domingo, 25 de septiembre de 2011

La historia de mi familia en Los Sitios Altos-San Bartolomé de Tirajana




Esta es una pequeña y entrañable historia de mi familia paterna ;en recuerdo del patriarca: obrero,jornalero y hombre de profundas convicciones religiosas quien lo dió todo por una familia
de  la que se sentía orgulloso.Orgulloso de llevar un apellido tan sencillo como MORENO.
Cho José Moreno dejó una gran prole cuyos genes se transmite en sus sucesivas generaciones.
Aún hoy en día,los más antiguos lugareños,le recuerdan como un hombre recto y serio,trabajador
incansable y el origen de Los Morenos del Sitio Alto.

Mcm.

La quietud de Los Sitios [de Arriba], al pie del macizo de Amurga, sólo se ve alterada por el ladrido de los perros, pequeños y espabilados o grandes y de aspecto fiero, pero todos ellos vigilantes. Allí, las hermanas Nieves y Flora viven en 1994 entre antiguos objetos que les recuerdan a sus padres mientras relatan su pasado de zafras de tomate subidas a un camión.


En un oasis con los cielos abiertos


En lo alto del barranco de Tirajana, un extenso palmeral trepa por las escarpadas laderas. Más que un oasis, se asemeja a un bosque de palmeras, que crece ocultando o dando sombra a pequeños núcleos de casas. Entre pequeños huertos rodeados por toda clase de árboles frutales, están diseminadas las casas de teja de Los Sitios [de Arriba], con sus parras y sus hornos, en torno a una vieja escuela en estado ruinoso. El tiempo parece no transcurrir y la tranquilidad que se respira esconde a unos vecinos laboriosos, ocupados en restaurar viejos muebles, reponer techos con humedades, recoger los ajos, dar de comer al poco ganado que hay o, simplemente, regar el jardín.

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Vieja escuela en ruinas
Pocos vecinos residen permanentemente en Los Sitios [de Arriba], pequeño pago del municipio de San Bartolomé, en lo alto del barranco de Tirajana. Son más los que vienen durante el día y se vuelven a ir, para volver de nuevo a quedarse unos días y regresar de nuevo a la costa y así sucesivamente. Algunas casas muestran, por eso, un aspecto muy cuidado o están en reparación. Otras, en cambio, muestran las huellas de un abandono prolongado. Es el caso de la vieja escuela, la primera que se construyó para los barrios de la zona, hace tanto tiempo que ni las personas de más edad del lugar se acuerdan.
Las vecinas de la maestra
Nieves Moreno Marrero nació en Los Sitios [de Arriba] hace 71 años y “apenas me acuerdo de cuándo vino la maestra”, reconoce. Su casa era entonces, y lo sigue siendo ahora, la más cerca que estaba de la escuela, casi pared con pared. Sin embargo, sólo pudo ir hasta que cumplió los nueve años. La época que a ella y a otros lugareños les tocó vivir fue difícil. Muchos emigraron para retornar y volver a partir. En esos ires y venires, no todos regresaron. Nieves asegura que en la escuela aprendió todo lo que sabe, pero, sin duda, sabe mucho más, aquello que se aprende en una vida dedicada al trabajo.
A casa en camión
“He estado en los almacenes de tomates, en Veneguera, en Piletas cinco zafras, en el Carrizal y, por último, con don Juliano Bonny”, recuerda de sus continuas partidas a los tomateros del Sur y del Sureste. A veces, transcurridos quince días, las mujeres podían ir a sus casas a ver a la familia, subidas en camiones que las acercaban hasta el interior de la isla desde la costa.
O vaquitas o zafra
Es algo que vieron y vivieron Nieves y su hermana Flora, un año mayor que ella. “Primero íbamos acompañando a los padres, que tenían que ir a la zafra”, explica Flora. “Teníamos que vivir en chozas de piedra”. Luego les tocó el turno de ir por su cuenta. “Todo el caserío estaba lleno de gente por aquel entonces”, sigue diciendo de Los Sitios la mayor de las hermanas, “todos tenían sus vaquitas y sus cabritas, sus haberes”. Nieves interviene para continuar el relato: “Pero hubo épocas muy malas y se iba a la zafra y no pagaban sino al final, en el caso de que fuera bien; si no, no se pagaba”.
Apegadas a la tierra
Pasados esos tiempos difíciles, siguen apegadas a la tierra que ha sido su hogar toda una vida, cuidando un jardín que destaca en Los Sitios por su frondosidad y la gran cantidad de flores que se elevan como una pared de colores. No echan de menos riquezas ni lujos que, por otra parte, nunca han conocido.
Café y agüita guisada
“Yo me conformo con lo del día, con lo que tengo y con lo que es necesario”, explica Nueves al entrar en la cocina, todavía con su ancho sombrero de paja en la cabeza, sobre un pañuelo que le recoge el pelo. Prepara un cafecito cuando tiene invitados. “Yo no tomo café, sólo bebo agüita guisada”, aclara Flora.
 


Nieves descuelga de la pared con ternura la foto de familia que su padre se llevó a Cuba en los años 20 del siglo XX.

...En las paredes de la habitación, los únicos testigos de su laboriosa tarea son unos retratos que cuelgan y no tiene reparos en presentar a las visitas. “Esa es mi suegra, aquel mi padre y al resto ya los debe usted conocer”, dice señalando a unas viejas imágenes de Cristos y Vírgenes...

Agua escasa de la heredad
Los llanos que rodean a las casas “son buenos para los cultivos, pero el agua escasea porque es una sola heredad la que hay”, dicen de unas tierras que ellas también siembran. “Tenemos unas pocas papas, pero a nuestra edad no podemos… Estamos deshechas para trabajar”. Dependen de la ayuda de familiares para echarles una mano, como cuando hacen el pan cada seis meses, nada menos.

Casa con horno
No hay casa en este pago que no tenga su horno. En el caso de estas dos hermanas, que hacen gala de un excelente humor y una incesante actividad, el horno se sitúa junto a la vieja cocina ya en desuso. O casi. Con una luz de carburo colgando del techo, encima de la artesa donde se amasa la harina y rodeada de “viejos arretrancos”, a veces utilizan esta cocina “para tomar un café de vez en cuando y recordar antiguas vivencias”.

Pan cada seis meses
Si toca amasar la harina, la artesa se saca al pequeño patio para trabajar con más comodidad los 30 kilos de masa que integran la harina, la levadura y la matalaúva. De ahí salen 110 panes que se conservan medio año en perfecto estado. Aparentemente parece bizcochado, “pero con agua o café con leche, los rollones de pan quedan muy sabrosos”, asegura Flora. “La sal la medimos a un puñado por cada almud de harina”.

El padre las quería cerca
A la puerta de la casa, un diminuto perro no se intimida para ladrar a todo ser extraño que se acerque. Permanece amarrado, a diferencia del otro que también cuidan y crían, aficionado a perseguir los pocos vehículos que circulan por la polvorienta pista de tierra de Los Sitios (un barrizal intransitable si ha llovido) y de nombre sacado de una revista del corazón que, entre príncipes y princesas, también aparecen canes con nombres como Harvey. “Le pusimos Arbei”, aclaran, “como el de la foto, pero lo llamamos Bei”.

Reportaje “Un oasis con los cielos abiertos”, que se publicó en 1994 en el diario 'La Provincia', dentro de la serie “Aquí al lado”.

La segunda página del reportaje, incluía un recuadro con el texto aparte que da título esta semana al PELLABLOG: “Para Cuba con amor”.

Los perros del vecino
De mucho mayor tamaño y fiero aspecto, tanto que su sola visión asusta, otros tres perros de raza canarios ladran hasta alarmar al propio inquilino de otra casa cerca de la de las hermanas. Tomás Ramírez Ramírez disfruta tanto de la soledad que, sorprendido por el escándalo, acude a calmar a Richar, Roko y Yanqui, interrumpiendo sus quehaceres con el barniz. Nombres todos ellos para los que tiene explicación.

Catástrofe
El primero se llama “como ese de la serie Falcon Crest, Richard Channing, que era más malo que la madre que lo parió”. El segundo ya llegó bautizado y “es cabezudo y con mala uva”. Por último, Yanqui es el cuarto de que repite apodo y tiene méritos similares a sus otros compañeros de cadena. De lo que no cabe duda es de que su tarea de vigilancia la cumplen a rajatabla.

La suegra, la Virgen y el Cristo
Tomás anda estos días muy ocupado y lo seguirá estando por bastante tiempo, reparando la casa, que ya tiene tejas nuevas. Unos números pintados en el exterior dan el año 1908 y en su interior da barniz a una vieja cama que restaura con sumo cuidado. En las paredes de la habitación, los únicos testigos de su laboriosa tarea son unos retratos que cuelgan y no tiene reparos en presentar a las visitas. “Esa es mi suegra, aquel mi padre y al resto ya los debe usted conocer”, dice señalando a unas viejas imágenes de Cristos y Vírgenes.

Sacho en la mano, colilla en el labio
Para descansar de los muebles puede recurrir a la agricultura, sacho en mano y colilla en los labios, cavando surcos junto al maíz y rodeado de olivos y otros árboles frutales que le ofrecen albaricoques, ciruelas, granadas, naranjas o guayabas. “Si hay algo que me mata es trabajar en Las Palmas o en Maspalomas”, dice rechazando el cemento y el asfalto, recordando que “cuando mi mujer cogió esto vi los cielos abiertos”.

¿Marqués de qué?
Así, ya puede trabajar a gusto “sin patrón que me mande”, fumando “Mecánicos hasta que se acaben”. Antes fumaba cigarrillos Cumbre, “esos que traían estampas de artistas y de barcos”. Precisamente, cuando salían las de barcos se encontró “creo recordar”, con el Marqués de Comillas. Al ver su padre la foto del buque le dijo: “¿Marqués de qué? Ese es el Majo y limpio, que cuando vino a Canarias se llevó a los hombres que había al frente”.

Josefa sólo de día
Nieves, Flora y Tomás son los únicos habitantes permanentes de Los Sitios. Otros muchos vienen los días y bastantes noches, casi tanto como si vivieran en el lugar, sobre todo los sábados y domingos, aunque Josefa López López, que disfruta de la tranquilidad del día, no se amaña por la noche ni aunque la acompañe su marido.

Las becerras de los Reyes Magos
Pero también el resto de los días de la semana es frecuente encontrar a otros vecinos, regando los huertos o, como Emilio Moreno Almeida, cuidando dos becerras que, para su sorpresa, le trajeron los Reyes Magos. “Es una cosa de entretenimiento”, asegura más contento que otra cosa, entre las risas cómplices de su esposa, Francisca Vera Rodríguez, y uno de sus hijos, Emilio como él. La vivienda de Emilio-padre y otros nueve hermanos, al lado de unas tierras que se dividen en otras tantas parcelas. “La casa es común de todos, porque partirla sería un potaje”.

Aislados 15 días por lluvia
Francisca desea, como el resto de los vecinos, que la vieja escuela se convierta en local social con su imagen de Santa Rita incluida y están a la espera de que el Ayuntamiento ceda la casa a la comunidad. Una comunidad que estos días hace colecta para reparar la pista de tierra, echar cemento en los tramos más difíciles y que “no estemos aislados 15 días cada vez que llueve”.





Textos: Yuri Millares
Fotografías: J. L. Sandoval

“El desierto siempre te muestra lo que hay en tu corazón".