de su estupidez. Quien vea esto claramente es que ya lo sabía y es un corrupto, uno que no tiene amigos y por pequeño hombre que sea, un responsable de cada tragedia del género humano. Quien en cambio dude de lo que aquí digo, es un hombre bueno.

Es del hombre común de naturaleza traicionera. El hombre común es cobarde y traidor. Nunca debes fiarte de quien se dice tu amigo. Solo los simples de corazón pueden escapar a la regla general de la maldad. Quien es de corazón bueno y de ideas sencillas es un buen compañero. Quien es de corazón bueno y de intelecto profundo es mejor compañero aun, porque no necesita de tu ayuda. Quien es vanidoso es internamente horrible. Quien se jacta de saber mucho es el más ignorante y el peor entre vosotros. Quien es sencillo de mente y corazón es verdaderamente bueno, pero necesita al que siendo bueno es fuerte. La agudeza para herir a otros suele ser tomada por habilidad buena, pero es una desgracia. Ten buenos pensamientos, buenas palabras y tus obras serán buenas. Nunca menosprecies a otro, aún si lo ves muy simple porque en él hay algo que tu no tienes, aunque lo veas desamparado y carente.

Las barbas del imám

Un día cuando Yamil era ya un hombre maduro, de barbas grises, antes de la oración del viernes, el imám de la aljama de Darul Fuda decía la jutba desde el púlpito, ..y donde veais una barba larga y lustrosa, vereis un buen musulmán”.

Yamil replicó: -He comprado una cabra cuya barba es más tupida y vistosa que la tuya ¿acaso no debería mi cabra decir la jutba?

El siguiente viernes el imám, molesto por la interrupción de la semana anterior daba su sermón muy encendido y hablaba sobre las virtudes de la barba sacudiendo la cabeza y gesticulando.

Yamil no lo interrumpió, pero apoyó su hombro contra una columna y rompió en llanto. Dijo el imám: -Veis a un hombre piadoso que se ha arrepentido de tomar a la ligera tema tan importante como el de la barba y llora de pesar.

Yamil lo miró con los ojos empapados y dijo: -Es que mi cabra ha muerto y yo le había cobrado gran afecto, y cuando sacudes tu barba me acuerdo de ella.

Yamil en el Jorasán

Siendo que las irrefutables pruebas de crímenes no cometidos por nadie inculpaban con claridad a Yamil, debido a la falta de aprecio que le había cobrado el imám, decidió Yamil viajar un tiempo por las montañas del Jorasán hasta que se calmaran las cosas. Luego de dejar sus ahorros a su esposa y llevando solo su asno, un poco de dinero que juzgo que Aisha no necesitaría y muy poco equipaje, partió. Un día lo alcanzó, justo antes de la hora del magrib, una vieja caravanera, donde decidió acomodarse.

Y salió Yamil al amanecer siguiente de la caravanera luego de realizar las oración de la mañana. Miró el sol naciente y bajó la cabeza, la meneó con desdén y caminó.

Y cuando el sol se elevó un poco, y era muy temprano en la mañana, llegó a una aldea y encontrando que había una reunión en la plaza dijo a todos:

- Y donde quiera que estés no te aflijas, tu Señor no te ha olvidado, ni está enojado contigo. Pero la mayoría de los hombres no razonan y se aturden con pequeñeces. Los domina el temor a sus propios estragos. Y a la mayoría los domina la ira. Es la ira como un arbusto espinoso, que cree el iracundo lastima a otros mientras se enreda y lacera en él. Todo el que descarta o contradice a uno por su reputación y no por lo que argumenta es ignorante. Todo el que busca prevalecer en discusiones vanas es ignorante. Todo el que duda de lo que otro asevera sin saber nada del asunto es perverso, salvo si así preserva el honor de las personas. Quien duda de toda calumnia es sabio. Yo estoy más allá de vuestros ritos, solo realizo aquellos de los que comprendo su significado interior. Si acaso creéis que Dios os recompensará por levantar un dedo en vuestra oración no tengo nada que hacer entre vosotros.

Y los hombres se dispersaron murmurando.

La Aldea

Luego de unos días Yamil llegó a una aldea. Junto al camino, a unos quinientos metros antes del abigarrado caserío, había un pozo y un anciano indolentemente sentado. Yamil se detuvo a refrescarse en el pozo antes de ir al pueblo. Entonces llegó caminando en dirección al pueblo un hombre joven y preguntó al anciano:

-¿Cómo es la gente de este pueblo?, nunca he venido por aquí.

-¿Cómo es la gente de tu pueblo?, respondió el viejo.

-Ególata y mentirosa, no veía la hora de alejarme de ellos, dijo el joven.

-Pues así es la gente de esta aldea, replicó el viejo.

El joven se marchó cabizbajo en dirección opuesta a la aldea.

Un momento después llegó un segundo joven y también consultó al anciano.

-¿Cómo es la gente de este pueblo?

El anciano respondió igual que al anterior:

-¿Cómo era la gente del pueblo donde vienes?

-Eran buenas personas, tenía tantos amigos que me ha costado mucho dejarlos, dijo el joven.

-La gente de este pueblo es buena y amable, dijo el viejo, -aquí harás muchos nuevos amigos.

Cuando se marchó el joven, Yamil se aproximó al anciano:

-¿Cómo puedes responder a cada uno exactamente lo contrario?, le preguntó.

Dijo el viejo:

-Cada uno lleva todos los matices del carácter y en verdad todo el universo dentro. Depende del hombre dominar una parte y dejar aflorar otra, cada uno de estos jóvenes encontrarán lo que buscan, sin dudas.

Yamil se quedó meditabundo ante tal respuesta y se alejó caminando y meditando las palabras del viejo. Luego de pensar en las personas que había conocido en su vida y en las que conocería. Regresó corriendo al pozo deseoso de pedir al hombre viejo más explicaciones, convencido de que había encontrado a uno de estos hombres que Allah agracia con una visión clara.

Al día siguiente, Yamil regresó y encontró al hombre rezando la oración del mediodía, y sin más ceremonias se paró a orar a su derecha. El hombre pareció no percatarse de su llegada. Levantó las manos y recitó una súplica diciendo: -“¡Oh Allah, Tú que eres el Viviente, el Sustentador, castígarme si me crees merecedor de castigo, pero con lo que sea que me castigues, que no sea incrementar los velos entre Tú y yo".

Yamil continuó junto al hombre hasta completar la oración y luego de concluirla el anciano se sentó volviéndose hacia él con el rostro sonriente y preguntó -¿Has vuelto?

Yamil creyó que se trataba meramente de una frase retórica para iniciar la charla, ya que evidentemente había regresado y estaba sentado frente al anciano.

Pero al instante Yamil se percató de que el anciano evitaba así hablar él mismo y lo forzaba a explicarse.

-Me han impresionado las respuestas que diste a estos dos hombres y a mi mismo hoy, deseo quedarme cerca ¿qué me dices?, dijo Yamil.

-En muchos lugares encontrarás hombres que den respuestas mucho más ingeniosas, dijo el viejo.

-Pero no busco respuestas ingeniosas, cuando llegué tal vez no sabía bien porque venía, cuando volví fue para conocerte y cuando escuché tu súplica, comprendí que debo quedarme, dijo Yamil.

En ese momento pasó por el camino un hombre con un burro, que saludó desde la distancia, el viejo le respondió con un gesto de su mano y miró a Yamil y le dijo:

-¿Ves a ese hombre? Dicen que es un hombre extraño, pero como ves, no podría ni él mismo precisar su "extrañez". No se debe ni a su apariencia física ni a su desbordada emotividad o su probada inteligencia. No se debe a sus ropajes de colores brillantes o pardos ni a su andar pausado o su constante divagar por parajes lejanos. No se debe ni a sus sueños poblados de sombras y luces o de falsos multicolores o criaturas mitológicas y seres de dificil clasificación... No, nada de eso. Ni se debe tampoco a su edad sin edad, a su tiempo sin tiempo, a su momento atemporal. Se debe, quizás simple y llanamente a su lunar... un lunar grande, oscuro y de vello espeso que le cubre parte de la mano derecha... Si, tal vez, tal vez ese era el motivo, tal vez por fin había encontrado la respuesta... El lunar era la causa de esa molesta sensación de opresión de esa sensación molesta, en realidad era más bien una discorde sensación con una apariencia lejana de no sé que...

Una mañana estuvo revisando a conciencia su lunar, esa extraña mancha que lo cubría... tanto tiempo con él y hasta ahora le prestaba la atención que se merece, tanto tiempo justo delante de sus narices y apenas ahora lo tenía tan claro: era el causante de sus males, de sus dolencias, de sus pesares... tenía la culpa de esa extraña sensación que lo habitaba, esa mancha odiosa, insidiosa, animal y bastarda.

Tomó la navaja... una sonrisa diabólica desfiguró su rostro... Nunca se había sentido tan bien. Miró el cielo: estaba claro y hasta pudo percibir una leve brisa en la frente, las sienes y el ondular de su cabello... inspiró profundamente... cuan fresco se siente el viento hoy, como que intuía atisbos de libertad... pasó los dedos por la hoja afilada de la navaja tomándose todo el tiempo del mundo. No hay prisa, no puede haberla en un momento así.. saboreó su filo, paladeó la sensación de la piel abriéndose de par en par y dejando que la sangre tomase su cauce hacia la tierra... lentamente, se imaginó como la "mancha" se desprendía de su sitio y lentamente se consumía y devoraba a sí misma en la noche, mientras se despedía de ella cariñosamente, puesto que a partir de ese momento ya nada sería igual... La mácula por fin lo habría abandonado... Un escalofrío recorrió su espalda al intuir esto último:

-¿Qué pasará entonces? ¿Qué hay más allá del lugar sin lunar? ¿Qué se sentirá respirar sin ese pesado bulto que oprime algo de mí? ¿A dónde ir? ¿Qué hacer?

Meditó ampliamente esto. Durante varios días sin comer, dándole vueltas al asunto, un asunto que se había tornado en su prioridad, un asunto sobre el cual giraba toda su vida y su muerte.

No podía finalmente decidirse entre el deshacerse de su maldición desollando su piel, o entregarse completamente a ella... Con la mirada perdida y vagando en el ocaso se le veía entonces... dicen que suspiraba lamento y aspiraba melancolía... dicen también que pasaba largas horas extasiado contemplando su mancha en una procesión sin principio ni fin... Por ahí rumoran que hasta le hablaba y se habían hecho grandes amigos aunque por momentos la odiaba a muerte, pero intuía que su muerte estaba unida a la de ella. Hombre y mancha caminaban juntos.

Pero un día ese hombre decidió tomar las riendas, buscó su navaja, y afeitó cuidadosamente los vellos de la mancha, que ya no era, desprovista de ellos ni rara ni llamativa, el hombre dominó su mancha, dicen que a poco ya ni recordaba tenerla, la mancha, vencida, dominada.

-Entiendo, dijo Yamil, sin estar muy seguro de si realmente decía la verdad.

Tal vez lo delató la expresión de su rostro, el anciano, que tallaba cuidadosamente una figura de ajedrez en un trocito de madera, dejó de nuevo su trabajo y miró a Yamil.

-Algunos necesitan palabras rimbombantes, pero en la sencillez hay suficiente complejidad para cualquier hombre, mira este sencillo trozo de madera, un corte equivocado y deberé desecharlo, pero sería culpa, ya que aunque sea la madera de un árbol humilde, es buena, y yo debo darle forma de torre para completar de a poco un juego de ajedrez que me ha encargado un comerciante de esta ciudad, así me gano la vida, cuando lo concluya, podré comenzar otro trabajo y vivir mientras lo realizo de lo que este me beneficie. Si Allah quiere, de esta manera Yamil, puedo charlar contigo junto a este pozo, porque Allah no hace llover panes del cielo, para ventura desdichada de los holgazanes.

Si esperabas algo más rimbombante, pero cierto, te diré que una vez mi maestro, que vivió y murió aquí en esta ciudad hace mucho y fue juez, me dijo:

-Conocí el bien y el mal, el pecado y la virtud, la justicia y la infamia; juzgué y fui juzgado, pasé por el nacimiento y la muerte, por la alegría y el dolor, el cielo y el infierno; y al fin reconocí que yo estoy en todo y todo está en mi.

Comencé a alejarme de las palabras y acercarme a la madera, que como ves y te he dicho su trabajo es mi oficio, porque mi maestro me decía estas cosas y yo tardaba en comprenderlas, así que hace mucho, cuando aún mi barba no era blanca, me senté en este sitio, mi maestro me dijo “mira aquel árbol”, y señaló un cerezo, y pensé que tal vez mi ojo y mis conceptos prejuiciosos me llevaban a embrollar muchas veces las cosas sencillas, y repetí lo último que había dicho mi maestro y al fin reconocí que yo estoy en todo y todo está en mi.

Y me dije ¿acaso no soy yo uno con el cerezo? ¿acaso no es en definitiva todo lo que he visto y palpado hasta hoy sino diferentes aspectos de una realidad única? Ya no volví a ver a mi maestro, luego de ese día su trabajo lo retenía ocupado en minucias legales, supe un año después que había muerto de camino a Merv, donde iba a entregar ciertos documentos a un secretario del sultán. Lo enterraron junto al camino, he visto su tumba una vez cuando me encomendaron llevar unos paquetes a Merv.

Pero no quiero aburrirte con la historia de mi vida hijo, dime ¿qué te ha trajo a esta ciudad?

-En realidad tan solo el camino, dijo Yamil. -El camino que seguía pasa por aquí Pero algo me sugiere que tu me enseñarás algo que no se y deseo saber.

-Y ¿qué es lo que deseas saber?, inquirió el viejo.

-No estoy muy seguro, dijo Yamil. -Pero lo que me has dicho hasta ahora es parte de la respuesta que busco, de eso si estoy seguro, se que tu me enseñarás algo que no se, y no perder la oportunidad de oírte, hablame de lo que la gente llama “el modelado de la personalidad.

Yamil pensó “¡qué torpeza! ¿por qué he dicho 'la gente', en general la gente no se ocupa de nada de esto”.

El viejo lo miró como con desconfianza, o tal vez con benevolencia, Yamil no supo interpretar la expresión. Dijo el anciano: El arte de la personalidad es la primera y última lección del camino del despertar interior, y el secreto de este arte se puede identificar en todas las enseñanzas religiosas. Los métodos adoptados pueden ser diferentes en los detalles, pero el objetivo en cada caso es el mismo. La tragedia entera en la vida es perder de vista el ser natural de uno mismo, que es cubierto por el falso yo. Es por lo tanto, que todos los métodos para entrenar el ego son útiles para ayudar a distinguir entre el ser natural y el no natural. Afinar el corazón es la fuente secreta de toda felicidad porque nos hace generosos en nuestros compromisos hacia nuestros congéneres, de la misma manera que corre el velo que separa la ilusión del yo de la Divina Presencia en toda la creación, pero todo esto puede complicarte hijo en este momento, es mejor tener cada de lo necesario que adquirir de una vez 100 kilos de pan que se pondría mohoso antes de que lo necesites.

-¿Qué has de enseñarme entonces?, dijo Yamil.

-Mira hijo, dijo el anciano, cuando yo era joven, las personas de esta aldea hacían lo mismo que hacen hoy: dormir, trabajar, comer, jugar y dormir. Pero yo, por extraños motivos que nos llevarían a otras historias, decidí marcharme de este pueblo. Reuní a todos los habitantes del pueblo y les manifesté mi intención de salir más allá de las montañas para conocer lo que se "cocina" en otros lugares.

-¿Para qué? me preguntó uno de mis amigos.

-Porque quiero saber, dije.

-Me encaminé a oriente, porque desde antiguo, al pueblo habían llegado noticias, que allá era donde existía más saber.

-Tardé más de tres años en regresar aquí cuando llegué hubo gran alegría en el poblado, todos me rodeaban, me preguntaban, yo les dije: ¿pero yo ven? Estoy cansado del viaje y pedí que le dejasen descansar. Al día siguiente, a la puerta de mi casa, todo el mundo estaba reunido esperando que apareciera.

-Cuando abrí mi puerta, todos prorrumpieron en aplausos y aclamaron, me pedían que compartiera con ellos mi conocimiento.

-Debí decirles: -Bueno, verán, lo único que he aprendido no puedo compartirlo con vosotros. !Oh! Que desilusión entre los seres del poblado.

-¿Y por qué?, se atrevió a preguntar un niño.

-Porque lo que he aprendido es a distinguir el sabor de las cosas.

-Un murmullo de perplejidad se adueñó del pueblo.

-Veréis, amigos. Cuando llegué a las tierras de oriente, me sentí perdido. Había mucha gente, ciudades enormes, y en ese estado me encontraba cuando vi en un cartel que se daban cursos de cocina rápida. Como el hambre me acuciaba pensé que no vendría nada mal llenar el estómago con algo y de paso aprender a cocinar comidas diferentes. Entré pero, ¿sabéis?, las clases no eran para aprender a cocinar, no. Eran para aprender a saborear la comida.

-¡Oh!, murmuraron los del pueblo. -Y eso ¿cómo se aprende?

-¡Ah! amigos míos, es bastante complicado de explicar con palabras. -Recuerdo que los profesores se limitaban a dibujar esquemas y diagramas en la pizarra, y nos decían: "Tenéis que sentir el sabor de esta posición del esquema". Otro indicaba: "No hay que dar vueltas buscando el mejor sabor. Sabor solo hay uno, y es aquel que no tiene sabor, porque en él están todos los sabores".

-Y nos ponía el ejemplo de la luz blanca que se descompone en diferentes colores cuando pasa por un prisma. "El lugar -decía el jefe de cocina- donde hay y no hay luz blanca es el sabor sin sabor".

-El pueblo entero estaba maravillado de esta explicación.

-Por favor, dibújanos esos esquemas. Nosotros queremos experimentar ese sabor sin sabor.

-Amigos míos, esto es lo que me enseñaron en aquella ciudad, pero de regreso al pueblo me he dado cuenta, a través de procesos que si os lo contara a alguno de vosotros se volvería muy confundido, digo que me he dado cuenta que todo eso no sirve para nada.

-¿¡Qué!?, preguntó asombrado el pueblo.

-Os lo explicaré, la clave está en dos palabras: "sentir" y sabor". Vosotros queréis saber a que sabe el sabor sin sabor. ¿Es cierto?

-Sí, dijeron.

-Y yo os digo que lo importante es sentir ese sabor.

-¡Ah!, las gentes del poblado se miraron unos a otros.

-Un niño, el mismo de antes, que ahora ya es un hombre, dijo:

-Sidi... Podrías decirme entonces ¿por qué esos señores que hablaban mediante gráficos del sabor sin sabor dan esas clases? ¿Por qué utilizan esquemas si no son importantes? ¿Por qué malgastan su tiempo y su energía en dar un arte objetivo a la subjetividad de la gente? ¿Por qué..?
-¡Calla!, recuerdo que le grité, tú no puedes saberlo porque no has estado dónde yo he estado, ni has visto lo que yo he visto. Esas personas que dibujaban el sabor, sabían lo que estaban haciendo, lo transmitían de una manera especial, de tal forma que se introducía poco a poco en el organismo y ha sido ahora, al llegar al pueblo, cuando me he dado cuenta de que es lo realmente importante.
-¡Dínoslo, dínoslo!, gritó todo el pueblo.

-Hay que sentir el sabor, ya os lo he dicho.

-¿Y cómo sabemos que es lo que sentimos si no tenemos un espejo en el cual mirarnos?, preguntó el mismo niño de antes.

Me enterneció entonces la candidez del niño, y le dije: -Niño, ¡eres un pesado insolente!, y me interné en mi casa a darme un baño para la oración.

Ahora ya soy un viejo, y si quisiera no podría viajar, recuerdo que cuando partí aquella vez, hace tantos años fantaseaba con que tal vez hasta conocería al rey de los mogoles, o que me casaría con una bella princesa afghana y me convertiría en un gran guerrero, pero lo cierto es que si nunca hubiese salido de esta aldea, tal vez otro me hubiese referido estas historias y habría comprendido mejor qué buscar y dónde.

Hoy encuentro un gran placer en visitar a mis hijos, que ya son hombres y jugar con mis nietos, mi esposa está sepultada no lejos de aquí a veces visito su tumba, pero esa es otra historia. Ya atardecía y los hombres se dispusieron a rezar la oración de magrib. Entonces Yamil inquirió: -Tu puedes caminar con tu báculo fácilmente hasta la mezquita, escucha cerca al almuédano.

-Podría, dijo el viejo. -Pero prefiero ir el viernes, ya que retrasaría mucho mi trabajo yendo y viniendo, y Alla ha sido tan Clemente que ha hecho de toda la tierra una mezquita.

Tiempo después llegó la hora de Isha, Yamil entreabrió la boca para disuadir al viejo de ir a la mezquita, el viejo lo miró y con una dulce sonrisa dijo:

-Podría, pero prefiero ir el viernes, ya que retrasaría mucho mi trabajo yendo y viniendo, y Allah ha sido tan Clemente que ha hecho de toda la tierra una mezquita.

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أي شخص يعتقد أن الحياة غير عادلة،
بحاجة إلى معرفة أن لم يكن ،
أن الحياة جميلة ، ويجب أن نعيش.
أي شخص يعتقد أنها وحدها والخطأ،
بحاجة إلى معرفة أن لم يكن ،
الحياة التي لا أحد وحده، هناك دائما شخص ما.

أوه، لا نحزن، أن الحياة عبارة عن كرنفال
هو أكثر جمالا للعيش الغناء.
أوه، أوه، أوه، أوه، لا نحزن،
أن الحياة عبارة عن كرنفال
والعقوبات والغناء.

أي شخص يعتقد أن الحياة القاسية،
بحاجة إلى معرفة أن لم يكن ،
أن هناك أوقات سيئة فقط، ويمر كل شيء.
كل من يتصور أن هذا لن يتغير ابدا
بحاجة إلى معرفة أن لم يكن ،
إن الأوقات العصيبة بدوره، ويحدث كل شيء.

أوه، لا نحزن، أن الحياة عبارة عن كرنفال
هو أكثر جمالا للعيش الغناء.
أوه، أوه، أوه، أوه، لا نحزن،
أن الحياة عبارة عن كرنفال
والعقوبات والغناء.
لتلك التي يشكو.
بالنسبة لأولئك الذين ينتقدون فقط.
بالنسبة لأولئك الذين يستخدمون الأسلحة.
لتلك التي تلوث لنا.
بالنسبة لأولئك الذين يصنعون الحرب.
لتلك التي يعيش في الخطيئة.
لتلك التي يسيئون لنا.
لتلك التي تجعلنا المرضى.

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